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Trump: he aquí la guerra, esta es mi doctrina

El presidente de Estados Unidos aplica en geopolítica el manual habitual de su vida, pero se expone a potenciales conflictos de intereses

El presidente estadounidense, Donald Trump, observa durante una reunión con sus asesores tras lanzar la Operación Furia Épica contra Irán desde su complejo turístico Mar-a-Lago, el 28 de febrero de 2026 en Palm Beach, Florida.Daniel Torok (White House/CONTACTO/ Europa Press)

La ofensiva en Oriente Próximo invita a repasar algunas ideas de los últimos meses. No nos encontramos ya ante la doctrina ‘Donroe’, corolario donaldiano de la vieja Monroe, versión particular del antiguo intervencionismo en América Latina, con sello abiertamente oportunista. Tampoco, desde luego, aplica a Donald Trump la doctrina Powell (en referencia al general...

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La ofensiva en Oriente Próximo invita a repasar algunas ideas de los últimos meses. No nos encontramos ya ante la doctrina ‘Donroe’, corolario donaldiano de la vieja Monroe, versión particular del antiguo intervencionismo en América Latina, con sello abiertamente oportunista. Tampoco, desde luego, aplica a Donald Trump la doctrina Powell (en referencia al general Colin Powell, jefe de la diplomacia de George W. Bush entre 2001 y 2005, plena guerra de Irak), que establecía el uso de la fuerza militar como último recurso, siempre con objetivos claros y realistas e instaba a buscar el apoyo público. Una vez decidido el ataque, eso sí, debía resultar aplastante para lograr una victoria rápida. El republicano sí quiere un desenlace temprano, pero no tiene, en principio, intención de enviar soldados sobre el terreno, ni se puede decir que se haya esmerado en una campaña de apoyo internacional previa.

Tiene rasgos de Madman theory (teoría del hombre loco), la estrategia que Richard Nixon utilizó y que consistía en hacer creer al líder norvietnamita, Ho Chi Minh, que era capaz de absolutamente cualquier cosa, incluido el uso de armas atómicas, para terminar con el conflicto. Las bravuconadas de Trump (este sábado, por ejemplo, amenazó con la “destrucción total” de Irán) y la bruma sobre sus intenciones (“Podría hacerlo o podría no hacerlo. Nadie sabe lo que voy a hacer”, respondió este verano a la pregunta de si atacaría), invitan al paralelismo. Pero tampoco resulta exacto, no hay un plan transparente detrás.

Mediadores y expertos han cuestionado la inminencia del peligro nuclear que significaba Irán y a la que Washington se agarra para justificar el ataque. Su eventual compromiso con los derechos humanos ante el brutal régimen de los ayatolás contrasta con la buena sintonía con Arabia Saudí, incluso después de que la CIA atribuyese a Mohamed Bin Salmán la orden de matar en Turquía al periodista crítico Jamal Khashoggi, residente en Estados Unidos y colaborador habitual de The Washington Post. También contrasta con la rápida predisposición a llegar a acuerdos en Venezuela con Delcy Rodríguez, antigua mano derecha de Nicolás Maduro en un Gobierno que ha tachado de criminal (una vez esta se comprometió, eso sí, a abrirle las puertas del negocio del petróleo).

En la política y en la guerra, Trump actúa igual que en el mundo de los negocios. “A veces, parte de alcanzar un acuerdo consiste en denigrar a tus competidores”, afirma Trump en The Art of the Deal, sus memorias de los ochenta, cuando era un tiburón del ladrillo en Nueva York. “Apunto alto y entonces no dejo de empujar y empujar y empujar para lograr lo que persigo”, decía en el mismo pasaje. Es razonable que Trump aspire a una operación a la venezolana: ataca, crea la situación para lograr un acuerdo rápido con el régimen y sal pitando de ahí. Fue evidente su interés por el petróleo venezolano o, más bien, por evitar que China controle ese crudo, algo que también ocurre con Irán. ¿Es el petróleo el asunto de fondo ahora? Tiene mucho menos sentido en el caso iraní, cuya producción está mucho más cerca de su capacidad (aunque... ¿cuándo la falta de sentido fue un problema para cualquier guerra?).

La doctrina es, tal vez, la ausencia de ella. Estados Unidos ha lanzado esta campaña junto a Israel, el máximo interesado en ella. Trump comenzó su primera campaña hacia la Casa Blanca renegando de las guerras interminables y especialmente de la de Irak, criticando especialmente que Bush no hubiese aprovechado para tomar el control del crudo. Irán, en cambio, siempre lo señaló como un grave riesgo. Pero, 10 años después, los negocios de su familia y entorno en la zona se han multiplicado y plantean unos potenciales conflictos de interés considerables de cara a su política exterior.

Quien estaba negociando con Irán era su amigo y empresario Steve Witkoff, que fue nombrado emisario para las negociaciones en Oriente Próximo sin tener experiencia diplomática y a pesar de —precisamente por— sus negocios en el Golfo. Junto a él, al frente de la misión, estaba Jared Kushner, yerno y asesor del mandatario.

Tenemos que hablar de Kushner, el yerno de América. A seis meses de terminar la primera Administración de Trump, el fondo soberano liderado por Mohamed Bin Salmán le inyectó 2.000 millones de dólares para una firma de private equity que estaba creando, a pesar de las reticencias que los propios gestores y asesores del fondo tenían sobre el proyecto. Bin Salmán, según publicó en 2022 The New York Times, desoyó las advertencias y justificó la inversión en “la relación estratégica” que buscaba con Kushner y su nueva criatura, Affinity Partners Fund. Una investigación del Senado reveló también que la compañía había recibido 87 millones de dólares del fondo saudí solo en honorarios. Y en diciembre de 2024, al mes de que su suegro ganase de nuevo las elecciones, levantó otros 1.500 millones de capital en Qatar y Abu Dabi.

En paralelo, Trump Organization, el conglomerado ahora gestionado por los hijos del presidente, tiene acuerdos multimillonarios con el promotor saudí Dar Global para desarrollos inmobiliarios y ha cerrado licencias para otros proyectos en Dubái, Omán, Qatar y Riad. También el hijo de Witkoff, Steve Witkoff, estuvo buscando capital de miles de millones de gobiernos del Golfo en plenas negociaciones de paz entre Israel y Hamás, según reveló el Times recientemente. Este es el contexto en el que Kushner se presentó en Davos para vender al mundo un proyecto de reconstrucción de la franja de Gaza lleno de rascacielos y turistas.

La Casa Blanca muestra el caso de Venezuela como ejemplo de transición y señala que Cuba “caerá bastante pronto”. Pero Irán se parece poco a estos países de América y el conflicto se puede convertir en una de esas telas de araña en las que nunca quiso caer.

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