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TIERRA DE LOCOS COLUMNA i

Tres palabras que enloquecen a Argentina

Basta oírlas, o apenas pensarlas, para transpirar frío, poner el futuro entre paréntesis, o repetir como un mantra: "Esta vez no será lo mismo"

Unas mujeres pasean junto a una casa de cambio en Buenos Aires.
Unas mujeres pasean junto a una casa de cambio en Buenos Aires. REUTERS

Son apenas tres palabras que, pronunciadas juntas y en determinado orden, producen en cualquier argentino una moderada taquicardia, cierta dificultad para conciliar el sueño, una sensible alteración de los nervios. Ningún extranjero lo entendería porque es un fenómeno casi enteramente local. Pero los argentinos lo tenemos incorporado a nuestro repertorio de reflejos condicionados. Basta oírlas, o apenas pensarlas, para transpirar frío, poner el futuro entre paréntesis, o repetir como un mantra: "Esta vez no será lo mismo, esta vez no será lo mismo, esta vez no será lo mismo". En estos días, en la Argentina, han vuelto a sonar todas las señales de alarma porque esas tres palabras se oyen en cada esquina: "Sube el dólar".

Para entender lo que pasa —esa sensación de asfixia, esa cadena interminable de desilusiones— tal vez haya que referirse a un fenómeno que define desde hace décadas a la economía argentina y contra el cual no ha podido ningún Gobierno. Aquí, el dólar funciona como una referencia para todo: los ahorros se cuentan en dólares, las propiedades se valúan en dólares, las vacaciones se pagan en dólares y los precios de la economía se mueven al ritmo del dólar. Eso es consecuencia de una larga historia durante la cual el dólar ha demostrado ser siempre, a la larga, un refugio de valor.

Por eso, cuando hay inflación, los argentinos se refugian en el dólar. Y cuando hay déficit de comercio exterior, es decir, que el país necesita dólares para financiar las importaciones, también los argentinos compran dólares porque suponen que su escasez hará subir su precio. Y cuando hay incertidumbre electoral, también se compran dólares. Y cuando la Fed sube la tasa, Brasil entra en crisis, China y Trump se amenazan, Erdogan estornuda en Turquía, se compran dólares. Se trata de una dinámica perversa: como no hay dólares, se compran dólares y entonces sube más el dólar y con eso sube su precio.

Eso pasó siempre. Macri creyó que resolvía el tema por arte de magia: su sola asunción, en reemplazo de la "populista" Cristina Kirchner generaría tanta confianza que los dólares entrarían a granel. No ocurrió. Entonces apoyó su estrategia de Gobierno en la llegada de créditos de corto plazo que pagaba a altísimas tasas de interés. Eso funcionó un tiempo hasta que, a comienzos del año pasado, los prestamistas huyeron. No había dólares, todo el mundo salió a buscarlos y su precio se duplicó. Y todos dejamos de dormir, transpiramos frío, sentimos el latir furioso de nuestros corazones. A esa larga historia de reflejos condicionados se la reforzó con otro episodio muy traumático. Desde entonces, vivimos mirando con miedo la cotización del dólar.

En otros países, la devaluación puede tener un costo pero, finalmente, se trata de una herramienta que tiende a abaratar la producción local frente a la extranjera y, de esa manera, incrementar el ingreso de divisas a un país. El problema argentino es que los formadores de precios también aman el dólar. Y cuando este se mueve, inmediatamente eso genera inflación. La inflación dispara reclamos sindicales. Todos pelean por su tajada y se instala la inestabilidad. Eso genera, una vez más, que cada quien intente hacerse con sus dólares, que así escasean más y aumentan su valor para disparar más demanda y más aumentos de precios. Así las cosas, la inflación supera ahora el 50% anual.

En estos días el dólar se ha vuelto a mover y todo el mundo tiembla. Parece una encerrona trágica. La inflación es fuerte. Si el dólar no se mueve con ella, se instala la sensación de que está atrasado y todo el mundo compra. Si se mueve con la inflación, se instala el miedo a una corrida y todo el mundo compra. Y además, se sabe que los formadores de precio, inevitablemente, o porque el Gobierno lo permite, ya están enviando nuevas listas a los comercios. Así, los precios subirán, el dólar deberá acomodarse a ellos, eso hará subir los precios y así hasta el infinito y más allá.

Un observador extranjero dirá: "pero así no se puede vivir". Efectivamente. Otro acotará: "así no hay economía que aguante". Tal cual. Un tercero preguntará: "¿se han vuelto locos?". Probablemente.

En medio del vendaval, el presidente Mauricio Macri, en el peor momento de su relación con la sociedad y a muy pocos meses de una elección presidencial, intenta transmitir optimismo con metáforas "Nunca hay más oscuridad que en el momento antes de amanecer", dijo ayer.

Dificilmente alcance para secar el sudor, frenar la taquicardia o curar todos los miedos. Tal vez, provoque lo contrario. Cuando los titulares dicen "sube el dólar" no hay metáfora ni libro de autoayuda ni técnica de respiración que compense ese vértigo tan nuestro, ese abismo tan desesperante.

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