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Irán, un régimen agotado y acorralado

El país atraviesa una profunda crisis económica y acaba de aplastar la mayor ola de protestas ciudadanas desde 2009 con una brutal represión que ha causado miles de muertos. Más allá de cómo acaben las negociaciones en curso con EE UU para evitar una guerra, la República Islámica no escapará a una ley inquebrantable de los regímenes construidos sobre una revolución: evolucionar o morir

El retrato del ayatolá Alí Jameini en plena manifestación progubernamental en Teherán, Irán, el 4 de febrero de 2026.Morteza Nikoubazl (NurPhoto / Getty Images)

Todas las revoluciones tienen fecha de caducidad. Los regímenes que instauran terminan colapsando, como ocurrió con la Unión Soviética en 1991, o evolucionan hacia un sistema político y económico diferente, como hizo la República Popular China tras el inicio de la “reforma y apertura” de Deng Xiaoping en 1978. Independientemente de si la República Islámica de Irán ...

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Todas las revoluciones tienen fecha de caducidad. Los regímenes que instauran terminan colapsando, como ocurrió con la Unión Soviética en 1991, o evolucionan hacia un sistema político y económico diferente, como hizo la República Popular China tras el inicio de la “reforma y apertura” de Deng Xiaoping en 1978. Independientemente de si la República Islámica de Irán sobrevive o no a la crisis a la que se enfrenta en la actualidad, no escapará a esta ley inquebrantable de las revoluciones: evolucionar o morir.

Las etapas de la revolución

Los regímenes nacidos de las revoluciones tienen algo más en común que la forma en que terminan. La primera generación encarna el espíritu revolucionario y, a menudo, un sentido de responsabilidad moral, que fomenta el sacrificio en nombre de una causa superior.

La segunda generación hereda todo el poder, pero no necesariamente el fervor revolucionario. Tiende a llevar adelante la labor de transformar un movimiento ideológico en un orden institucional y burocrático. Por ejemplo, la Revolución Mexicana, que duró una década, dio lugar al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó desde 1929 hasta 2000.

La tercera generación se aleja aún más del espíritu de sacrificio que animaba a los revolucionarios que la precedieron. Los líderes recitan versiones vacías de la liturgia revolucionaria, mientras disfrutan de enormes privilegios. Muchas veces, el gobierno cada vez más centralizado y coercitivo se asemeja al antiguo régimen, lo que puede provocar la alienación popular o incluso la resistencia.

A veces, este patrón se ve interrumpido, o seguido, por alguna versión de reforma. Como observó Crane Brinton, historiador de Harvard, en 1938 en Anatomía de la revolución, las fisuras entre moderados y radicales comienzan a aparecer casi inmediatamente después del “periodo de luna de miel” de la unidad revolucionaria. Las fuerzas que representan el idealismo, el extremismo y la moderación pueden competir por la supremacía mientras el régimen permanezca en el poder.

Consideremos la Revolución Francesa. En sus inicios, prometía la emancipación universal, reflejada en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero los extremistas pronto ganaron terreno y, con el apoyo de las masas, ejecutaron al rey. Como explicó Alexis de Tocqueville en 1856, el régimen revolucionario procedió a replicar la destrucción de la libertad y las instituciones intermediarias llevada a cabo por aquellos a quienes había derrocado. Esto dio paso a la Reacción Termidoriana, que comenzó con la destitución de Maximilien Robespierre y marcó el regreso a la moderación.

La Revolución Bolchevique siguió una trayectoria similar. El caos de la guerra civil dio paso a la Nueva Política Económica de Vladimir Lenin, que buscaba restaurar los mecanismos del mercado. A esto le siguió la colectivización forzosa y el reinado del terror de Iósif Stalin, y luego el revisionismo de Nikita Jruschov.

Estos cambios pueden ocurrir incluso bajo un único líder. Después de que Mao Zedong, padre de la Revolución Comunista China de 1949, implementara el catastrófico Gran Salto Adelante, que provocó más de 20 millones de muertes, un grupo de funcionarios y burócratas más pragmáticos intentó aplicar políticas más moderadas destinadas a restaurar la economía. La frustración de Mao con estas políticas, que él consideraba contrarias al espíritu de la revolución, lo llevó a lanzar su propio reinado de terror: la Revolución Cultural.

En 1978, Deng asumió el poder y trazó una estrategia visionaria para el “ascenso pacífico” de China, basada en un conjunto de reformas que darían lugar a una economía capitalista de Estado bajo el estricto control del Partido Comunista Chino. Esto sentó las bases para la transformación del régimen revolucionario, aunque ahora el presidente chino, Xi Jinping, parece estar liderando una especie de reacción contra este enfoque, al abogar por la represión en el país y una postura más agresiva en el exterior.

¿Muerte o renovación?

La Revolución Islámica no ha roto el molde. Tras derrocar a la monarquía prooccidental en 1979, la nueva República Islámica trató de construir un Estado progresista y libre de corrupción que respetara los valores democráticos, los derechos humanos y la justicia social. El primero en desempeñar el cargo de primer ministro, Mehdi Bazargan, también quería evitar una confrontación con Estados Unidos. Temiendo que la crisis de los rehenes de 1979 en la Embajada estadounidense socavara este objetivo, trabajó para encontrar una solución.

Sin embargo, la Administración del presidente estadounidense Jimmy Carter no supo reconocer estas señales y consideró al nuevo régimen iraní como totalmente hostil. Esto favoreció a la facción más radical de Irán, respaldada por el líder supremo ayatolá Ruhollah Jomeini, que se resistía a cualquier atisbo de moderación, especialmente en lo que se refería a Occidente. Después de todo, argumentaban, la Revolución Islámica no habría sido necesaria si Estados Unidos y el Reino Unido no hubieran derrocado a Mohammad Mossadegh, el primer ministro iraní elegido democráticamente, en 1953, permitiendo que el sah volviera al poder.

Ganaron los radicales. En menos de un año, Bazargan dimitió y se aprobó una nueva Constitución, que establecía oficialmente a Irán como una teocracia bajo la autoridad absoluta de Jomeini. El nuevo Irán se definió por un nacionalismo antiimperialista y un absolutismo moral. El espíritu de sacrificio también siguió siendo relevante, especialmente después de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), en la que murieron cientos de miles de iraníes.

La segunda generación revolucionaria, bajo el líder supremo ayatolá Alí Jamenei, construyó una burocracia sustentada en la coacción religiosa. Como supuestamente dijo Jomeini, “el islam es político o no es nada”. Sin embargo, a lo largo de este proceso, la República Islámica se comportó de manera muy similar a los regímenes crueles que la precedieron. Al igual que bajo la monarquía absolutista de la dinastía Pahlavi, que tomó el poder en 1921, el disenso fue reprimido brutalmente, la tortura y la ejecución eran un lugar común y la economía estaba controlada por los partidarios más militantes del régimen.

La República Islámica, siguiendo la ley de hierro de las revoluciones, acabará llegando —quizá de forma inminente— a una encrucijada. La pregunta es si colapsará, como la Unión Soviética, o si se transformará en algo nuevo, como la República Popular China.

Una derrota militar haría más probable el primer desenlace. Si bien los bonapartistas franceses consideraban las guerras de conquista como un medio para defender la revolución en su país, las derrotas de Napoleón en Rusia y en Waterloo marcaron el fin de la era revolucionaria.

De manera similar, Stalin aprovechó el impulso de la Segunda Guerra Mundial —y el papel clave de la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi— para construir un cinturón protector de Estados satélite comunistas alrededor de la patria de la revolución. Pero la derrota del Ejército Rojo en Afganistán en 1989 asestó un golpe devastador a la legitimidad del régimen, lo que envalentonó a las repúblicas soviéticas, así como a los medios de comunicación y a muchos veteranos de guerra, a desafiar al régimen del Kremlin. Es importante destacar que esta derrota se produjo en un contexto de fracasos colosales en el país y de intensa presión económica por parte de Estados Unidos, que mantenía al régimen atrapado en una carrera armamentística muy costosa.

Todas estas condiciones se dan ahora en la República Islámica. Se suponía que el programa nuclear de Irán compensaría su debilidad militar convencional, consolidaría la posición del país como potencia regional a tener en cuenta y lo protegería de un cambio de régimen impuesto desde el exterior. Por el contrario, impulsó a la comunidad internacional a imponer sanciones devastadoras, que han perjudicado a sus ciudadanos (unos 86 millones en 2024, según el Centro de Estadísticas del país), han devastado su economía y han obstaculizado el progreso tecnológico.

Mientras Irán languidecía, sus enemigos, especialmente Israel y Arabia Saudí, invirtieron fuertemente en sus capacidades militares, que se vieron reforzadas por las tecnologías más avanzadas de Occidente. Esta divergencia ha quedado al descubierto desde octubre de 2023, ya que Irán ha demostrado ser incapaz de proteger a sus aliados, Hamás y Hezbolá, de los ataques israelíes, o al régimen clientelar de Bachar el Asad en Siria. Su incapacidad para responder con contundencia a los ataques israelíes y estadounidenses contra sus instalaciones nucleares, y al asesinato a manos de Israel de destacados científicos y líderes militares iraníes el verano pasado, reforzaron aún más esta percepción.

La tercera generación

La Revolución Iraní también puede considerarse como la respuesta chií al fatídico fracaso del nacionalismo suní panárabe para lograr la redención de Palestina y el triunfo de la justicia social. Ahora está claro que ha fracasado en ambos frentes. Al igual que los abanderados del panarabismo del siglo XX —entre ellos, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, el dictador iraquí Sadam Husein y el presidente sirio Hafez el Asad (padre de Bachar)—, el régimen revolucionario chií de Irán se obsesionó tanto con la destrucción de Israel que perdió de vista las necesidades de su pueblo.

En particular, Irán pasó por alto el contrato social no escrito que prevalece en gran parte de Oriente Próximo, según el cual la legitimidad del régimen depende, en gran medida, de la concesión de subsidios generosos para satisfacer las necesidades básicas. En lugar de garantizar el bienestar de su pueblo, la República Islámica destinó sus recursos a un programa nuclear que solo le reportó sanciones económicas y aislamiento, y a las milicias árabes en las que terceriza su defensa y, en ocasiones, la represión interna.

A medida que la revolución se convertía en un recuerdo lejano —e incluso en una historia del pasado—, los iraníes se preguntaban cada vez más por qué estaban sacrificando sus libertades personales y su prosperidad. Su deseo de cambio creció y, en las elecciones presidenciales de 2009, acudieron en masa a votar por el reformista moderado Mir Husein Musavi. Pero antes incluso de que se cerraran las urnas, el Gobierno declaró ganador al candidato respaldado por el establishment, Mahmud Ahmadineyad.

Los iraníes se volcaron a las calles de Teherán para protestar, lo que marcó el comienzo de lo que se conocería como el Movimiento Verde. Las manifestaciones se extendieron por todo el país y persistieron de alguna forma durante casi dos años, a pesar de que miles de manifestantes fueron detenidos, encarcelados y asesinados. Si bien el régimen finalmente logró aplastar al movimiento, el mensaje era claro: los iraníes estaban unidos por su adhesión a los valores cívicos, no por el conservadurismo religioso que definía al régimen revolucionario.

A principios de 2022, los profundos recortes de los subsidios desencadenaron una ronda de “protestas por el pan”. Pero fue más tarde ese mismo año cuando surgió el siguiente gran movimiento de protesta de Irán, desencadenado por la muerte, mientras se encontraba bajo la custodia de la “policía moral”, de Jina Mahsa Amini, de 22 años, que había sido detenida supuestamente por llevar mal el hiyab en público. El movimiento Mujer, Vida, Libertad, que duró meses, supuso una reprimenda a la teocracia iraní, aunque, una vez más, acabó siendo aplastado.

Ahora, sin embargo, la República Islámica se enfrenta a otra ola de protestas —­la mayor desde 2009—, con innumerables iraníes de a pie tomando las calles para exigir cambios, a pesar de la brutal represión que ha causado miles de muertos. Incluso si el régimen logra nuevamente sofocar el movimiento, debería ser obvio que la resistencia popular seguirá alzando la cabeza. Los jóvenes iraníes ven que los gobernantes de la República Islámica solo se diferencian de las élites del antiguo régimen en sus pretensiones revolucionarias; la clase dirigente actual no lucha por defender ideales elevados, sino por defender el poder y los privilegios de sus miembros. Y, en un sentido muy real, los manifestantes no solo están desafiando al Estado, sino que también se están rebelando contra sus padres, que llevan mucho tiempo sometidos a la represión del régimen.

Nacidos después de la Revolución Islámica y de la guerra entre Irán e Irak, la mayoría de los iraníes carecen del fervor religioso y el espíritu de sacrificio de sus antepasados. Expuestos a la cultura global a través de las redes digitales, valoran la autonomía individual y quieren un futuro definido por el secularismo (varias mezquitas han sido incendiadas en medio de los recientes disturbios), la libertad y las oportunidades económicas. No se inspiran en los viejos lemas de la Revolución Islámica, sino en los llamamientos a una transición democrática que provienen de la activista iraní de derechos humanos Narges Mohammadi, ganadora del Premio Nobel de la Paz y hoy encarcelada, y de otros moderados prominentes, entre los que destacan Musavi y el expresidente Hasan Rohaní.

Los diferentes matices de moderación entre los opositores al statu quo ponen de relieve el dilema central de toda transición a la democracia: ¿se trata de una ruptura, como defienden Musavi y Mohammadi, o simplemente de una corrección del rumbo dentro del sistema, como preferiría Rohaní? Vale la pena recordar que las transiciones suelen depender de fuerzas internas del régimen dictatorial. En España, Adolfo Suárez, secretario general del partido gobernante de Francisco Franco, lideró la transición a la democracia. En Europa del Este, tras la caída del muro de Berlín, hubo muchos comunistas que cambiaron de bando para adaptarse al nuevo régimen. Las “conversaciones de mesa redonda” de Polonia entre el movimiento opositor Solidaridad y el régimen comunista versaron sobre el reparto del poder. “Vuestro presidente, nuestro primer ministro”, escribió Adam Michnik, uno de los líderes de Solidaridad, en Gazeta Wyborcza, el periódico oficial de Solidaridad, tras las elecciones de junio de 1989.

El ‘factor Trump’

Si a todo esto le sumamos una crisis de sucesión, las probabilidades parecen estar en contra de la República Islámica. Pero, por frágil que sea, Jamenei (al igual que Xi) sigue teniendo clara una cosa: la Unión Soviética se derrumbó no por las protestas populares, sino por las divisiones entre las élites gobernantes. Asimismo, que el ejército se una al bando de la resistencia es la sentencia de muerte para el régimen —­una lección que también se aprendió en Francia en 1848 y en Irán en 1979—. Mientras el ejército, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y los clérigos permanezcan unidos —como parece ser el caso—, el régimen iraní seguirá intacto, o al menos eso dicta la lógica.

Sin embargo, las protestas no son la única fuente de presión sobre la República Islámica en la actualidad. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha desplegado una gran cantidad de recursos militares para atacar. Aunque Trump dijo en un principio que el objetivo era proteger a los manifestantes prodemocráticos de la represión, desde entonces ha cambiado su enfoque hacia un nuevo acuerdo nuclear, con una demostración de fuerza evidentemente destinada a centrar la atención iraní durante las negociaciones en curso en Ginebra.

Como han demostrado las experiencias de Afganistán, Irak y Libia, los ataques militares estadounidenses no son precisamente la receta para una transición ordenada hacia la democracia. Sin embargo, podrían provocar el colapso del régimen, lo que posiblemente daría lugar a una guerra civil al estilo de la de Siria que desestabilizaría a toda la región, en tanto el aparato del régimen en Teherán defiende celosamente sus activos. Entonces, un hombre fuerte dentro del IRGC o del ejército podría llegar al poder, probablemente preservando el núcleo del régimen, aunque fuera bajo una apariencia diferente.

Esta perspectiva no detendría a Trump. A él no le importa quién esté al mando de Irán, siempre y cuando sea alguien con quien pueda hacer negocios. Si Trump hubiera enviado al ejército estadounidense a secuestrar al presidente venezolano, Nicolás Maduro, en Caracas porque quería restaurar la democracia, no habría dejado al mando a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez. Lo que le importaba era el acceso a las enormes reservas de petróleo de Venezuela.

Pero Irán no tiene por qué ponerse a merced de la política exterior voraz de Trump. Puede optar por un cambio hacia un liderazgo más moderado que encarne más fielmente el espíritu original de la revolución. Incluso en ausencia de un ataque estadounidense, lo único que Irán puede esperar son nuevas olas de protestas sangrientas y un declive económico inexorable. Solo si adopta una postura más moderada —que incluya un acuerdo con Occidente para abandonar sus ambiciones nucleares y garantizar el fin del régimen de sanciones—, el régimen podrá sentar las bases de un futuro más brillante para los iraníes y asegurar su propia supervivencia.

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