“Cumbres borrascosas” entre comillas
La película construye un amor lírico y un punto cursi que sirve como producto de comunicación y mercadeo
Cumbres borrascosas es una de las mejores novelas de la historia de la literatura. Emily Brontë nos habló en ella del amor como fenómeno de la naturaleza, como esa borrasca de gran potencia destructiva que forma parte de todas las personas. Una fuerza que no puede ser contenida ni por la sociedad ni por los individuos. Y por eso se llama justamente así, Cumbres borrascosas, porque habla de un fenómeno natural, bello y devastador al mismo tiempo. Ahora aparece una película ...
Cumbres borrascosas es una de las mejores novelas de la historia de la literatura. Emily Brontë nos habló en ella del amor como fenómeno de la naturaleza, como esa borrasca de gran potencia destructiva que forma parte de todas las personas. Una fuerza que no puede ser contenida ni por la sociedad ni por los individuos. Y por eso se llama justamente así, Cumbres borrascosas, porque habla de un fenómeno natural, bello y devastador al mismo tiempo. Ahora aparece una película dirigida por Emerald Fennell, que se titula "Cumbres borrascosas", entre comillas (entrecomillan, claro, para resignificar el contenido). ¿Y qué pasa si se mete un fenómeno natural entre comillas? Pues que deja de serlo. Ahora es un producto social y comercial.
La novela Cumbres borrascosas nos dice que si hay amor no hay vida, así, a lo bruto. Nos muestra una pasión desatada y devastadora y construye un amor que la sociedad entiende pero que no comparte. Es una novela romántica (y punk) porque explica que la convención es una trampa, que el matrimonio es una farsa. Lo romántico del libro es la pelea a muerte con las convenciones del romanticismo burgués. Es compleja, es furiosa, es dolorosa y es verdadera. En cambio “Cumbres borrascosas”, entre comillas, nos habla de la parte aceptable y domesticada de la pasión. Por eso construye el amor como idilio (un amor lírico y un punto cursi) que sirve como producto de comunicación y mercadeo. Adiós, naturaleza, estás muerta. El capitalismo te arrasó.
No se puede decir que esta versión sea una mala adaptación pues ni siquiera habla del libro. En vez de eso apuesta por la construcción del romance como idilio, que nada tiene que ver con el amor y menos aún con la impredecible e irresistible pasión que escribió Emily Brontë. Lo bueno del idilio es que puede prefabricarse en cualquier parte. Y para muestra, ahí tienen toda la estética de folletín y princesas Disney con que su exquisita campaña de marketing ha enterrado toda sombra de naturaleza: desde los vestidos de Margot Robbie hasta las convencionales rosas con que Jacob Elordi dijo haber inundado el camerino de la actriz o el canon de belleza de los protagonistas.
Me imagino a Heathcliff, el personaje protagonista, sabiendo que se ha convertido en un agitador del día de San Valentín y paso miedo porque creo que su fantasma se va a levantar de la tumba para arrasar con todo. En cambio Emerald Fennell no teme a Heathcliff. Ella quiere que nos hagamos fotos frente al póster de “Cumbres borrascosas” con nuestra cabeza tapando la de Margot Robbie para sentir que Jacob Elordi está a punto de besarnos y que vivamos así nuestra pasión segura prefabricada. Qué pena más grande esta idealización del amor sin riesgo. La borrasca del alma es dolorosa, pero el sol radiante de El show de Truman es peor.
Lo más triste es que “Cumbres borrascosas“ no es un caso aislado. Las grandes producciones de cine se están convirtiendo en productos derivados, contenido secundario de una Barbie, un libro o un acontecimiento histórico, lo que sea. Cualquier excusa es buena cuando no hay nada que contar. Puede ser divertido pero no creo que sea cine. A mí esta versión me recuerda un poco a Naranjito, un compañero amable con quien disfrutamos el Mundial 82 pero que no era un balón de fútbol: era una mandarina.