Si no me gusta el final de mi serie favorita, me enfado
La frustración de los fans ante desenlaces que no les satisfacen se manifiesta en forma de recogidas de firmas o, como en el caso de ‘Stranger Things’, teorías de la conspiración. No vemos las series solo como pasatiempos, sino como mundos que habitamos
Las series de culto siempre parecen más satisfactorias en la mitad que en su final”. Es fácil encontrar ejemplos para la reflexión que en 2011 publicó en su web Pop Junctions el académico estadounidense ...
Las series de culto siempre parecen más satisfactorias en la mitad que en su final”. Es fácil encontrar ejemplos para la reflexión que en 2011 publicó en su web Pop Junctions el académico estadounidense Henry Jenkins, profesor de Comunicación, Periodismo y Artes Cinematográficas en la Universidad del Sur de California y conocido por sus estudios sobre la cultura participativa y el poder de los fans. Cuando Los Soprano terminó el 10 de junio de 2007, la web de HBO colapsó por la avalancha de visitas de seguidores de la serie que buscaban respuestas o querían quejarse por lo que acababan de ver. El desconcierto provocado por el final que el guionista David Chase había elegido para su obra magna hizo que miles de personas se levantaran del sofá para comprobar si su receptor de la televisión de cable se había estropeado, tras lo que muchos llamaron para pedir una devolución de su cuota mensual o darse de baja de la cadena de pago. Fue tema de conversación nacional y abrió los periódicos al día siguiente. Incluso circuló la teoría de que la edición en DVD de la serie incluiría el verdadero final, cosa que, evidentemente, no sucedió. Chase dio orden a su equipo de no responder preguntas sobre el episodio, y aún hoy se siguen publicando artículos que prometen explicaciones.
Un día después, The New York Times recopiló reacciones de creadores televisivos al final de Los Soprano. Uno de los preguntados fue el también guionista Damon Lindelof: “He visto cada uno de los episodios de la serie. Creo que el final fue perfecto”. En 2010, el adiós de Perdidos haría historia. La serie que cambió la forma de ver la televisión hizo que los foros ardieran con su último capítulo. Pocos títulos han logrado que tres lustros después muchos de sus seguidores sigan renegando de su final y pidiendo las respuestas que esperaban. Lindelof optó por abandonar las redes ante la persecución online que sufrió. Lo mismo sucedió con series como Dexter en 2013 o Juego de tronos en 2019. En este caso, incluso se recogieron casi dos millones de firmas para exigir a HBO que se rodaran de nuevo los últimos episodios con unos guionistas diferentes.
La historia de las series está llena de espectadores decepcionados. “Las series son mundos y sus finales nos arrebatan esos mundos”, dice por correo electrónico Ángel L. Lara, sociólogo, guionista y profesor titular de Estudios Culturales en la State University of New York. “Las series no son objetos que miramos, sino mundos que habitamos”. Por eso, es inevitable que los finales generen “una violencia y un malestar. También un resquemor que, a veces, se transforma en fobia hacia aquellos que nos han arrebatado el mundo que nos permitía la ilusión de una deserción de lo real”.
Stranger Things ha sido el último gran fenómeno televisivo que ha disgustado a sus espectadores con su conclusión. Algunos seguidores extendieron en internet una teoría de la conspiración (con nombre propio: Conformity Gate) según la cual el final emitido el 1 de enero en Netflix no había sido el real. El final verdadero se colgaría el 7 de enero. Tanto se extendió esta idea que miles de personas se conectaron ese día a la plataforma, haciendo que se cayera por sobrecarga. No hubo final alternativo.
Las muchas horas invertidas en ver, comentar y, en definitiva, vivir una historia de ficción lleva a los espectadores, según palabras de Mar Guerrero-Pico, profesora del Departamento de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y especializada en estudios de fans, a que los seguidores “se apropien moralmente de la serie y proyecten unas expectativas sobre ella”. Estas expectativas se retroalimentan entre sí y acaban dando lugar a interpretaciones y teorías comunes. “Parte del juego del fan es esperar que esas teorías se conviertan en canon, es decir, que se materialicen en la propia serie de televisión”, cuenta la experta por correo. Pero esto casi nunca ocurre y entonces llega la frustración, y con ella los intentos de superarla o explicarla con más teorías.
Guerrero-Pico cita a Jenkins y su explicación de que los fans de las series siempre caminan por una fina línea entre la fascinación y la frustración: “Si el contenido no nos fascinara, no habría ningún deseo de interactuar con él; pero si no nos frustrara en algún nivel, no habría ningún impulso para reescribirlo o rehacerlo”. Esa frustración se puede manifestar de forma colectiva, como los casos antes mencionados, o individual, como lo que sucede cuando alguien escribe un fan fiction. Como recuerda Guerrero-Pico, estas historias escritas por fans a partir de personajes y universos de otra obra en inglés tienen el nombre de fix-it, que se traduce literalmente como “arréglalo”.
Una explicación que la psicología da a las fuertes reacciones que se producen ante el final de una serie, o cuando el guion toma decisiones controvertidas (giros inesperados, muertes de personajes…), es la “relación parasocial” —es decir, unilateral y no real— que se desarrolla entre los espectadores y los personajes ficticios. Un estudio del profesor de Comunicación Jonathan Cohen sobre cómo los adultos procesan la muerte de sus personajes favoritos de televisión concluyó que las reacciones no eran muy diferentes de las que tenían respecto a relaciones reales. También concluyó que esas relaciones intensas no compensaban una falta de relaciones sociales reales, sino que “solían verse como una extensión de las relaciones sociales”.
La manifestación de la frustración de los fans ante el final de grandes fenómenos televisivos ha evolucionado con la sociedad. Internet y las redes sociales sirven de altavoz tanto para manifestar el amor como el odio ante cualquier acontecimiento, real o ficticio. Ahora, “productores, fans y medios de comunicación comparten el mismo patio de recreo”, dice Mar Guerrero-Pico. “Antes, era más complicado que las quejas llegaran a los productores y, a la vez, se escucharan en el mainstream”, dice la experta. Pero eso no significa que no existieran, como demuestra la campaña para renovar Star Trek en los años setenta que llevó a miles de fans a bombardear con cartas la sede de la cadena NBC y que Guerrero-Pico señala como un “hito pionero en la historia de los fandoms de las series de televisión”.
En cuanto internet se popularizó, estas protestas viraron hacia el mundo online, hasta llegar al uso que los promotores de la Conformity Gate han hecho de TikTok, X o YouTube para su expansión. “Los fans de las series siempre se han caracterizado por ser early adopters [consumidores pioneros] de tecnologías que les permitieran estar en contacto, compartir su afición o protestar”, dice la experta. Además, señala un cambio desde el punto de vista social en casos recientes como el acoso a guionistas tras finales o giros narrativos polémicos o ciertas decisiones de casting. En su opinión, muchas de las críticas se basan en argumentos ideológicos y ataques ad hominem, sexistas o racistas, “que apuntan a una polarización dentro de las comunidades de fans, y que reflejan la crispación política y el relativismo cognitivo tan exacerbados en las sociedades occidentales en esta última década”. Y concluye: “Aunque las teorías como el Conformity Gate son más viejas que el tiempo, no resulta extraño que, en un momento donde la verdad está más cuestionada que nunca, este tipo de interpretaciones adquieran cierta relevancia”.