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Trump quiere que veas perritos parlanchines generados por IA

Detrás de los vídeos creados con inteligencia artificial no hay ningún pacto social y cultural entre artistas y público. Por eso no podemos interpretar ni juzgar las creaciones de la IA, solo soportarlas

Que levanten la mano todas las personas que desearían no ser impactadas en redes sociales por vídeos creados por inteligencia artificial. Me refiero a quienes sentimos un profundo rechazo, casi una fobia...

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Que levanten la mano todas las personas que desearían no ser impactadas en redes sociales por vídeos creados por inteligencia artificial. Me refiero a quienes sentimos un profundo rechazo, casi una fobia, hacia estos contenidos. Paisajes imposibles, personajes históricos en tiempos modernos, ancianas que no existen respondiendo a preguntas que nadie les hizo, bebés madridistas que gritan gol nada más nacer y toda clase de animales parlanchines se cuelan en mi scroll infinito sin mi consentimiento. Nos alertaron de las fake news y de la posible manipulación política en el contenido generado por IA, pero ¿qué daño puede hacer un pingüino que no existe caminando sobre un hielo de mentira? Es difícil valorar el daño, pero lo que sí reconozco es un rechazo visceral, creo que la palabra precisa es asco. ¿A alguien más le pasa?

No es que no me gusten estos vídeos o que me sienta manipulada por ellos, es que me cabrean. Me molesta verlos y me preocupa que las redes los cuelen como si su consumo fuera inocuo. ¿De dónde viene este enfado? Sospecho que del engaño, pero me cuesta ver dónde está el timo. Yo no me ando enfadando cada vez que veo algo que “no es de verdad”. Voy al teatro y no me cabreo porque el actor no sea Hamlet sino un tipo que reconozco. Y no lo hago porque hay un pacto previo según el cual al convertirme en espectadora suspendo una serie de conocimientos e informaciones sobre lo que pasa en escena y acepto unas reglas que me proponen, que son las reglas del teatro. Es decir, que el arte (la creación en general) que parece que es un asunto espontáneo forma parte de un acto civil, comunitario y educativo que permite que podamos disfrutarlo. La IA no ha hecho ese pacto con nadie. No incluye pacto moral, ni civil ni artístico y es despreciable en ese sentido. No podemos interpretar ni juzgar las creaciones de la IA, solo soportarlas.

Y yo me pregunto ¿cuántos cientos o miles de vídeos con perritos habladores hemos de ver hasta someternos y suspender el juicio sobre lo que vemos? La IA está hecha ex profeso para la seducción y la persuasión. Un actor puede equivocarse y yo puedo juzgarlo después porque compartimos una referencia. En el caso de la IA, como es autorreferencial, solo puedo rechazarla o someterme, no cabe ningún juicio al respecto, no hay ningún principio de realidad con el que pueda contrastarlo. Por eso a Trump le gusta tanto y a mí me asquea. Porque solo cabe el rechazo o la sumisión a las imágenes. La comunicación (como el arte) tiene que ser un artefacto humano, no tiene que ser perfecta, pero sí tiene que ser humana, tiene que poder hablar legítimamente de nuestra precariedad, de nuestra temporalidad, de nuestra memoria. Una IA nos deja fuera de todo eso. Y al hacerlo nos pone en grave peligro político y humano.

Y lo nuestro es lo humano y está en peligro. No digo que no podamos llegar a nuevos pactos como espectadores de nuevos contenidos, pero sí que, en el peligroso momento en que vivimos, el contenido generado por IA dinamita cualquier posibilidad de convivencia. Ni conocemos al actor ni sabemos por qué no es Hamlet ni hemos pedido verlo ni podemos juzgar lo que diga. Peor aún, el actor es un golden retriever que ni siquiera existe. Y es monísimo, lo sé, pero es un lobo feroz. Y quiere comernos.

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