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Defender la ONU con uñas y dientes

La impunidad con que Israel comete toda clase de crímenes en Gaza y Cisjordania muestra un organismo paralizado. Y sin embargo, preservarlo es hoy más fundamental que nunca

La invasión rusa de Ucrania, la impunidad con que Israel comete toda clase de crímenes en Gaza y Cisjordania, hasta el extremo de anunciar la deportación de más de dos millones de gazatíes de su patria, muestran unas Naciones Unidas paralizadas, incapaces de cumplir el papel que le asigna su carta fundacional, “protectora de la integridad territorial de los Estados y de la dignidad y el valor de la persona humana, en igualdad de derechos de hombres y mujeres y de naciones grandes y pequeñas”. Y, sin embargo, preservar el si...

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La invasión rusa de Ucrania, la impunidad con que Israel comete toda clase de crímenes en Gaza y Cisjordania, hasta el extremo de anunciar la deportación de más de dos millones de gazatíes de su patria, muestran unas Naciones Unidas paralizadas, incapaces de cumplir el papel que le asigna su carta fundacional, “protectora de la integridad territorial de los Estados y de la dignidad y el valor de la persona humana, en igualdad de derechos de hombres y mujeres y de naciones grandes y pequeñas”. Y, sin embargo, preservar el sistema de Naciones Unidas es hoy más fundamental que nunca.

Cierto que el presidente Trump no vería mal que desapareciera, como desapareció en su día la Sociedad de Naciones, empeñado como está en volver a un mundo de simple y feroz ejercicio de poder, con áreas de influencia delimitadas por él mismo. Cierto que Putin ha vulnerado la integridad territorial de Ucrania y que pretende meter al resto del país, a empujones, en su propia área de influencia. Todo eso es verdad, pero aun así, Naciones Unidas es un foro que debería ser defendido con uñas y dientes por Europa y el resto del mundo, porque en él Estados Unidos, Rusia e Israel quedan en evidencia una y mil veces. Trump puede abandonar la ONU, pero allí seguirá estando seguramente China y 191 países más. Cada vez que esos países votan y Estados Unidos veta se demuestra que la norma sigue ahí, que Estados Unidos, Israel o Rusia la ignoran, pero que sigue existiendo esa Carta fundacional, y que hay países importantes que quieren seguir respaldándola.

Aunque no parezca importante, lo es, y mucho, que más de 190 países de todo el mundo digan “no” a esa ruptura del orden internacional acordado en 1945, un orden internacional que nació al servicio de Estados Unidos, y que hoy puede resultar, curiosamente, de mayor interés para China. Trump, Putin y Netanyahu tendrán siempre en ese foro internacional quien les diga que están rompiendo el orden pactado, que no tienen razón, y que el principio de integridad territorial y de dignidad del ser humano sigue siendo válido.

El bloqueo que llevan a cabo Trump y Putin, y la incapacidad de Europa para, por lo menos, denunciar los crímenes del Gobierno israelí, han colocado en una posición muy difícil al actual secretario general de la ONU, el portugués António Guterres, que permanece prácticamente inmovilizado. Quizás hubiera hecho falta en estos momentos un personaje con más carácter y empuje al frente de la ONU, pero el mandato de Guterres no acaba hasta finales de 2026. Ojalá tome el relevo alguien con personalidad y nervio. Dado que hasta ahora ha habido nueve secretarios generales todos hombres, sería razonable que esta vez fuera elegida una mujer. Candidatas con experiencia y carácter hay suficientes. Según la Carta de Naciones Unidas el nombramiento lo hace la Asamblea General, a propuesta del Consejo de Seguridad (15 miembros, cinco con derecho a veto).

Por muy mal que percibamos en estos momentos el papel de la ONU, conviene recordar el consejo de quien fue su segundo secretario general, el sueco Dag Hammarskjöld, en una época especialmente dura de la Guerra Fría, animando a los países miembros a no renunciar a ese nuevo orden multilateral basado en normas y defensa de la dignidad humana, nacido en 1945: “Nunca midas la altura de una montaña hasta que hayas alcanzado la cima. Y entonces podrás ver lo baja que era”. Hammarskjöld fue un diplomático extraordinariamente activo que se implicó en la descolonización de África y que luchó por mejorar la condición de vida de los palestinos en Oriente Próximo. Murió en el ejercicio de su cargo, en 1961, en un nunca bien aclarado accidente aéreo. Poco antes, frente a la Academia sueca, pronunció un importante discurso: “Creo que deberíamos morir con decencia para que al menos la decencia pueda sobrevivir”.

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