El poder de la elasticidad
Estoy a favor del relativismo y en contra de esa vieja jerarquía que separa lo elevado de lo masivo, de no dejar que los principios respiren
La primera vez que escuché la palabra relativismo fue en boca de un cura de mi colegio. La pronunció como si estuviera señalando una plaga. Dijo que era uno de los grandes males de la humanidad. Yo no entendí bien qué significaba, pero entendí el tono: peligro. Años después busqué la definición y pensé que, si aquello era un mal, era también el mío. Para mí, el relativismo siempre ha sido una tabla de salvación: la posibilidad de que las cosas puedan mirarse desde más de un lugar; la sospecha de que una sola verdad es, en el mejor de los casos, incompleta.
Últimamente he vuelto a escuch...
La primera vez que escuché la palabra relativismo fue en boca de un cura de mi colegio. La pronunció como si estuviera señalando una plaga. Dijo que era uno de los grandes males de la humanidad. Yo no entendí bien qué significaba, pero entendí el tono: peligro. Años después busqué la definición y pensé que, si aquello era un mal, era también el mío. Para mí, el relativismo siempre ha sido una tabla de salvación: la posibilidad de que las cosas puedan mirarse desde más de un lugar; la sospecha de que una sola verdad es, en el mejor de los casos, incompleta.
Últimamente he vuelto a escuchar la palabra, muchas veces en boca de gente joven, en ciertos eventos culturales/reuniones religiosas donde se denuncia el relativismo como enfermedad moral y se reivindica la claridad sin matices: una sola verdad, una sola interpretación, una sola forma correcta de estar en el mundo. La ambigüedad se presenta como debilidad y la complejidad, como trampa.
La tentación es comprensible. Vivimos tiempos inestables. Nos prometieron que si perseguíamos nuestros sueños los alcanzaríamos. Ahora el mantra parece otro, como en la canción más bonita y triste de Taylor Swift: You’re on Your Own, Kid. Estás solo. En esa intemperie, la idea de una verdad compacta ofrece refugio. El dogma calma porque ordena. Pero el pensamiento rígido tiene un problema estructural: cuando no puede doblarse, se rompe.
Hubo un momento, a finales de los noventa, en que creímos que el futuro tenía textura. Era verde y rebotaba contra las paredes en Flubber (Les Mayfield, 1997). Lo que parecía una comedia infantil hoy me parece una parábola cultural: la fuerza no está en la dureza, sino en la capacidad de absorber el impacto y devolverlo transformado. Flubber no vencía por imponerse, sino por adaptarse. No tenía forma fija sino vocación de movimiento.
Pensé en Flubber en el escenario del Benidorm Fest, bajo una lluvia de leds y una realización milimétrica. Durante un segundo me pregunté qué hacía yo ahí: la alta cultura y la cultura popular como continentes que solo se visitan con visado, esa vieja jerarquía invisible que separa lo elevado de lo masivo. Entonces llegó el turno de preguntas a uno de mis grupos favoritos de siempre, los argentinos Miranda!. Alguien quiso saber qué hacían allí, poniéndose en juego en un concurso cuando no les hace falta. Ale y Juliana contestaron con una sinceridad tan desprovista de artificio que desarmó a todos: elasticidad. Estaban ahí para mantenerla como artistas, la misma que los había llevado al éxito. Para honrarla. Y me vino a la mente esa masa verde.
La historia del arte está llena de ejemplos similares. Los creadores que sobreviven no son los que se blindan, sino los que se desplazan. La coherencia profunda no consiste en repetirse, sino en reconocerse a través del cambio. También la neurociencia habla de plasticidad cerebral: el cerebro se modifica cuando aprende, cuando se expone a lo distinto, cuando tolera la contradicción. Cambiar de opinión no es traición; es señal de vida. La elasticidad mental no implica ausencia de principios, sino permitir que respiren.
Siempre he habitado varias versiones de mí mismo: leer a Pizarnik mientras se tira del helicóptero Ivonne Reyes; estudiar la selectividad viendo Crónicas Marcianas; ser el chico al que hacían bullying en el colegio y, al mismo tiempo, el que hacía reír al otro grupo de amigos que había conocido en Irlanda; el que tenía novia y el que empezaba a entender que le gustaban los chicos; el que sufría en silencio y el que fingía en casa que todo estaba bien en clase. El que fingía en clase que todo estaba bien en casa. Nunca fui una sola cosa. Quizá por eso no siento contaminación entre territorios, siento conversación. La cultura popular no es el enemigo de la exigencia, es su campo de pruebas.
Frente a una época que parece añorar certezas inmutables, la elasticidad se convierte en ética. No para diluirse, sino para expandirse. No para negar la verdad, sino para aceptar que ninguna verdad humana es total.