Ir al contenido

“Cuando entiendes que históricamente los hombres no han estado a la altura, no hay vuelta atrás”: ¿qué hacer ante el ‘heteropesimismo’?

El “hartazgo ante los hombres” que comenzó como un chiste en redes sociales y objeto de análisis en revistas femeninas se ha traducido en bajas en masa en aplicaciones de citas y una especie de soltería autoimpuesta que ha llegado a estrellas como Rosalía

Hace tiempo que el término “hetero” se usa con tono despectivo en ciertos ambientes. Después de tantos siglos durante los que la heterosexualidad ha sido un estándar asfixiante, ese uso de la palabra hetero con connotaciones negativas demuestra que algunos jóvenes se están dando cuenta de que lo hetero lo permea todo: es un conjunto de reglas, un filtro estrecho a través del que muchos ven a los demás y el mecanismo estándar que regula casi todas las relaciones (no solo las afectivas o sexuales: también suelen ser muy hetero las relaciones entre padres e hijos o entre compañeros de trabajo).

En estos contextos, un hetero no es alguien que, simplemente, no es homosexual, sino que, en el mejor de los casos, será un heterobásico, o lo que es lo mismo, un normie o cuñado que sigue a rajatabla el reglamento de la heteronorma. El hetero, heterazo o heterobásico practica todos esos comportamientos que refuerzan una masculinidad convencional y los exhibe, quizá porque no es consciente de ello, quizá porque así construye una identidad reaccionaria frente al feminismo. Así que, según esta escala (que va de las bromas y los memes a las advertencias o red flags) el heterobásico de baja intensidad sube fotos gritando en el fútbol o sueña con una cena romántica en La Tagliatella (también se podría hablar de heterobásicas), mientras que el heterazo (un término mucho más negativo y exclusivo para los hombres) es quien tiene comportamientos explícitamente machistas o abusivos.

En cualquier caso, toda esta promiscuidad del prefijo hetero, que no deja de formar nuevas palabras que nutren tanto la jerga académica como las conversaciones de discoteca, prueba que la heterosexualidad ya no es algo inmóvil, sino que por fin está siendo discutida. De hecho, aunque el término heteropesimismo, acuñado por el investigador Asa Seresin, ha circulado desde 2019, esta expresión terminó de afianzarse el mes pasado cuando la articulista Chanté Joseph anunció en Vogue que hoy en día, cuando todas las mujeres han experimentado tantos problemas y desilusiones en sus relaciones con los hombres, tener novio ya no es algo de lo que estar orgullosa, sino que, más bien, da vergüenza.

Aunque ha habido respuestas en todos los sentidos, no es complicado encontrar las razones para una afirmación que se produce, además, cuando Rosalía explica en todas sus entrevistas que atraviesa una temporada de “celibato voluntario” y se discute sobre un “giro conventual” que tiene algo que ver con el rechazo a los hombres, es decir, a los heteros “realmente existentes”.

Así que, asumiendo que cualquier enfoque individualista estará incompleto, cabe preguntarse: ¿qué puede hacer el hombre heterosexual en plena era del descrédito?

Un hartazgo justificado

En La Venus del Smartphone (Carpe Noctem, 2025), la ensayista Marita Alonso investiga sobre el reciente declive de las aplicaciones de citas, unas plataformas que perdieron 17 millones de suscriptores durante el segundo semestre de 2024. Alonso profundiza en varios fenómenos paralelos que, sumados, provocan una tormenta perfecta sobre el universo de las citas: después de varias experiencias insatisfactorias muchas usuarias sienten fatiga y surgen quienes se toman sus encuentros como una “obligación desagradable”; el llamado “déficit masculino” consiste en “discrepancias en el nivel educativo de los cónyuges potenciales fruto de la expansión educativa de la mujer”, lo que dificulta dar con una pareja “homógama” (con un nivel parecido de estudios e ingresos) y, finalmente, las mujeres están cansadas de su “labor hermenéutica”, es decir, de ser quienes se ocupan de mantener a flote las relaciones con un nivel de comunicación óptimo. “El cúmulo de todos estos factores empuja a muchas personas a decir que no pueden más. El hastío ha entrado en la habitación… Y parece complicado que un nuevo match pueda arreglarlo”, concluye Alonso.

En la práctica, este hartazgo se traduce en actitudes como la de Irene Domínguez, poeta y docente de 31 años, que está atravesando una época de “celibato voluntario”. “Personalmente, es la etiqueta que prefiero, sin que se saque de contexto, porque creo que, en general, se utiliza con cierta distancia irónica, evitando el matiz religioso”, explica a ICON. “Siento que no hay que perder la fe ni generar rencor hacia la situación, pero que es bueno pasar por una época así porque significa despojarse en gran parte de la mirada masculina”, continúa. Y antes de llegar a este punto, ¿llegó a sentirse avergonzada por mantener relaciones con hombres? “Lo de la vergüenza es excesivo. No se debe interpretar todo esto como una guerra o desencanto hacia los hombres, pero sí hacia cierto tipo de hombre que abunda, y es al que le faltan herramientas de gestión emocional porque ni se conoce a sí mismo. Nosotras, desde siempre, trabajamos más la inteligencia emocional por pura supervivencia. Y esto, en las relaciones, se comienza a percibir como una carga en un momento en el que ya no dependemos económicamente del hombre ni de un proyecto familiar”, expone Domínguez.

Irene Gil, artista de 34 años, lo tiene todavía más claro: “Me reconozco en el heteropesimismo, claro, estamos muchas ahí. Y en el celibato voluntario también estamos varias: es mejor no relacionarse con ningún hombre ni para sexo, porque no sale rentable”. Entonces, ¿defiende la idea de que “tener novio da vergüenza”? “Lo que eso significa es abajo el patriarcado y que ninguna mujer quiere repetir patrones como los de nuestras madres y abuelas, que han tenido que cargar toda la vida con hombres incapaces de cuidarse ni a ellos mismos ni a nadie más”, contesta. “Y lo pienso no solamente por mis propias experiencias que, efectivamente, todas son un horror. Es que históricamente los hombres no han estado a la altura. Una vez entiendes esto, no hay vuelta atrás”.

Comerás flores (Sexto Piso, 2025) es la última novela de Lucía Solla. En ella, una joven se enfrenta a una relación de abuso que al principio le cuesta reconocer. “Ojalá la hubiera leído hace años”, le comentan a la autora muchas de sus lectoras, que se han sentido identificadas con la protagonista del libro y han atravesado procesos similares. Domínguez admite que ella también ha vivido “cosas rocambolescas” y que ha estado envuelta en muchas situaciones tóxicas. “Hay quien piensa que es mala suerte, pero yo creo que hay cierta tendencia a dar palos de ciego y acabar hecha trizas”, explica. Por eso, considera que son positivos ejemplos como el de la novela o la presencia de estas cuestiones en la conversación pública. “Por mi parte, creo que es más sano pensar que el amor maduro puede llegar en cualquier momento de la vida, pero no se puede ser totalmente esclavo de un proyecto vital que te montaste en tu primera juventud. Estoy en la edad en la que empiezo a ver distintos caminos que han tomado las mujeres de mi alrededor y a darme cuenta de qué puedo encontrarme si los tomo yo también”, concluye la profesora.

Los peligros de dejar de discutir

En Epidemia Ultra, recién publicado por Península, el académico Franco Delle Donne desentraña los secretos del éxito de figuras autoritarias como Javier Milei o Viktor Orbán. Delle Donne dedica un capítulo a la manosfera, es decir, a los entornos masculinizados donde se difunden consignas contra las mujeres. “Es un fenómeno que tiene que ver con el miedo y las inseguridades de hombres que se sienten atacados o incomprendidos. Y en algunos casos, no en todos, esto puede derivar en procesos de radicalización que obedecen a una lógica de indignación y de búsqueda de chivos expiatorios. La construcción social que les incomoda y que les impide tener ese lugar en el mundo que desearían, aunque posiblemente lo tengan pero no lo ven, es el lugar que ocupan las mujeres”, comenta a ICON el autor. “Entonces se desarrolla una teoría conspirativa: la idea del ginocentrismo, según la cual las mujeres se han organizado en contra de los hombres, en una especie de complot amplio, global, para perjudicarlos”, continúa.

Delle Donne advierte de que parte del proceso de radicalización consiste en negar el peso político que todas estas cuestiones tienen: “Este tipo de expresiones creen que sus causas son legítimas y que obedecen al sentido común, y por eso quedan exentas de ser políticas. Para ellos política es un concepto manchado, asociado a instituciones que rechazan, como los partidos. Termina siendo un abordaje no democrático: pensar que una discusión en el debate público no es política es simplemente ignorar la realidad”. A pesar de ello, muchos partidos y líderes compiten por los votos de quienes piensan así y refuerzan sus discursos misóginos en una espiral que se retroalimenta. “Me acuerdo de Maximilian Krah, de Alternativa para Alemania, hablando de ser un verdadero hombre, ser de derechas o tener las cosas claras para responder a esas preguntas sociales”, ejemplifica.

En una situación así, la psicóloga Sara Berbel, coautora de Obedecedario Patriarcal (Anagrama, 2024) y exdirectora del Instituto Catalán de las Mujeres, indica que las redes no ayudan porque son corresponsables de haber agrandado la grieta entre sexos hasta hacerla casi insalvable. “Los clickbaits disfrutan mucho con una guerra de sexos que no hay que alimentar porque es nociva para ambos”. “Lo que tenemos que hacer es salir de las pasiones tristes y alimentar la alegría, el diálogo y la conversación, sea física o virtual”, recomienda. Su compañero en Obedecedario Patriarcal, el filósofo y profesor de la Universidad de Barcelona, Bernat Castany, está de acuerdo y piensa que ningún pánico moral (tampoco el que supone rechazar a todos los hombres a priori) está justificado: “Ya en 1972, Stanley Cohen, en su libro Demonios populares y pánicos morales, designó esas preocupaciones desproporcionadas, virales y volátiles que, a raíz de algún suceso, no siempre real o significativo, habrían pasado a ser percibidas como una amenaza para los valores de la sociedad”.

Castany cree que sería un error pensar que hombres y mujeres no participan de “una misma condición humana común”, puesto que la gran diferencia entre unos y otras —el patriarcado— es, sobre todo, estructural o de abuso de poder. Por eso, desde su punto de vista, el heteropesimismo como respuesta a una presunta disputa entre hombres y mujeres se queda corto y la insatisfacción hacia la que apunta responde a aspectos todavía más profundos de la naturaleza humana: “Asa Seresin acierta definiendo el heteropesimismo como la sensación de que las relaciones heterosexuales son inherentemente problemáticas, aburridas o incluso peligrosas. Pero es que todas las relaciones amorosas, familiares, amicales, políticas, entre hombres y mujeres, entre hombres o entre mujeres. son así. No es improbable que detrás del heteropesimismo lata, primero, la eterna insatisfacción de todo ser humano con lo real, intensificada por discursos culturales idealizadores de esas relaciones, que hablan del enamoramiento, pero no de la convivencia; segundo, la economización de las relaciones humanas, que ha transformado a las personas en clientes que buscan a toda costa una ganancia individual, infligiendo una mirada calculadora sobre realidades complejas; y, tercero una especie de alergia o intolerancia ontológica, que nos lleva a buscar lo que es idéntico a nosotros”.

Una respuesta complicada para disolver un cansancio legítimo

“No queremos ni podemos estar explicando las mismas cosas evidentes toda la vida. ¿Por qué los hombres hetero no entienden ya la movida? ¿No quieren? ¿O no pueden realmente? Está claro que el sistema quiere que todo siga como hasta ahora. Pero estamos aquí, muchas mujeres estamos ahí. Y una vez entras ahí ya no vuelves atrás”, se queja Gil. Como también han desarrollado autoras como Sarah Ahmed (que recurre al concepto “feminista aguafiestas”), hacer una pedagogía amable no es ninguna obligación que deban asumir las mujeres. Del mismo modo, Berbel cree que el patriarcado “solo se puede romper con un trabajo masculino en ese sentido. Deben como colectivo plantearse en qué momento están y de qué manera pueden compartir en igualdad los diferentes aspectos de la vida. La única fórmula que hay es disolver este cansancio legítimo, es a través del trabajo masculino, y para eso es imprescindible que aparezcan voces de hombres que discrepan de esa masculinidad que ellos mismos no practican, y defiendan la ternura, el amor, los cuidados y la igualdad en las tareas domésticas”.

La respuesta de Castany ante la pregunta “qué pueden hacer los hombres” va todavía más allá y llama a resistirse frente a aquellos que, como “la industria cultural, la economía de plataformas y la propaganda ideológica”, buscan “compartimentar el mercado encerrándonos en burbujas que alimentan nuestra intolerancia”. “El criterio debería ser siempre distinguir qué actitudes y políticas aumentan la potencia/alegría del mayor número de personas. Y, sin duda, cuanto más abiertos estemos a la variedad de experiencias, individuos y caracteres, mayor conocimiento, y por lo tanto libertad y potencia, poseeremos para participar del mundo en el mayor número de dimensiones posibles”, explica el filósofo.

Lo que Domínguez responde es que nada de esto debería derivar “en otra manera más de vendernos un modo de vida individualista”; así que, en su opinión, lo que los hombres necesitan es: “autoconocimiento”. “Es difícil hacer trabajo de espejo, ponerte frente a tus inseguridades y darte cuenta de que tal vez dependes más de lo que creías de la validación femenina, puesto que reconocerlo te pone en una situación de sumisión y vulnerabilidad. Creo que nosotras estamos más familiarizadas con eso de que se nos perciba como inseguras, pero el hombre no tanto”, termina esta joven que, por el momento, mantiene su “celibato voluntario”.

Sobre la firma

Más información

Archivado En