Cuando el anillo llega a la mesa: cómo viven los restaurantes ser el escenario de pedidas de matrimonio
Con el cine y la televisión como referentes, son muchas las personas que eligen un restaurante para hacer su propuesta matrimonial. Varios de estos locales nos cuentan cómo se vive ese momento entre bastidores
En la última temporada de Emily in Paris, esa serie donde todo, hasta los disgustos, es bonito e inverosímil, la protagonista sospecha que su novio, Marcello, está a punto de entregarle un anillo de compromiso. Ese día van a comer, así que ella cree que va a encontrarlo al fondo del postre. Además, cuando llega el tiramisú, Marcello insiste: “Escarba, escarba, encontrarás una sorpresa”. Lo que hay es una deliciosa pero decepcionante cookie de chocolate veneciano. Todo fue una confusión.
No es raro que Emily tuviera esas expectativas: la ficción está llena de propuestas de matrimonio escenificadas en restaurantes, y esto es algo cada vez más habitual también en la realidad. Ahora que los anillos de compromiso vuelven a estar de moda gracias a figuras como Taylor Swift, Dua Lipa o Georgina Rodríguez, todo el mundo quiere entregar el suyo de la manera más romántica posible y en el mejor escenario. Muchas veces, ese lugar es un restaurante, así que los jefes de sala, los equipos de camareros y los chefs están acostumbrados a coordinarse para que todo salga bien durante la pedida o propuesta.
En China, donde las pedidas de mano al modo occidental se han convertido en un rito muy celebrado, han ido un poco más lejos, y algunos restaurantes ya tienen una proposal table preparada para estas situaciones: un rincón con las mejores vistas, pero también con cierta intimidad, que se ofrece a los novios —tanto allí como aquí, según la tradición, en las parejas heterosexuales suelen ser los hombres quienes se declaran— que quieren “dar el paso”. En España no hay proposal tables, pero si algo tienen en común los restaurantes donde suceden estas pequeñas ceremonias es que son espacios muy cuidados, con unas vistas o una arquitectura singular.
Desde La Salita, el restaurante de Begoña Rodrigo en Valencia donde hace poco se grabó una escena de pedida en la que todo salió bien, nos confirman que “el restaurante lo eligen muchas parejas porque, además de la propuesta gastro, es precioso y tiene ambientes que incitan al romanticismo: la terraza con vegetación, la sala (dentro de un palacete), la bodega (una especie de reservado) y ahora El Invernadero (donde ocurre la pedida del otro día)”. “La persona que va a pedir la mano siempre llega muy nerviosa y pide que le guarden el anillo o la joya y la saquen con los postres. Casi siempre los llevamos a la bodega, para que tengan intimidad. Las flores también son muy comunes y muchas nos piden les consigamos un ramo cuando hacen la reserva”, continúan.
Las flores son imprescindibles en este momento. De hecho, Oscar Manresa, de Altamar (un restaurante barcelonés situado en la torre del teleférico cuya cocina y vistas atraen a muchas parejas) recuerda que hace unos años un cliente reservó el local en exclusiva y tuvieron que decorar el salón principal con más de cuatrocientas rosas: “Montamos una única mesa en el centro. Solo estábamos un camarero y yo en cocina, esperando expectantes tras una cortina hasta que ella aceptó. Desde entonces, son de nuestros mejores clientes y regresan para celebrar su aniversario con nosotros”.
En el restaurante Hispano, un clásico de Murcia, también es habitual que se entreguen anillos o se pida matrimonio, y Nacho Abellán, el chef, está encantado de atender peticiones especiales. Eso sí, la intimidad no siempre es la esperada: “Un chico vino a vernos para traer unas flores y quería que pusiéramos una canción especial para pedirle matrimonio a su novia. Nos insistió en que ella era sumamente tímida y no sospechaba nada, así que nos pidió una mesa apartada en un rinconcito discreto del salón. En cuanto llegó el postre, empezó a sonar la música. La chica, al reconocerla, se puso muy seria y colorada. En ese momento, el novio se hincó de rodillas para pedirle la mano. Lo que no tuvimos en cuenta —ni él ni nosotros— es que justo al lado de su mesa, al fondo, había un espejo con una ligera inclinación que creaba un efecto óptico de profundidad, reflejando ese rincón en todo el salón. De repente, las más de 100 personas que estaban cenando vieron perfectamente el reflejo del chico de rodillas. El salón se quedó en silencio un segundo y, de pronto, todos los comensales se levantaron a aplaudir gritando: ¡Dile que sí, dile que sí! ¡Bravo!“.
Cuando llegan los postres
En su libro Too match: un abecedario de fracasos amorosos, Inma Benedito no aconseja comer en una primera cita: “Compartir mesa con una desconocida con la que previamente has hecho match ya es lo bastante incómodo como para sumar otra variable, con el entrechocar de cubiertos en silencio, la mirada baja, masticar pensando en terminar de masticar y evitar restos de comida entre los dientes…”. Aunque este es otro debate —asumiremos que quienes se plantean si casarse ya han comido juntos—, en foros americanos, donde se discute mucho sobre estas cuestiones, la recomendación es entregar el anillo antes de cenar para luego disfrutar de la velada relajados y como celebración. Esto no lo hace casi nadie: habitualmente, los anillos llegan junto a los postres.
“Siempre hay un pequeño instante de tensión, debemos asegurarnos de que el anillo esté perfectamente guardado, de que no se pierda y de que llegue a la mesa en el momento justo. Pero, al final, acaba siendo una experiencia muy bonita y divertida para todo el equipo colaborar en algo tan especial para nuestros clientes”, nos cuentan desde el restaurante japonés Kabuki, en Madrid. Así que los anillos suelen entregarse al final de la cena, pero muy raramente los novios piden que se escondan dentro de algún plato.
De esta forma, el anillo llegará en la bandeja o en el carro de postres y será depositado en la mesa por el camarero, para proceder a la ceremonia de petición. ¿Y si algo (como en Spider-Man 3) sale mal? No nos han contado muchos casos, aunque en el Hispano recuerdan a un violinista que llegó junto a la mesa cuando los comensales llevaban media velada tensos o discutiendo. Por eso, lo más importante es que todo vaya bien durante la cena y no solo en el “instante de peligro”.
En Kabuki, pensando en generar momentos románticos —desemboquen o no en una pedida— han preparado un brunch de San Valentín que explican así: “En la cultura japonesa, tradicionalmente, son las mujeres quienes regalan bombones como muestra de amor, respeto y gratitud, utilizando el chocolate como un lenguaje sutil y lleno de intención. Esta forma de comunicar emociones ha inspirado este año nuestra propuesta”.
Begoña Rodrigo, siempre dispuesta a celebrar el amor en La Salita, también ha preparado un menú de San Valentín. “Incluyo platos que fomentan la interacción entre las dos personas. Teniendo en cuenta que la mayoría de las mesas son de dos y que se trata de un menú relativamente largo, resulta muy interesante introducir elementos que generen sorpresa y conversación, como la esponja de chocolate, los fósiles o platos que despiertan la memoria gustativa, como el socarrat”, explica la chef.
“No es un día pensado para la reflexión gastronómica, sino para el encuentro, el disfrute y la conexión. Por eso, buscamos que sea un menú menos intrusivo y más cercano al cliente”, continúa Rodrigo. Algo parecido piensa el chef Juanjo López, de La Tasquita de Enfrente. En realidad, a López, San Valentín no le importa demasiado: lo que quiere es que sus comensales hablen durante todo el año y, a veces, hasta se permite afearles que estén usando el móvil durante toda la comida o la cena: “No me importa regañarles si veo que no hacen caso a quien tienen delante, porque algunos parece que están enamorados de su teléfono”, declara. Al fin y al cabo, muchos autores definen el amor como una conversación interminable.
En cualquier caso, la llegada del anillo a la mesa puede dar lugar a momentos muy románticos, a videos virales, pero también a situaciones incómodas, como la que aparece en Modern Family. La prensa del corazón recoge el rumor de que a Selena Gómez le entregaron su anillo de más de 200.000 dólares en un Taco Bell. No habría sido la única. Eso sí, posiblemente a Gómez se lo dieron dentro de su caja, porque ocultar un anillo dentro de un taco puede ser peligroso y no demasiado higiénico en varios sentidos (“a nadie le gusta llevar un anillo que ha atravesado su propio intestino”, apunta un comentario). Lo mejor es dejar el momento en manos de un camarero de confianza. Además, así se generará un vínculo, como mínimo, tan largo como el matrimonio, con el equipo del restaurante elegido. Si en algo han coincidido todos los profesionales consultados es en la ilusión que les hace ver a las parejas que se comprometieron en su local celebrando sus aniversarios también junto a ellos.