Aulas en calma, que no en silencio
Cuando el estrés bloquea el aprendizaje, el movimiento corporal es una palanca que ayuda a recuperar el foco en clase
En mitad de una clase de instituto, un alumno se desengancha. No grita, pero su postura se endurece, mueve las piernas… La profesora se le acerca, baja el tono y le toca un instante el hombro. Ese gesto le hace bajar los hombros y, al poco, vuelve al aula. “Para que la calma llegue, necesitan sentirse escuchados. La calma no llega desde la exigencia, sino desde lo que les da disfrute y les permite expresarse”. Para Carmen Pascual, maestra, psicomotricista y fundadora de Psicopraxis, a las aulas les falta trabajo de “expresión, cuerpo, lenguaje, claridad y espejo”. Es decir, psicomotricidad.
Con una atención cada vez más fragmentada y una vida acelerada “que nos tiene acostumbrados a que toquemos un botón y pasen cosas”, expone Nuria Comonte, maestra y cofundadora de La Semilla Violeta, “la labor de las docentes es darles presencia y generar un espacio de refugio en las aulas”. Un espacio que garantice oportunidades de conectar “con uno mismo, con el resto, con el cuerpo, con su propio proceso de vida y de aprendizaje”. Porque, defiende, “responder [en el aula] con más estímulos para compensar los suyos es entrar en una rueda sin fin”.
Para Ares González, maestro, escritor, formador de crianza y educación, y autor de Educar sin GPS (Planeta, 2021), un aula en calma se sostiene en tres ejes. El primero es el vínculo entre docente y alumnado: “Si no existe, la calma es muy difícil de conseguir”, porque se pierde la figura de referencia y seguridad. El segundo es la metodología. “El sistema cojea” cuando todo es expositivo, porque el alumnado “hace poco”, se aburre y desconecta. Y el tercero es el binomio movimiento-descanso: alternar actividad y pausa, “también en lo cognitivo, para poder volver al foco”, establece.
Ese foco tiene también un componente fisiológico. El estrés —del alumnado, pero también de docentes “al límite”— es, según la evidencia, uno de los primeros frenos al aprendizaje. “Queremos que aprendan todo bien, pero estresados”, apuntan Marta Cerezo y Patricia Mateos, especialistas en Psicobiología y Neuroeducación de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Desde su experiencia en formación docente, subrayan que el movimiento es una palanca con respaldo científico. “Reduce el estrés y mejora el rendimiento cognitivo”, y citan el ejercicio físico y los “descansos activos” breves como estrategias para mejorar atención y memoria.
Activar el cuerpo
No descubrimos nada si recordamos las horas que pasan sentadas alumnas y alumnos durante una jornada escolar. “¿Qué lugar damos al cuerpo en la escuela?”, plantea Marc Guillem, doctor en Ciencias de la Educación y uno de los autores de Educar en movimiento (Editum, 2025). “El movimiento nos capacita y nos habilita”; y explica que “la actividad motriz puede modular procesos cognitivos superiores: atención y funciones ejecutivas. Y gracias a la respiración podemos llegar a un estado mental más eficaz para el pensamiento abstracto”.
Si recuperar el movimiento en el aula es una demanda colectiva, la neuropsicología pide tener en cuenta el momento madurativo. “En Secundaria y Bachillerato tienen cambios hormonales y de desarrollo cerebral, les cuesta autorregularse y están cambiando muchas cosas; en cambio, el sistema no cambia para ellos y ellas, no se adapta a su reloj biológico”, explican Cerezo y Mateos al referirse a los horarios y al sueño. “A esta edad se retrasa el inicio del sueño; sin embargo, cada vez tienen que entrar antes a clase”. Y se preguntan: “¿Cómo no van a estar estresados, con hambre, agotados y despistados si están yendo contra sus ciclos circadianos?”.
Incluso antes de hablar de metodologías, hay un clima sensorial que empuja a la dispersión. “Lo que necesita un cerebro y un cuerpo para abrirse al aprendizaje es seguridad; esta se cocina a fuego lento”, añade Comonte. De ahí su insistencia en que el aula ofrezca “referencias de otros ritmos más orgánicos y naturales”, donde puedan florecer “el aprendizaje, la reflexión, la empatía”.
Por eso, en el momento actual, la calma no se construye solo “apagando fuegos”, sino diseñando una rutina que ayude a regular antes de que el aula se desborde. Marc Guillem lo formula en términos de viabilidad: frente a propuestas que “rompen” la dinámica, defiende “snacks de movimiento” breves —de pocos minutos, incluso de segundos— que preparen para un tramo de máxima atención o ayuden a recuperarla cuando aparece el cansancio.
Reparar en la respiración
Se trata de integrar el cuerpo como parte del aprendizaje. “Hay formas de encontrarte con los chicos en situaciones que les ayuden a estar bien. Por ejemplo, la respiración, estando con ellos y dándole un lugar de fuerza, de vida”, repasa Pascual. “O hacerles ver cómo están sentados, cómo les llegan sensaciones o percepciones de lo que escuchan o de lo que viven con otros compañeros”. Tomar unos segundos para que “se apoyen en los pies, sientan que tienen una columna, vean que se pueden mover, soltar el cuerpo y luego se vuelven a sentar con la misma discreción con la que se han levantado”, propone.
El aula no nace para la calma. Pero tampoco puede funcionar en tensión permanente. La clave, coinciden los especialistas, no es perseguir recetas universales, sino un mínimo viable: rutinas breves que regulen sin romper la clase. Un minuto de respiración y postura al empezar, un descanso activo cuando decae la atención y normas de convivencia acordadas y revisadas. Y quizá recuperar la asamblea que se queda en Infantil: un espacio de palabra que, en Secundaria, suele desaparecer justo cuando más falta hace. En un mundo acelerado, bajar el ritmo en el aula ya es una forma de cuidar el aprendizaje.
Ejercicio coordinativo
El profesor Marc Guillem matiza que ya no se sostiene la creencia de que, para ser efectivo, el movimiento debe ser intenso. “Ahora sabemos que una actividad moderada, especialmente de carácter coordinativo, facilita la adquisición del aprendizaje y ayuda a evocar o recuperar información”. En su escenario ideal, el profesorado de Educación Física debería ayudar a integrar el cuerpo en el aprendizaje de todas las materias.