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La tradición española de ERC

Suena raro que quien reclama que se rectifique la deriva autodestructira de la izquierda española, Gabriel Rufián, sea un independentista catalán, pero enlaza con la historia del partido republicano

Gabriel Rufián, el pasado jueves, durante el debate sobre el futuro de las izquierdas con Irene Montero y Xavi Domenech en la UPF.GIANLUCA BATTISTA

Gabriel Rufíán quiere repetir en 2027 la historia de éxito de Pablo Iglesias en 2014. Ahora mismo parece un objetivo imposible, pero también lo parecía en 2014 y sin embargo ocurrió. La urgencia para lanzarse a este reto es más o menos la misma que hace 12 años em...

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Gabriel Rufíán quiere repetir en 2027 la historia de éxito de Pablo Iglesias en 2014. Ahora mismo parece un objetivo imposible, pero también lo parecía en 2014 y sin embargo ocurrió. La urgencia para lanzarse a este reto es más o menos la misma que hace 12 años empujaba al núcleo impulsor de Podemos. Entonces se trataba de desalojar del Gobierno de España a una derecha corrupta hasta el esperpento. Ahora se trata de evitar su retorno. Con dos agravantes que le añaden gravedad. El primero es que ahora el PP va de la mano con la ultraderecha fascistoide que crece bajo el impulso global de Donald Trump. Lo que le convierte en una amenaza de involución antidemocrática. El segundo es que el PP de Feijóo no ha mostrado ruptura alguna con el PP de Rajoy ni remordimiento por sus latrocinios, pese a que los juicios a sus exdirigentes y exministros que todavía se están sustanciando, los ponen permanentemente de relieve.

Las preguntas que Rufíán plantea al otra vez dividido universo de las izquierdas son estas: ¿Queremos eso para España? ¿Qué debemos hacer para evitarlo? Las respuestas obtenidas hasta ahora son más bien decepcionantes, tanto en su partido como desde las demás fuerzas interpeladas.

Las dificultades surgen de que, tanto Podemos como las fuerzas a las que unió en 2014, provienen de una arraigada cultura de oposición. Los primeros éxitos electorales de Podemos les convirtieron de la noche a la mañana en partidos de gobierno. Pero, una vez conseguidos los primeros grandes objetivos de la etapa fundacional, los ejecutivos de coalición con el PSOE se convirtieron en escenario de un constante forcejeo negociador del siempre complejo y difícil día a día político. Una parte de Podemos, con Iglesias, Ione Belarra e Irene Montero a la cabeza, empezó a deslizarse por la pendiente del doctrinarismo propio de la extrema izquierda, que es el caldo de cultivo de la fragmentación.

Esa deriva ha convertido a Podemos en oposición de izquierdas al mismo Gobierno de coalición progresista presidido por Pedro Sánchez que había contribuido a crear, ha ahondado la fosa que le separa de Sumar y les ha colocado como rivales electorales. El ciclo electoral de 2023 y la reciente tanda de elecciones regionales, sin embargo, ha castigado esta deriva con rotunda dureza, un cero electoral en tres elecciones consecutivas. Es el anticipo del naufragio que, si no hay cambio de rumbo, los sondeos apuntan para las próximas elecciones generales previstas para 2027.

Suena raro y puede que hasta parezca incongruente que quien reclame la rectificación de la deriva autodestructiva de esta izquierda a escala española sea un dirigente del independentismo catalán. Pero lo que tanto contrasta con la trayectoria reciente de ERC enlaza directamente con la historia del partido. ERC nació en 1931 de un impulso profundamente democrático, federal y progresista tras la dictadura de Primo de Rivera. Algunos de sus dirigentes figuran entre los firmantes del Pacto de San Sebastián de 1930 que trajo la II República. Luego, otros participaron en los gobiernos republicanos antes y en plena Guerra Civil, durante la que envió batallones de voluntarios republicanos catalanes a defender el frente de Madrid asediado por los franquistas. Hay un poso histórico que implica a ERC como uno de los actores progresistas en España. Oriol Junqueras y la dirección de ERC se desentienden, contaminados por la hegemonía de la derecha nacionalista en Cataluña de las últimas décadas, pero lo que plantea Rufián no es nada descabellado. Al revés: aunque fracase, acierta.

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