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Eclipse Rufián

El movimiento del portavoz de ERC evidencia que a la izquierda que defiende la España plurinacional, unida o dispersa, no le sobran nombres para orientarse en tiempos de oscuridad

El diputado de ERC Gabriel Rufián en el Congreso en foto de archivo.Gustavo Valiente (Europa Press)

En el atardecer del 12 de agosto de 2026, la sombra de la luna recorrerá la península en diagonal, desde el litoral de A Coruña a las playas baleares, un espectáculo esperado más de un siglo. El primer eclipse total de sol congregará a miles de visitantes en el corredor más privilegiado para la observac...

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En el atardecer del 12 de agosto de 2026, la sombra de la luna recorrerá la península en diagonal, desde el litoral de A Coruña a las playas baleares, un espectáculo esperado más de un siglo. El primer eclipse total de sol congregará a miles de visitantes en el corredor más privilegiado para la observación. En la provincia de Tarragona, una de las tribunas agraciadas, hace meses que el sector turístico se frota las manos con las reservas. Hay días oscuros que no son necesariamente malos, pensarán algunos. Mientras otros, menos interesados en el fugaz fenómeno astronómico del verano, se distraen estos días con el eclipse político de la legislatura. El protagonizado por Gabriel Rufián, ese satélite en movimiento que dibujaba una órbita en el Congreso de 18 meses y que hoy, una década después y por méritos propios, oscurece a cualquier astro de la constelación de la izquierda plurinacional.

El análisis clarividente de Rufián se ha comido de un bocado la luz tenue que proyectaba Yolanda Díaz, figura en etapa crepuscular. Tampoco se divisa en el universo de Sumar, Podemos y los partidos progresistas de la periferia del Estado -esa alianza electoral que el diputado reclama para frenar el anticipado ascenso al poder de las derechas- un candidato con un nivel de magnetismo equivalente al suyo. Sin más pertrecho que instinto, vocabulario de calle, ductilidad en redes y maniobras de judoca -para aprovechar incluso la fuerza de agitadores mediáticos de la extrema derecha-, el portavoz de ERC ha creado un personaje identificable a la izquierda del PSOE que irrumpe tanto en el móvil como en el comedor de casa. Su mensaje llega. No es cosa menor en pleno despliegue de la extrema derecha, presente en plataformas que congregan la atención del público joven.

Y llega tanto ese discurso de frase ingeniosa de Rufián -poco identificable con la ortodoxia de los intereses independentistas-, que su popularidad es tan apreciada por el votante de otras siglas como incómoda para su partido. Resulta complicado averiguar si Junqueras, críptico cuando se lo propone, entiende que ERC se beneficia en Cataluña de esa complementariedad con su hombre en Madrid o ya recela de la atracción que despierta tanta agenda propia. La dirección republicana -y no su líder, eclipsado también por la estrella de nombre Gabriel- se ha encargado de recordar que los deseos de un frente amplio del progresismo español no es su cometido.

Rufián sabe que tampoco cuenta con el apoyo de socios vascos y gallegos, que Podemos va por libre y que en los vestigios de Sumar no hay faro electoral después de Díaz. La unidad que dice perseguir el hombre del momento da vida a la izquierda, pero parece una aventura quijotesca con mal pronóstico. En 2015, en un ciclo diferente en el movimiento pendular de la política española, fuerzas de distinto pelaje sí supieron articular alianzas. Y llegaron los triunfos de las llamadas “ciudades del cambio”. Ada Colau, que ha apoyado al republicano, fue el símbolo de esa ola surgida desde el municipalismo. Once años después, la apuesta de Rufián evidencia que a la izquierda que defiende la España plurinacional, unida o dispersa, no le sobran nombres para orientarse en tiempos de oscuridad.

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