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La peligrosa competición por el burka

Lo que se lleva estos días es una reñida competición para ver quién es más duro con las mujeres que —más o menos obligadas o sometidas— usan estas prendas

Varias mujeres musulmanas con 'niqab' observan un desfile de carnaval en Barcelona, el 17 de febrero. Kike Rincón

Ya no se trata de prohibir el burka o el niqab. Ni siquiera de regular su uso en el espacio público. Lo que se lleva estos días es una reñida competición para ver quién es más duro con las mujeres que —más o menos obligadas, más o menos sometidas— tienen que utilizar estas prendas de ropa si quieren salir de sus casas. Con su pro...

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Ya no se trata de prohibir el burka o el niqab. Ni siquiera de regular su uso en el espacio público. Lo que se lleva estos días es una reñida competición para ver quién es más duro con las mujeres que —más o menos obligadas, más o menos sometidas— tienen que utilizar estas prendas de ropa si quieren salir de sus casas. Con su propuesta de prohibición, Vox ha fijado el marco —la extrema derecha siempre hace bien estas cosas— y el resto de partidos se están viendo obligados a posicionarse. Y, claro está, si la pregunta que toca responder es si a uno le gusta ver a mujeres con el rostro tapado en 2026, obviamente la respuesta es que no.

En los últimos 15 años ningún sitio como Cataluña ha tenido debates tan apasionados —y a la vez tan estériles— sobre el burka y el niqab, por más que el número de mujeres musulmanas que lo utilizan sea residual. En una comunidad con apenas un 7% de personas de religión islámica el coto lo levantó la ciudad de Lleida en 2010, con el socialista Àngel Rosa al frente, al aprobar una normativa para prohibir estas prendas en espacios municipales. Rápidamente, otras ciudades catalanas de otros partidos políticos se sumaron a la iniciativa. El Tribunal Supremo lo cortó de raíz en 2013 recordando que los ayuntamientos no son competentes para legislar dicha materia. Luego ha habido otros ensayos con mociones en el Parlament y todo tipo de polémicas de escaso recorrido en campaña electoral.

Así nos plantamos al pasado mayo, cuando Junts, notando ya el aliento de Aliança Catalana en el cogote, anunció otra ofensiva para prohibir el burka. Los herederos de Convergència optaron por subir la apuesta: ya no bastaba con prohibir los velos integrales en el espacio público; en los centros educativos hay que vetar cualquier tipo de velo islámico. A Aliança Catalana le faltó tiempo para reivindicar la paternidad de la idea. Y, claro, las otras derechas no quisieron quedarse atrás. Ahora Junts vuelve a llevar su idea, con matices, al Congreso de los Diputados al margen de Vox para dejar claro que ellos ya lo habían pedido antes. Y lo vinculan con su reivindicación para que la Generalitat asuma las competencias en inmigración, como si el velo islámico fuera cosa solo de mujeres inmigrantes.

La mecha ya está prendida y ahora es difícil apagar el fuego. ¿Quién en su sano juicio rechaza prohibir esta prenda de la discordia a riesgo de quedar como defensor de la opresión de tantísimas mujeres? Por ello, este martes el Partido Popular de Cataluña no quiso ser menos y anunció su propia propuesta en el Parlament de Catalunya, ignorando una vez más que las competencias para ello son de ámbito nacional. No se trata de prohibir el velo integral, ni de proteger a las mujeres que se ven obligadas a llevarlo. Lo importante aquí es agitar las bajas pasiones y el miedo a quien es diferente. Y, por supuesto, ver si cae del cielo algún voto despistado.

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