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Xinacates, la fiesta de los sin ropa

El pueblo de San Nicolás de los Ranchos, en el Estado mexicano de Puebla, celebra cada año un ritual que simboliza la lucha del bien contra el mal

Este ritual ha resistido el paso del tiempo con algunas transformaciones. En la actualidad las máscaras son carnavalescas o de luchadores, ya no de cuero o piles de animal como antes. Hector Guerrero (El País)
Horas de música de banda, cohetones, baile y latigazos acompañan al ritual por tres días continuos. Luego los hombres pintados descansan por cinco días y vuelven a las calles para dar por concluida la festividad el cuarto martes antes de la Semana Santa. Hector Guerrero (El País)
Hombres de todas las edades pintan su cuerpo semidesnudo con colores brillantes y salen a las calles a bailar como parte de un ritual ancestral que simboliza la lucha del bien contra el mal. Hector Guerrero (El País)
La manteca de cerdo y la ceniza fue remplazada por aceites y pinturas industriales altamente tóxicas, sin embargo, el significado es el mismo. Hector Guerrero (El País)
El color negro pide por una buena cosecha de frijol ayocote, tradicional legumbre que se siembra en la zona. Hector Guerrero (El País)
El color plata simboliza la luz sobre los pueblos que llega con la alegría de la festividad carnavalesca. Hector Guerrero (El País)
A esta tradición se le conoce con distintos apelativos en la región: los ‘pintados’, ‘los tiznados’, ‘los judíos’. Pese a ello, el nombre con el que ellos se identifican y que fue recuperado por los ancianos del pueblo es el de los Xinacates. Hector Guerrero (El País)
Según el relato de los habitantes de San Nicolás de los Ranchos, hace más de 200 años pobladores de la región volcánica en los límites del Estado de Puebla y Estado de México ya acostumbraban pintarse con manteca de cerdo y ceniza de leña. Hector Guerrero (El País)
Al final los hombres sin ropa resguardan sus máscaras que estarán listas para el próximo año celebrar la vida de los pueblosHector Guerrero (El País)
Son los hombres de dios expulsando a los demonios del pueblo y rogando por un buen temporal de lluvias para sus tierras. Hector Guerrero (El País)