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Siete películas para amar a Adolfo Aristarain

El fallecimiento del cineasta argentino deja al cine latinoamericano huérfano de uno de los grandes cronistas del ser humano y de las injusticias sociales

De izquierda a derecha, Juan Diego Botto, Adolfo Aristarain y José Sacristán, en el festival de San Sebastián de 2004, donde presentaron 'Roma'.JESÚS URIARTE

Con el fallecimiento este domingo a los 82 años del bonaerense Adolfo Aristarain, el cine latinoamericano pierde a un retratista de lo humano, a un cineasta que jamás se mordió la lengua con las injusticias sociales. Logró además un eco popular: en los años noventa fue un director famosísimo y popular tanto en España como en Argentina.

Tiempo de revancha (1981). Una película que juega con los simbolismos —habla astutamente de desaparecidos y perseguidos— porque se estrenó durante la dictadura militar. Federico Luppi, su alter ego durante años en pantalla, da vida a un sindicalista que decide montar un falso accidente, junto a un compañero (al que interpreta Ulises Dumont), con dinamita en una mina de una empresa corrupta. Pero el accidente deviene en desgracia real. El posterior juicio retrata la ponzoña empresarial. Una de las grandes películas argentinas de la historia. “Tengo el mérito de que el guion no tenía nada que pudieras señalar y no tenías dónde cortar. Si no te gustaba, la tenías que prohibir”, recordaba el cineasta.

Últimos días de la víctima (1982). Un asesino a sueldo (Luppi) descubre con uno de sus encargos que es solo un peón en manos de otros. Por desgracia, el lanzamiento ocurrió en el peor momento posible: “La estrenamos y a los cinco días invadieron las Malvinas. Ahí todos se olvidaron de la película, fue un desastre”, contaba su autor.

Un lugar en el mundo (1992). José Sacristán, Federico Luppi, Cecilia Roth y Leonor Benedetto. Menudo cuarteto. Un hombre retorna a su pueblo y allí traba amistad con un geólogo español. Y sí, más política, amistades e injusticias de poderosos. Con frases como puñetazos: “Al final estamos todos en el mismo bando: con los que perdieron. Yo no digo ‘se perdió una batalla, pero no la guerra’, yo digo si la guerra se ha perdido, por lo menos me quedo con el lujo de ganar una batalla”.

La ley de la frontera (1995). Dos ladrones (Pere Ponce y Achero Mañas) y una fotógrafa (Aitana Sánchez-Gijón) se unen a un bandolero que opera entre España y Portugal, llamado El Argentino (Luppi) de la década de los años veinte del siglo XX. El título de la filmografía de Aristarain que aúna más aventuras que reflexiones.

Martín (Hache) (1997). Martín, más conocido como Hache, sigla de hijo (Juan Diego Botto), un chico argentino de 19 años, sufre una sobredosis de droga que casi lo mata. Así que su madre lo envía a Madrid a vivir con su padre, director de cine (Luppi), el otro Martín; su joven amante (Cecilia Roth) y un amigo, Dante, un actor gay construido con una fuerza descomunal por Eusebio Poncela, con frases como “hay que follarse a las mentes”. Otra de Luppi: “El que se siente patriota, el que se siente que pertenece a un país, es un tarado mental. La patria es un invento”.

Lugares comunes (2002). Fernando Robles (Federico Luppi), un veterano profesor de literatura, y Liliana Rovira (Mercedes Sampietro), su esposa, asistente social en barrios marginales de Buenos Aires, viven tranquilos hasta que a él le llega la jubilación anticipada. Una película que habla de ideales políticos, derrumbes ideológicos y personas incorruptibles.

Roma (2004). Juan Diego Botto y José Sacristán encarnan a un escritor en dos épocas de su vida. De mayor, ese autor contrata para pulir su autobiografía a un corrector (también encarnado por Botto), en un maravilloso juego entre memoria y pasado.

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