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SOCIALISMO CHILENO
Opinión

La vía corta y la vía larga a la socialdemocracia

El diputado Manouchehri y la senadora Cicardini encarnan una forma de ‘caciquismo’ digital, electoralmente muy eficiente en sus respectivos territorios, pero con nula capacidad para intervenir inteligentemente el futuro que se viene encima

Parlamentarios del Partido Socialista junto a la estatua de Salvador Allende, en Santiago de Chile, el 13 de abril de 2026.CEDIDA

Qué duda cabe: la política chilena se encuentra en un estado de gran y creciente crispación. Este fatal estado de ánimo colectivo se comenzó a gestar desde el primer día del gobierno de José Antonio Kast, el que asumió hace tan solo 45 días: su estilo frenético puso en serios aprietos a la oposición y sus dos izquierdas (socialista y frenteamplista-comunista), apurando la unificación de su conducta legislativa en el congreso. Sin embargo, es con el envío de la megarreforma del Gobierno, el así llamado Plan de Reconstrucción Nacional, que la oposición terminó unificándose como una sola izquierda, dejando poco espacio para rutas dialogantes que, convengamos, al Gobierno de Kast no le interesan mucho. Es tal la ofuscación de esta izquierda opositora que cometió un grave error táctico: sin siquiera esperar el envío del proyecto, actuó a partir de titulares y una que otra declaración gubernamental (a menudo contradictorias, a partir de graves fallas de la comunicación política del gobierno), optando por el rechazo en general del proyecto. Si este fuese un juego en el que se implementan tácticas y estrategias, la oposición de izquierda quedó fuera del juego (insisto en el “del” de la frase para marcar la diferencia con el fuera “de” juego, el famoso offside en el fútbol que invalida una jugada). De modo inesperado, fue el Partido de la Gente (PDG), esa fuerza rara con trece escaños en la cámara baja que gira en torno a dos líderes “populistas”, el excandidato presidencial Franco Parisi y la diputada Pamela Jiles cuyo domicilio originario estuvo alguna vez en la izquierda comunista, condicionó el apoyo al proyecto de reforma negociando compensaciones a la “clase media” (por ejemplo, en materia de medicamentos y pañales).

Para incidir, la izquierda opositora que quedó fuera del diálogo político concurrió al Tribunal Constitucional para impugnar la reforma, y varios de sus diputados han copado la escena mediática con denuncias irrelevantes a la Contraloría General de la República por posibles infracciones administrativas del nuevo Gobierno.

¿Qué ocurrirá con esta izquierda unida si el Tribunal Constitucional desestima el requerimiento opositor y la Contraloría no le da curso mediático a las denuncias que está recibiendo? Es más: ¿qué sucederá si el proyecto de megarreforma del Gobierno es aprobado en general con una mayoría holgada, en torno a los 90 votos de un total de 155?

Pues bien, la izquierda, por muy unida que se encuentre, consolidará su posición fuera del juego.

Todas estas cosas son nefastas para diseñar una hoja de ruta larga para la izquierda unida y, probablemente, ya vencida en la próxima batalla. A decir verdad, en su interior están compitiendo dos tesis sobre su propio devenir.

La primera tesis es la de ensayar la vía larga hacia la socialdemocracia, la que supone que cada partido, cada uno a su manera, evalúe su propio papel histórico en los últimos seis años, los que se iniciaron con el estallido social de 2019 y concluyeron con el gobierno de Gabriel Boric. El partido que más ha incursionado en este tipo de introspección ha sido el Partido Comunista (al punto de visibilizar divisiones internas), el que no ha escatimado ni en formas ni en palabras para criticar duramente a la administración de Gabriel Boric, por razones completamente distintas de las que los socialistas usan en privado: si los comunistas reprochan la presencia del “dios recurso” y la poca disponibilidad para gastar más en políticas sociales (que es precisamente lo que critica en tono recio la derecha), los socialistas reprochan graves fallas de gestión. En cuanto al Frente Amplio, su autocrítica no pasa de ser retórica sin nunca ir al fondo de las cosas. Sin embargo, ninguna de estas críticas y autocríticas prefigura un programa de gobierno, ni menos un proyecto político. Esta es la principal falencia de una izquierda unida por necesidad, y no porque haya un cemento de ideas comunes de por medio. Estas izquierdas deben repensarse profundamente, en mi opinión en clave no de rectificación, sino de refundación: un poco a la manera de lo que hicieron los comunistas italianos en los setenta con su camino euro-comunista, y ese notable ejercicio de reflexión política de los socialistas chilenos en los ochenta cuando imaginaron su propia renovación del socialismo. Estos dos ejemplos requirieron de tiempo y paciencia, sin apuros, salvo los que entrega la contingencia: las transformaciones que está experimentando el capitalismo son de tal magnitud, y tendrán tal impacto en el mundo del trajo y en los modos de vida, que lo que uno observa en todas las izquierdas chilenas es un anclaje en la era de la fábrica que está desapareciendo. ¿Cómo no darse cuenta que la Inteligencia Artificial está en el umbral de revolucionar el mundo? Salvo el exsenador Guido Girardi del Partido por la Democracia, nadie se da el trabajo de interpretar políticamente esta época, un ejercicio que es propio de una vía larga hacia una socialdemocracia que ella misma será muy distinta de lo que hemos conocido.

Sin embargo, es la ruta corta e intelectualmente floja la que se está imponiendo: en esto está cumpliendo un papel esencial el propio Gobierno, cuyo frenético accionar está arrasando con las condiciones de posibilidad de una reflexión de izquierdas sobre el largo plazo (que a decir verdad es cada vez más corto, pero que es de otra naturaleza que el simple presentismo en el que pensó Hartog). En esta ruta corta hacia alguna cosa que podríamos llamar socialdemocracia (sin que sepamos exactamente de qué se trata), están jugando un papel protagónico el diputado socialista Daniel Manouchehri y la senadora socialista Daniella Cicardini. Ambos legisladores, primeras mayorías nacionales en cada una de las cámaras a las que pertenecen, a punta de histrionismo y denuncias mediáticas de cualquier error del gobierno (sin discriminar entre lo importante y lo accesorio), están efectivamente cumpliendo un papel ferozmente opositor, pero al precio de cercenar cualquier otro tipo de intento orientado a imaginar el futuro. Lo simple sería criticarlos por el cortoplacismo de sus conductas: me parece un error garrafal. Lo que subyace en el diputado Manouchehri y en la senadora Cicardini es la reactivación de un ADN constitutivo del socialismo, el caciquismo (como el de los hermanos Palestro en su tiempo, aunque en ellos con gran disciplina partidaria), con una gran diferencia: el uso de las redes sociales que aumentan los efectos presentistas de sus acciones, evadiendo el trabajo político e intelectual de largo plazo que se encuentra descrito en la vía larga a la socialdemocracia. En tal sentido, Manouchehri y Cicardini encarnan una forma de caciquismo digital, electoralmente muy eficiente en sus respectivos territorios, pero con nula capacidad para intervenir inteligentemente el futuro que se viene encima. Estas dos figuras socialistas participan de la cultura originaria del PS, caciquista, aunque desbordando constantemente al partido que los cobija. Esta vía corta puede conducir a un nuevo Gobierno de izquierdas, pero sin brújula ni contenido: intuición pura, sentido práctico de las cosas, socialismo inscrito en la cultura de un partido, pero extraordinariamente vago, fantasmal.

Aún se está a tiempo para torcer el curso de las cosas e incursionar por la vía larga. Esta ruta no es contradictoria con la idea de una izquierda menos unida que coordinada para enfrentar a un adversario común: solo falta inteligencia estratégica y preguntas sobre las enormes mutaciones que experimentará el capitalismo y el mundo del trabajo.

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