¿Puede la robótica ayudar a mejorar la convivencia escolar?
Cuando los estudiantes enfrentan desafíos progresivos, con metas claras y retroalimentación constante, la resolución de problemas deja de ser un ejercicio individual. Se vuelve una tarea compartida

Durante años, la conversación sobre educación y tecnología ha estado dominada por una pregunta que, aunque relevante, es incompleta: ¿cómo incorporamos herramientas digitales en la sala de clases? La evidencia reciente nos obliga a reformular y la interrogante no es solo qué tecnología usamos, sino para qué y cómo la usamos.
Frente al actual aumento de conflictos escolares y dificultades en la convivencia dentro de los colegios, cabe preguntarse qué otras alternativas concretas existen para –en el mediano plazo– aportar en que la situación mejore. Un estudio pone de manifiesto que la robótica puede ser una eficiente herramienta para fortalecer habilidades sociales y reactivar el interés por aprender.
Un análisis realizado en el marco del programa RIEN —Robótica para la Integración Escolar de Niños, Niñas y Adolescentes, impulsado por la Universidad Católica de Chile y las fundaciones Kiri y Mustakis— muestra que la robótica educativa no solo enseña a programar o construir artefactos. Puede, bien diseñada, fortalecer habilidades sociales y motivacionales que son determinantes para la trayectoria de los estudiantes.
En cuatro colegios de la Región Metropolitana de Santiago, estudiantes que participaron en talleres de robótica mostraron mejoras significativas en su capacidad de integrarse socialmente. Esto no es un resultado menor. Hablamos de habilidades concretas, tales como trabajar en equipo, colaborar con otros, participar activamente y ajustar la conducta a distintos contextos grupales. En términos simples, desenvolverse mejor con pares en el espacio donde pasan buena parte de su vida: la escuela.
¿Por qué ocurre esto en un taller de robótica? La respuesta no está en la tecnología en sí misma, sino en la experiencia que la rodea. Cuando los estudiantes enfrentan desafíos progresivos, con metas claras y retroalimentación constante, la resolución de problemas deja de ser un ejercicio individual. Se vuelve una tarea compartida. Los dispositivos tecnológicos operan como un punto de encuentro, con un objeto común que obliga a coordinarse, a escuchar, a ceder y a persistir.
En ese proceso, además, se fortalece otra dimensión clave: la motivación al logro. Los estudiantes no solo trabajan juntos; también desarrollan mayor orientación a metas, persistencia frente a la dificultad y disposición a esforzarse para alcanzar objetivos. En un sistema educativo donde muchas veces predomina la frustración o el desenganche, estos avances son especialmente relevantes.
En Chile, la discusión educativa suele oscilar entre propuestas de soluciones rápidas y diagnósticos amplios. Este tipo de evidencia ofrece un punto intermedio, al demostrar que es posible incidir en habilidades relevantes, pero también que los efectos son específicos y dependen de cómo se estructuran las experiencias de aprendizaje.
El desafío entonces no es simplemente llevar más tecnología a las escuelas. Es construir experiencias educativas intencionadas, donde el desarrollo de habilidades sociales y motivacionales no sea un efecto secundario, sino un objetivo central. La robótica, en este caso, es un medio. Lo importante es el tipo de interacción que genera.
Directivos escolares que han participado de estas experiencias han celebrado con orgullo el cambio de conducta positivo en sus alumnos, en comparación con quienes no acceden a estos talleres. Destacan que la asistencia y el compromiso es mayor, y que incluso han aumentado sus notas en otras clases y en pruebas estandarizadas como el Simce.
Si nos preocupa hoy la convivencia escolar y buscamos soluciones permanentes y concretas, así como preparar a los estudiantes para trayectorias educativas sostenidas —y, más adelante, para un mundo laboral que exige colaboración, adaptabilidad y persistencia—, necesitamos mirar con más atención este tipo de iniciativas. No porque sean innovadoras en apariencia, sino porque, cuando están bien diseñadas, logran algo mucho más difícil: cambiar la forma en que los estudiantes viven la educación.
Esa, probablemente, es la tecnología que más importa.







































