Gerardo Arteaga, el empresario que subió a Chile a la montaña rusa
Fantasilandia, el icónico recinto de atracciones, se trasladará en 2027 a la zona sur de Santiago. Incluirá un espacio de homenaje a su fundador, quien fue integrado de manera póstuma al Salón de la Fama mundial de los parques de diversiones


El chileno Gerardo Arteaga Oehninger (1944-2025, Santiago) quedó fascinado cuando, siendo un alumno del colegio jesuita San Ignacio, le tocó escuchar las historias del sacerdote belga Josse Van Der Rest, quien antes de consagrarse a la vida religiosa había sido francotirador en la Segunda Guerra Mundial y espía para los ingleses contra los alemanes. El cura, que llegó a Chile en 1958, contaba sus pericias al grupo de scout Cruz de la Montaña —que él mismo había formado—, dejando una huella en la memoria de esos jóvenes. Por eso cuando llamó por teléfono a Arteaga a mediados de la década del setenta, el exalumno convertido en un agrónomo y hombre de negocios, sabía bien con quién estaba hablando. Van Der Rest trabajaba en el Hogar de Cristo, una fundación dedicada a los más vulnerables, y necesitaba dinero con urgencia. El empresario le dijo, según relató en vida, que no tenía plata y el religioso le sugirió pedir un crédito. “¿Y cómo me vas a pagar?”, le preguntó. “Jamás te voy a pagar, pero tengo unos autos scooters [coches de choque] que estamos vendiendo y te puedes quedar con ellos”, respondió el cura que, sin saberlo, le estaba dando el primer empujón para sumergirse en el mundo de la entretención.
Artega, dedicado a emprender en el campo y mejorar la productividad de suelo recibió los autos chocadores que Van Der Rest se había traído de Europa y, echando mano del taller que tenía para mantener la maquinaria pesada, les dio una segunda vida útil. Casi sin expectativas, los llevó al Estero Marga Marga, en Viña del Mar. La respuesta del público fue inmediata. La imagen de esas enormes filas le quedaron dando vuelta en la cabeza y, cuando fue a una reunión de trabajo en Sao Paulo, Brasil, vio que cerca de su oficina se estaba construyendo un parque de diversiones y se convenció de que ese era el camino. Apenas aterrizó en Santiago, le comentó la idea a su esposa, María Inés Cerda, y llamó al alcalde designado de la comuna de Santiago, Patricio Mekis, a quien embarcó rápidamente en el proyecto. El municipio le otorgó una concesión de 6,5 hectáreas en el Parque O’Higgins, una de las áreas verdes más grandes de la capital. Arteaga se asoció con cercanos del mundo agrícola, Enrique Rodríguez y los hermanos Juan Pablo y Alfonso Barroilhet, y consiguió un crédito de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo), dejando en garantía un fundo familiar.

En apenas 115 días de construcción, Fantasilandia abrió las puertas el 26 de enero de 1978, durante los primeros años de la dictadura militar de Augusto Pinochet, con ocho juegos que Arteaga compró a empresarios españoles, italianos y alemanes. Uno de esos juegos eran, por supuesto, los autos chocadores, a los que Van Der Rest, que bendijo el lugar, se subió para disfrutarlos una vez más. Tras casi medio siglo ubicado en el parque O’Higgins, cerca del centro, el recinto de diversiones por el que han pasado miles de niños y adultos, prepara su mudanza en 2027 a las afueras de Santiago, en la localidad rural de Lo Herrera, tras una década de gestiones. El futuro espacio, cinco veces más grande que el actual —30 hectáreas—, contará con un parque acuático, el Splash Park, que abrirá sus puertas este año.
Desde aquel llamado en los setenta, Arteaga y la obra del santo jesuita Alberto Hurtado no se volvieron a separar. Y ahora, Gerardo Arteaga Cerda, hijo del fundador y gerente general de Fantasilandia desde hace más de una década, pretende mantener el vínculo. Para honrar el origen del exitoso negocio, Arteaga Cerda cuenta a EL PAÍS que el nuevo Fantasilandia exhibirá una camioneta verde del padre Hurtado, con la que el cura circulaba por la ciudad recogiendo personas sin techo para darles cobijo, y también una estatua del jesuita. Aún están definiendo en la familia cómo celebrar a su padre, fallecido el pasado agosto a los 81 años de un cáncer de páncreas. A finales del año pasado, Arteaga Oehninger se convirtió en el primer chileno en ser miembro del Salón de la Fama de la Asociación Internacional de Parques de Atracciones (IAAPA). El reconocimiento solo lo han recibido otros dos latinoamericanos: el mexicano Xavier López Ancona, creador de KidZania, y el boliviano-brasileño Marcelo Gutglas, fundador de Playcenter, quienes comparten el honor con las mentes detrás de Disney World o Universal Studios.






“Mi papá era un visionario”, afirma Arteaga Cerda. “Hablaba de inclusión, de calidad y de entretención para todos desde 1975. Le gustaba la fiesta y ver cómo llevar eso a la gente más sencilla. Para esos años [de dictadura], él nunca cambió el discurso”, señala el mayor de los cuatro hijos del fundador de Fantasilandia, que recuerda cómo siendo un niño se cayó en una sequía mientras se construía el parque de diversiones. Su padre, comenta, también le inculcó la necesidad de participar en la industria en la que trabaja, tal como lo hizo él. En paralelo de los parques de diversiones —también fundó Happyland y el extinto Mundo Mágico—, Arteaga Oehninger se especializó en la exportación de fruta premium, que desarrolló en el Fundo Dos Amalias, en la comuna de Paine. Fue vicepresidente de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), un alto dirigente de la Cámara de Comercio de Santiago (CCS) y presidente de la Feria Internacional de Santiago (FISA), el evento multisectorial más grande de Chile. “El momento perfecto para hacer negocios no existe”, era uno de sus mantras.
José Fransico Yuraszeck, Capellán General del Hogar de Cristo, apunta que el propio espíritu emprendedor fue lo que hizo que enganchara muy bien con el padre Van Der Rest, fallecido en 2020, quien venía de una familia de empresarios y que en Chile fundó el Servicio Latinoamericano, Africano y Asiático de Vivienda Popular, (SELAVIP). “Jugaban de memoria, los dos respiraban esa conciencia de quien tiene posibilidades, las que sea, debe devolver la mano y que cualquier riqueza depende de mucha gente", comenta el capellán a EL PAÍS. Ejemplo de ello es la tradición de que cada diciembre Fantasilandia cierra un día las puertas para recibir exclusivamente a las familias que acoge el Hogar de Cristo y a sus empleados. “Es un regalazo cada año, que esperan con ansias entre 3.000 y 4.000 personas”, añade Yuraszeck. Él tomó la posta de Van Der Rest, quien aprovechaba ese día para bendecir las nuevas atracciones del parque, una tradición que continúa.

En el funeral de Arteaga Oehninger, el pasado 14 de agosto, repartieron una oración que el empresario razaba todas las noches con su esposa María Inés. La había aprendido en ese grupo de scout que marcó su vida cuando joven y que, ya de mayor, era él quien contaba las anécdotas a sus nietos. En la plegaria que le pedía a Dios que le enseñara a ser generoso, a trabajar sin descanso “y a no buscar más recompensa que saber que hemos hecho tu voluntad”. Y así lo recuerdan los suyos.
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