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Donald Trump
Tribuna

¿Configuración o regresión?

Las acciones de Trump golpean a personajes por los que como demócratas no tenemos lágrimas que derramar como el rapto de Maduro, pero ello no fue realizado para apoyar una recuperación democrática de Venezuela

Donald Trump

Cuando se ha cumplido apenas un año con Donald Trump en la presidencia Estados Unidos de América da la impresión de que hubieran transcurrido muchos años.

Diversos analistas consideran, no sin razón, que se ha producido una nueva configuración en el orden mundial, el problema es que esa nueva configuración es profundamente regresiva, las cosas han cambiado, no cabe duda, pero han cambiado para mal.

El orden mundial por cierto imperfecto y en ocasiones hipócrita que se generó como resultado de la Segunda Guerra Mundial en el siglo XX significó con todos sus defectos un avance enorme para la humanidad; estableció reglas, límites, formas de convivencia, que si bien fueron atropelladas en más de una ocasión establecieron valores universalmente reconocidos e impidieron una conflagración mundial que pusiera en cuestión nada menos que la sobrevivencia de la humanidad.

El peligroso activismo de Donald Trump ha puesto ese orden en peligro, Trump carece de convicciones democráticas y tiene un fuerte desprecio por una racionalidad dialogante.

Ello ha hecho al mundo regresar a una situación en que la política se identifica solo con la fuerza, con la voluntad del ‘dominus’ donde las reglas acordadas no cuentan y toda una acumulación civilizatoria dirigida hacia una paz duradera ha sido dejada de lado considerada como un obstáculo para su única obsesión, su voluntad de poder que tiende al absolutismo en su país y el de su país en el mundo.

La combinación de un narcisismo maligno, un desprecio por la diversidad, por los valores duramente construidos en Occidente a través de siglos nos ha hecho retroceder a un mundo arbitrario y peligroso.

Carente de memoria histórica, lejano a las mejores tradiciones de su historia patria solo respeta a los fuertes, a los que poseen miles de cabezas nucleares, a quienes no son fuertes y lo halagan o le rinden tributo los mira desde arriba con condescendencia mezclada de desprecio.

Solo vale para él el poder puro y desnudo, acompañado de buenos negocios para sus tecno-millonarios, familiares y cercanos.

En una reciente entrevista a The New York Times, a la pregunta de si hay algo que lo detenga en sus decisiones responde: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme.”

Respuesta doblemente preocupante, primero porque es completamente endógena, no hay reglas externas, quedamos dependiendo entonces de dos pobres garantías, su mente y su moralidad, ninguna de las dos por lo mostrado hasta ahora merecen estar en un panteón universal.

No es extraño entonces que hayamos vivido un año de amenazas, de prepotencia, de acciones y dichos matonescos, de ofensas, a veces de insultos vulgares en un lenguaje escaso, infantil y caprichoso, es difícil encontrar en este año un propósito noble, altruista o humanitario de su parte.

En ocasiones sus acciones golpean a personajes por los que como demócratas no tenemos lágrimas que derramar como el rapto de Maduro, pero ello no fue realizado para apoyar una recuperación democrática y soberana de Venezuela, ha preferido apuntalar un chavismo subordinado que asegure el petróleo y su control del país.

María Corina Machado ingenuamente le ha entregado las credenciales de su premio Nobel de la Paz que el ansía con la porfía de un niño mal portado, de nada sirvió el gesto, el Minotauro no se conforma con una golosina.

Quiere a Groenlandia a toda costa, sus amenazas han sido brutales, afortunadamente una respuesta severa de groenlandeses, daneses y Europa en su conjunto lo ha hecho aceptar una negociación que no quería.

Detesta la Unión Europea, hiriendo permanentemente el concepto de Occidente, golpea a Naciones Unidas y propone un “Peace Bord” alternativo bajo su dirección para enfrentar las crisis, pero hasta ahora el reclutamiento realizado es poco decoroso, zahiere a Ucrania invadida por Rusia, y la terrible situación de Gaza la aborda con espíritu más inmobiliario que humanitario

Con él lo único estable es la inestabilidad, ello hace que el mundo continúe transitando al borde de la cornisa, que su economía y el comercio avancen lentamente y la desigualdad social crezca.

¿Estamos ante un destino inevitable, como en una tragedia griega qué nos llevará necesariamente a un mundo sin democracia liberal, con tres grandes imperios dominantes, Estados Unidos de conducción trumpiana, la Rusia de Putin reconstruyendo su imperio y China tratando de asentarse en Asia sin renunciar a su aspiración global?

Solo dos cosas podrían evitar ese futuro distópico.

La primera es la densidad que muestre la institucionalidad democrática de Estados Unidos y el predominio de esos valores en las próximas elecciones, pues es la única potencia imperial con esa tradición y puede en consecuencias enmendar el rumbo y recuperar la razón democrática.

La segunda es que la Unión Europea resista y los europeos comprendan que separadamente están destinados a la irrelevancia y con ello a la ruina de su patrimonio civilizacional.

Ello requiere plantar cara a Trump y a Putin, generar una defensa propia, y entender que ello requerirá esfuerzo y sacrificio.

Con una Europa débil, el mundo de los imperios y depredadores será el principio del fin de un mundo democrático y plural.

En este desierto moral, una voz se ha alzado contra la impotencia, una voz que viene del frío, la de Mark Carney primer ministro de Canadá, serena, pragmática, esperanzadora, con propuestas a la vez posibles y justas.

Finalmente, permítanme un colofón local.

En nuestra faja de tierra austral, comienza un nuevo gobierno elegido democráticamente y de talante conservador.

Ellos miran a Trump con ojos entornados, están en su derecho, pero para el bien de Chile, requerirán prudencia, prudencia y más prudencia para no romper nuestra sana tradición de autonomía e independencia en política exterior, requerimos respeto mas que alineamientos y oportunidades diversificadas más que abrazos sofocantes.

El multilateralismo siempre ha sido lo nuestro en democracia.

Ello puede ser un punto de unidad del país en su conjunto.

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