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Donald Trump
Tribuna

Las cosas por su nombre

Esto es fascismo. No el fascismo como consigna histórica, sino como lógica de acción. El uso del caos como recurso y no como accidente. La exaltación de la acción por sobre la palabra, de la fuerza por sobre la norma, del instinto por sobre la deliberación

Zona cerca del Fuerte Tiuna, después del operativo para capturar a Nicolás Maduro, en Caracas, Venezuela, el 3 de enero.

Cada vez que ocurre un hecho como el de Venezuela —o una amenaza, como la de Groenlandia— surgen voces que invocan la autodeterminación, el multilateralismo y el derecho internacional, como si estuviéramos ante una controversia regida por principios universales. Pero, como advirtiera el primer ministro de Canadá en Davos, el mundo que todavía fingía rendir cuentas ante un “orden basado en normas” se está desvaneciendo, dando paso a una era de rivalidad entre potencias. Una era en la que se prescinde de la necesidad de convencer o justificar, no se buscan adhesiones ni beneplácitos, y las instituciones pasan a ser tratadas como mera utilería.

Donald Trump en Venezuela, Vladimir Putin en Rusia, Benjamin Netanyahu en Israel, operan —cada uno a su modo— bajo una lógica similar. No se trata, o no se trata principalmente, de petróleo, de drogas, de territorios ancestrales ni de terrorismo. Se trata de seguridad nacional entendida en clave paranoica: una defensa frente a peligros difusos, fuerzas subterráneas y enemigos camuflados que supuestamente penetran la sociedad como un virus.

Antes fue una raza convertida en mal absoluto, presentada como causa de todos los males. Hoy son los inmigrantes —nunca blancos, casi siempre pardos, negros o amarillos— a quienes se atribuyen el crimen, la droga y la corrosión del tejido social. O el feminismo y el wokismo, descritos como fuerzas que debilitan la masculinidad y el espíritu nacional. O incluso la obesidad, leída como signo de decadencia. El enemigo ya no es un adversario con el que se compite bajo reglas compartidas. Es un cuerpo extraño que debe ser extirpado por razones de higiene.

El desplazamiento en curso tiene una consecuencia decisiva: la legitimidad ya no proviene del principio, sino del acto. Primero se hace. Después —si hace falta— se explica. Se invierte la secuencia. En el liberalismo —y más allá, en la Ilustración— el uso de la fuerza se autoriza tras reglas, procedimientos y deliberación. El acto viene al final, como ejecución de algo discutido. En la lógica hoy en boga, el acto viene primero, bajo una forma deliberadamente espectacular. Su función no es solo producir un resultado, sino demostrar que se puede: quebrar un tabú, atravesar una barrera, humillar una institución, borrar una frontera. Los hechos operan como golpes de escena que obligan a todos a reorganizar sus cálculos.

Venezuela, en esa clave, es un mensaje. Lo mismo cabe decir de la respuesta de Netanyahu al salvaje ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 perpetrado por Hamas. Allí donde Trump actúa como versión estridente y teatral, y Putin como versión sombría y policial, Netanyahu ofrece una versión estratégicamente más fina. Le ha permitido convertir una crisis en oportunidad, ignorar el clima moral global, empujar los hechos hasta volverlos irreversibles y forzar a los demás —incluido Estados Unidos— a adaptarse a un nuevo tablero. La coalición no se construye —enseña Netanyahu—: se la arrastra. Y la paz no se negocia: se la impone una vez que la destrucción ha terminado.

Falta aún un rasgo para completar el cuadro, y sin embargo es central en el método. Primero se sataniza y destruye lo existente. Luego, del propio caos, se extrae la supuesta luz de lo que “hay que hacer”. No se parte de una reforma, sino de una demolición. Se desacredita el sistema, se lo exhibe como decadente, corrupto o inútil. Se lo golpea con una mezcla de furia moral y cinismo. Y, cuando el polvo aún no baja, se proclama que solo queda “reconstruir”, ahora bajo nuevas reglas, impuestas unilateralmente por el líder o su círculo.

Es la fórmula de Elon Musk, probada tanto en Twitter como en el desmantelamiento de USAID y otros organismos públicos durante su paso por DOGE. El gesto inaugural no es mejorar, sino arrasar. Y ese arrasamiento se vende como prueba de energía, de virilidad, de eficacia. Algo similar ocurre en escala geopolítica con Venezuela: no hay “día después”. Queda un vacío sometido a las fuerzas que el propio caos ha desatado. El desorden opera como partera del orden.

Todo esto tiene un nombre, y no es agradable: fascismo. No el fascismo como consigna histórica, sino como lógica de acción. El uso del caos como recurso y no como accidente. La exaltación de la acción por sobre la palabra, de la fuerza por sobre la norma, del instinto por sobre la deliberación. También de la improvisación por sobre el procedimiento y del símbolo por sobre la racionalidad. De la virilidad por sobre la blandura. Y, finalmente, del líder por sobre las instituciones.

El líder, concebido como encarnación de la nación, obedece a sus propios códigos morales y no a normas impuestas desde el exterior. A las instituciones se las respeta mientras sirven y se las desborda cuando estorban. En ese marco, la democracia deja de ser un límite del poder. Pasa a ser un instrumento para conquistarlo y personalizarlo.

Todo esto incorpora un componente que el fascismo siempre entendió mejor que el liberalismo: la estética. No como adorno, sino como tecnología de poder. Suntuosidad, mármol, salones gigantes, dorados, desfiles y escenografías. La distancia, la asimetría y la jerarquía no se argumentan: se exhiben. El poder se vuelve espectáculo. El líder, su protagonista.

En una conversación con periodistas de The New York Times en enero, Trump afirmaba, a propósito de Groenlandia, que lo que a él le interesa es la propiedad. No un tratado. No un contrato. La propiedad. Ser dueño —señaló— permite hacer “lo que se plazca”, sin consultar, sin negociar, sin explicar. Lo mismo ha dicho respecto de Venezuela y sus campos petroleros. Y con esa misma lógica ejerce el poder en Estados Unidos: como algo que conquistó, que posee y que, por lo mismo, puede usar a su antojo. La propiedad —dijo— le resulta “psicológicamente indispensable”.

“El antiguo orden no va a volver”, dijo Mark Carney al cerrar sus palabras en Davos. “No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir y de llamar a las cosas por su nombre”.

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