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Taiwán
Tribuna
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Taiwán y el fin de la Pax Americana

Nadie sabe lo que finalmente ocurrirá. Y esa es la tragedia taiwanesa ante el fin de la Pax Americana, al tratar de seguir implicándose en un futuro sin saber lo que les depara

Manifestantes durante la ceremonia de apertura del Foro Taipei-Shanghai, en Taipei, Taiwán, en diciembre de 2024.
Manifestantes durante la ceremonia de apertura del Foro Taipei-Shanghai, en Taipei, Taiwán, en diciembre de 2024.Chiang Ying-ying (AP)

“Bienvenidos al lugar más peligroso del mundo” dice Chen al recibirnos en Taipéi, solo para luego reír con picardía ante nuestras miradas de asombro. La broma nos toma desprevenidos. No solo por el recuerdo de las largas décadas que Taiwán vivió bajo ley marcial, cuando estaba prohibido hablar de política por el temor a ser arrestado, torturado o ejecutado bajo cargos de subversión comunista. Tal vez especialmente porque, ante la creciente beligerancia china hacia la isla, sea cada vez más probable enfrentar un escenario de invasión militar.

Si por décadas la legitimidad del régimen chino ha descansado en crecimiento económico y nacionalismo, la ralentización del primero lo ha llevado a redoblar sus esfuerzos por aislar internacionalmente a Taiwán y profundizar la retórica unificadora, la que Mao procuró imprimir de un fervor casi religioso hasta convertirla en parte del credo del Partido Comunista. Así lo hizo saber el Premier Chou En-lai a Henry Kissinger en 1971: cualquier normalización de las relaciones con el régimen supone antes despejar la cuestión de Taiwán, a la que desde 1949 consideran una provincia rebelde de una única China que ellos reclaman representar.

Sin embargo, los taiwaneses parecen mantenerse largamente indiferentes ante esta mayor incertidumbre. “Es una preocupación que subyace a toda conversación sobre el futuro” reconoce Yu-Jung, una estudiante universitaria. “Pero igual tenemos que levantarnos cada día como si nunca fuese a ocurrir”. Pocos desconocerían que se trata un miedo latente, anidado en lo más profundo del cerebro taiwanés. Y, aun así, esta constante logra ser ignorada. Pareciera ocurrirles algo similar a lo observado por el efecto de Troxler, un proceso de adaptación neuronal en el que, al fijar la vista en un punto, lo que lo rodea se desvanezca, como si el cerebro borrara lo constante para enfocarse sólo en lo nuevo.

Sobran las razones para que el cerebro taiwanés desarrolle esta ilusión óptica. Despreciada como una ‘bola de barro’ por un emperador chino en el siglo XVII, por décadas Taiwán ha protagonizado un milagro económico que hoy día alcanza un producto interno mayor al de Suecia y que exhibe con orgullo un liderazgo mundial en la industria tecnológica, otorgándole una importancia geopolítica imposible de desestimar. A ello se suma un rápido proceso de consolidación democrática emprendido a comienzos de los noventa, en el que se puso término a un despiadado régimen autoritario cuyo ‘terror blanco’ encarceló, torturó o ejecutó a cerca de 140.000 personas. Su democracia multipartidista es hoy una de las que presenta mejores indicadores entre las democracias liberales del mundo.

Desde 1961 Lao atiende un local de comida callejera en la famosa calle Dihua, desde donde dice haber observado las mejoras sustanciales de los últimos treinta años. “Es mejor pelear y morir que volver a algo similar a lo que había antes” declara terminantemente. Pero esa confianza, la posibilidad de bromear o de ser indiferente a los acontecimientos geopolíticos supone siempre aferrarse a la esperanza que la Pax Americana todavía subsiste y no es un simple anhelo al que nos hemos aferrado ingenuamente luego de la Guerra de los Balcanes. Kissinger, el mismo que negoció el restablecimiento de las relaciones chinas-norteamericanas bajo la engañosa promesa que su país retiraría su presencia militar de la isla luego de la guerra en Vietnam, tal vez consciente del amplio apoyo bipartidista que históricamente ha gozado Taiwán, habría dicho que “la mano que mezcla los martinis en Georgetown es una y otra vez la mano que guía el destino del mundo.”

Esta realidad, como muchas otras, parece haberse desvanecido con el inicio de la segunda administración de Donald Trump. Hace solo unos días acusó falsamente a Taiwán de haberle quitado a Estados Unidos la industria de microchips, para luego advertir que la quiere de vuelta. También ha puesto en duda el cumplimiento de una millonaria adjudicación a la compañía taiwanesa TSMC –la líder mundial en producción de chips– implementada por un mandato legislativo del Congreso federal y hace unos meses incluso sugirió que Taiwán debería pagarles por protegerlos.

Incluso obviando todas estas consideraciones, en un nuevo orden mundial en el que Estados Unidos declara —aun sin que se sepa cuán seriamente— querer hacerse de Groenlandia o incluso de Canadá, qué podría detener a China de buscar hacer lo propio con Taiwán. Es ahí donde la suerte de la isla parece asemejarse cada vez más a la de Ucrania. Sin ir más lejos, a lo largo de la capital norteamericana circulan los rumores que Trump presionará al gobierno taiwanés con aranceles si no accede a vender a un comprador estadounidense una parte significativa de TSMC. Es la misma estrategia depredadora que esta semana ha proferido contra Ucrania y que, tristemente parece sugerir, que las manos que mezclan martinis en Georgetown han cambiado.

Nadie sabe lo que finalmente ocurrirá. Y esa es la tragedia taiwanesa ante el fin de la Pax Americana, al tratar de seguir implicándose en un futuro sin saber lo que les depara. Pero mientras transcurre la tensa espera, conviene recordar que Mao solía repetir que “todo lo que hay bajo el cielo es un gran caos” cuando quería enfatizar que todos los grandes cambios que han beneficiado a China han ocurrido cuando la incertidumbre se apodera del mundo. ¿Tendrá razón esta vez?



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