Salir de las trincheras
El diálogo no es solo una idea abstracta o un concepto idealista. Debe suceder en lo cotidiano. Hay una necesidad urgente de puntos de encuentro

Salir de las trincheras no es una decisión fácil, y menos aún cuando no sabes de dónde viene la amenaza. No sabemos qué pensaron aquellos primeros soldados de la Primera Guerra Mundial cuando, el 25 de diciembre de 1914, se levantaron de las trincheras y salieron al encuentro de quienes, hasta ese momento, eran sus enemigos. Compartieron cigarros, música, incluso improvisaron partidos de fútbol. La guerra de trincheras era devastadora; su brutalidad borraba todo rastro de humanidad en cada combatiente.
Excepto en aquel momento, porque lo que ocurrió aquella Navidad aún impresiona, cuesta imaginar a soldados abandonando sus posiciones y cruzando la tierra de nadie con las manos vacías, protegidos solo por una sonrisa y una mano abierta. Por unas horas, el instinto de supervivencia dio paso a algo más poderoso: el reconocimiento mutuo, la posibilidad de ver al otro no solo como enemigo, sino como humano, tal vez reflejándose mutuamente en su propia humanidad y fragilidad.
Las trincheras de hoy no son de barro y alambre de púas, pero siguen siendo igual de profundas. No es fácil salir de las trincheras políticas y sociales de nuestros tiempos. No solo enfrentamos la incertidumbre de cómo seremos recibidos por quienes tenemos enfrente, sino también el temor de cómo nos juzgarán quienes nos han elegido, a quienes representamos. “Sé que no debería estar en las trincheras todo el tiempo, pero ahí me siento más cómodo”, me dijo una vez un político.
Resistencia
¿Pero es posible resistirse a la polarización? El diálogo es una forma de resistencia y puede transformar corazones y realidades. Resistirse a la polarización es un camino radical, porque implica reconocer que mis adversarios también son seres humanos. “Nunca pensé que iba a conocer a alguien como tú”, es algo que hemos escuchado en talleres de diálogo en distintos países del mundo. Cuando personas de lados opuestos se encuentran y se escuchan de verdad, descubren el origen de los abismos, y tal vez ya no los vean como insuperables.
Para crear esas nuevas conversaciones, se requieren liderazgos valientes, ya sean políticos o sociales, que apuesten por la construcción de puentes en vez de más trincheras. Estos líderes y lideresas existen a ambos lados de las brechas que nos separan y necesitan el apoyo de su gente para hacer algo diferente, como encontrarse con el adversario.
Puntos de encuentro
El diálogo no es solo una idea abstracta o un concepto idealista. Debe suceder en lo cotidiano. Hay una necesidad urgente de puntos de encuentro, de reconocer sin miedo y sin rabia que hay otras formas de ver las cosas. Y no hacen falta expertos. No necesitamos cumbres, ni declaraciones solemnes, ni grandes acuerdos. A veces, todo comienza con una simple conversación en la comunidad, con un café, un almuerzo, con preguntas tan sencillas (y tan complejas) como: “¿Qué temas son de importancia para ti? ¿Cuáles son los cambios que te gustaría ver?”
Nadie espera que tengamos todas las respuestas. Muchas veces, la gente solo busca ser escuchada y reconocida. Llegamos más lejos cuando reconocemos que muchas personas enfrentan estos problemas en soledad, sin espacios generosos donde compartirlos.
Nuevas generaciones dialogantes
Si queremos sociedades menos divididas, el diálogo debe enseñarse como una habilidad. ¿Qué pasaría si las nuevas generaciones aprendieran a escuchar y a reconocer el valor de la diferencia?
¿Qué tal si las habilidades para el diálogo fueran parte del currículo escolar, y que las instituciones del Estado, junto con la sociedad civil, el sector público y el privado, fueran parte de su implementación? Estas habilidades no son un ejercicio de ingenuidad, sino un acto de profunda voluntad de convivencia política y social. Algo que puede aprenderse, como lo han demostrado los miles de profesores noruegos que han participado en un programa educativo puesto en marcha después del atentado terrorista de Utøya, para reforzar el pensamiento crítico y la conversación democrática en el aula. El dolor puede ser una motivación de un esfuerzo colectivo para aprender.
Sociedad colaborativa
Para transformar los problemas actuales y prepararnos para los del futuro, necesitamos nuevos mapas. Necesitamos entender las nuevas fronteras de lo posible y no quedarnos sólo navegando en las aguas de lo imposible. Un archipiélago de diferencias puede transformarse en una biblioteca de colaboración.
El diálogo no garantiza acuerdos inmediatos, es una apuesta a largo plazo, pero sí abre la posibilidad de que, a pesar de nuestras diferencias, podamos reconocernos en una humanidad común. Aunque no es fácil, se puede reconstruir la confianza.
En tiempos de crisis, optar por el diálogo no es un gesto de pasividad, sino un acto de firmeza ante quienes insisten en dividirnos. Dialogar requiere valentía, porque a veces significa escuchar cosas desagradables, pero que son parte de la diferencia y de la gran necesidad que tenemos de encontrarnos. Conocer esas distancias entre nosotros nos permite entender las dificultades y también celebrar los avances cuando nos acercamos.
Si tenemos un mundo en llamas, toca preguntarnos lo obvio: ¿apagas el fuego con desesperanza o con puntos de encuentro? Cuando vivimos en mundos separados, no es fácil darse cuenta de que muchas personas desean un futuro compartido, incluso desde los desacuerdos.
Las trincheras nos protegen, pero también nos atrapan. Dan la ilusión de seguridad, cuando en realidad aíslan. Salir de ellas es urgente y necesario, porque es ahí, afuera de los refugios del miedo, donde pueden ocurrir los cambios que necesitamos.
Cada generación llega ante cruces de caminos donde puede cambiar de rumbo. Con humildad y mucha valentía, hoy podría ser el momento para salir de las trincheras, caminar en campo abierto y atrevernos a escribir una historia diferente.
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