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El final de trayecto para Christa Wolf

Meses antes de su muerte, la escritora alemana obsequió a su esposo con ‘August’, un texto breve que es algo más que una ‘nouvelle’

Christa Wolf con su marido, Gerhard Wolf, en 1984.Barbara Köppe (ullstein bild / Getty Images)

Christa Wolf (1929-2011) concibió August como regalo para su marido en su sexagésimo aniversario de boda. Buscaba, tal vez, dejar constancia de un retazo de vida que no habían compartido. Juntos habían superado, 20 años antes, la “campaña de odio” —en palabras de Wolf— que ésta sufrió tras la caída del muro, al relatar en Lo que queda (Seix Barral, 1991), siendo ya una escritora consagrada, la vigilanc...

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Christa Wolf (1929-2011) concibió August como regalo para su marido en su sexagésimo aniversario de boda. Buscaba, tal vez, dejar constancia de un retazo de vida que no habían compartido. Juntos habían superado, 20 años antes, la “campaña de odio” —en palabras de Wolf— que ésta sufrió tras la caída del muro, al relatar en Lo que queda (Seix Barral, 1991), siendo ya una escritora consagrada, la vigilancia a la que el estado la había sometido en la antigua RDA. Las reacciones, que la acusaban de publicar la obra a deshora, presentándose como víctima de un régimen al que ella misma había contribuido, llegaron a provocar que Günter Grass se lanzase a apoyarla.

Wolf perseveró, pese a la encarnizada polémica, en lo que tan bien sabía hacer. Varias obras separan Lo que queda de August, que es su última novela y la primera que tiene un hombre como protagonista: en ella, Wolf recupera las últimas escenas de Muestra de infancia (Alfaguara, 1984) para centrarse en la admiración que siente August —huérfano de ocho años y refugiado, como ella misma, de la Prusia Oriental— por Lilo, una adolescente idealista por cuyo cariño compite en un sanatorio para tuberculosos. La propia Wolf ingresaría, con 17 años, en el hospital de Klützer Winkel, “el castillo de las polillas” —por la enfermedad— que describe en el texto. Allí residiría durante ocho meses en una época en que todos, piensa August, “arrastraban alguna pena”.

Wolf recrea esos años de adolescencia con la misma facilidad con la que August, conductor de autobuses, echa la vista atrás en uno de sus últimos trayectos entre Praga y Berlín. Así se abre esta brevísima y delicada nouvelle, publicada ahora en traducción de Marina Bornas: con el protagonista evocando el pasado, pues como la autora afirma en Muestra de infancia, “nos sentiríamos siempre extraños si no fuera por la memoria de lo que hicimos”. Seis décadas de por medio han convertido a ese niño, cuya mente jugaba a evadirse en la recreación del drama, en el habitante de un Plattenbau en la periferia del antiguo Berlín Este. August es alguien paciente, fácil de contentar, incluso algo aburrido: un perfecto hombre gris a cuya esfera íntima, de no ser por la voz que Wolf le presta, al final de su carrera, jamás accederíamos. La vida ha aplacado a ese niño insatisfecho, pero también lo ha convertido en alguien que escucha sin juzgar, capaz de sumergirse en la evocación agridulce de un pasado que —tal vez por la distancia, o quizás por la proximidad a un dolor más reciente, intolerable— resulta, por momentos, un lugar para el cobijo. En manos de Wolf, que la maneja con oficio, la mente de August retorna a otro tiempo, y de allí a un presente de soledad meditativa, con la misma naturalidad con que regresa a un pueblo natal donde siempre es verano. Puede que ahí, precisamente, resida la clave: del mismo modo en que ha aprendido a aceptar, sin condiciones, August recuerda sin tratar de comprender, dejándose atravesar por los acontecimientos que en su día lo marcaron, y en las imágenes que lo envuelven, el lector —algo tentado, al principio, de negarle una vida interior que no presiente— tiene la sensación de llegar a tocar su humanidad.

Es ese el gran mérito de Wolf, que a cuatro meses de fallecer obsequió a su marido con esta bella y sobria nouvelle. La dedicatoria manuscrita que la encabezaba (cuyo final cito aquí en palabras de Marcos Román Prieto, de una edición anterior), dialoga en lo más profundo con el espíritu de la narración. En esa nota antepuesta, contenida, Wolf parece rechazar —acaso por pudor— la idea de felicidad que sí se atreve a mencionar en la clausura: parece obvio que el texto resulta, para ella, una carta de amor. “No estamos acostumbrados a grandes palabras”, le escribe. “Lo único que puedo decir es que he tenido suerte”.

August

Christa Wolf
Traducción de Marina Bornas
Libros del Asteroide, 2026
72 páginas, 11,95 euros

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