Seguimos aquí: antes y después de Bad Bunny
Los represores olvidan que lo latino es sustento del país de migrantes que es Estados Unidos. El miedo que orilla tantas voces también da cauce a distintas formas de resistencia. De Minneapolis a El Paso, de Iowa a Nuevayol, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza traza una cartografía de la pujanza cultural latina al norte del río Bravo
Cada fin de semana había carnes asadas. Casi todas ocurrían en la parte posterior de las casas, las famosas backyards que obligaron a gran parte de los norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX a dirigir la mirada y la alegría hacia adentro, y no hacia fuera, por medio del porche. Aun así, el aroma y el sonido no reconocen fronteras. La música norteña, los gritos de los niños, las carcajadas, y hasta los cuchicheos se saltaban las bardas, metiéndose en la estructura misma del barrio: los calles y los puentes, las ciclopistas y los bayous, las tienditas de la esquina. Los olores a...
Cada fin de semana había carnes asadas. Casi todas ocurrían en la parte posterior de las casas, las famosas backyards que obligaron a gran parte de los norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX a dirigir la mirada y la alegría hacia adentro, y no hacia fuera, por medio del porche. Aun así, el aroma y el sonido no reconocen fronteras. La música norteña, los gritos de los niños, las carcajadas, y hasta los cuchicheos se saltaban las bardas, metiéndose en la estructura misma del barrio: los calles y los puentes, las ciclopistas y los bayous, las tienditas de la esquina. Los olores a especias simples y a carbón ardiente se encaramaban al cielo y luego descendían, colgándose de las frondas de los encinos y las magnolias para anunciar que la rigurosa semana de trabajo había quedado atrás y se aproximaba, exuberante y menor al mismo tiempo, jacarandosa y puntual, la fiesta.
Todo eso desapareció este año.
Para calibrar el impacto del concierto de Bad Bunny habría que hacer una pausa y escuchar en todo detenimiento el peso ensordecedor de ese silencio en el barrio. El miedo primero y la precaución después nos han conminado a cerrar las puertas y espiar por las mirillas. El terror, cuyo objetivo inmediato es paralizarnos y dejarnos sin lenguaje, ha cumplido su tarea con eficacia, forzándonos a un esmero inusual en la selección del vocabulario. Incluso la mirada ha tenido que entrenarse para reconocer de lejos la amenaza, que se aproxima. El énfasis en la fiesta y la alegría que produce, en el baile y la carga erótica del roce de los cuerpos, en los nombres que nos nombran y por los cuales nos reconocemos, no es una cosa menor cuando la política pública insiste en borrarnos a nosotros en el presente y a nuestros ancestros en el pasado y nuestro legado en el porvenir. Poco importa que el término América Latina sea otra maquinación colonialista europea cuando los que nos reconocemos como Latinos o Latines o Latinx en Estados Unidos sabemos que, juntos, conformamos el sustento laboral y cultural de este país de migrantes. Poco importa si la hipersexualización de los cuerpos y los puestos de tacos y los negocios para arreglarse las uñas y el niño que duerme sobre las sillas mientras la fiesta no ceja constituyen estereotipos que refuerzan papeles subalternos en la gran noche capitalista si es justo así, justo ahí, donde también ocurre la subversión cotidiana de donde sale la gasolina, dame más gasolina, para continuar.
Para calibrar el impacto del concierto habría que escuchar el silencio en el barrio. El miedo nos ha conminado a cerrar las puertas
Pero el concierto de Bad Bunny, tan portentoso como ha sido, no se llevó a cabo aisladamente ni en un vacío social. El miedo, que con toda justificación nos ha orillado al silencio y a la invisibilización forzada, también ha dado cauce a distintas formas de resistencia, unas más vistosas que otras. Ese mensaje de empatía radical ("lo único más poderoso que el odio es el amor“) con que cerró el Super Tazón se diseminó a gran velocidad a través de la red política y emotiva que han ido construyendo históricamente distintos movimientos sociales, más recientemente las protestas en las calles gélidas de Minneapolis. Todos los hemos visto insistir una y otra vez a pesar de las bajas temperaturas y los gases lacrimógenos: es nuestro barrio, son nuestros vecinos, somos nosotros mismos. Y la utilización de ese primer pronombre del plural no es una cosa menor en una sociedad adiestrada en el más descarnado individualismo. Pero hay más, tanto en Minneapolis como en otros sitios: los que llevan comida a los que no pueden salir de casa, los que entretienen a niños encerrados por temporadas largas, los que cuelgan banderas mexicanas en las defensas de sus camionetas para distraer al enemigo. Cada gesto cuenta, y eso bien lo saben los escuadrones de la muerte que se dan a la tarea de perseguirlos sin cuartel.
Bad Bunny cantó en español, sin subtítulos y con orgullo, provocando el enojo de algunos y emocionándonos hasta las lágrimas a tantos. Pero hay que recordar que la lucha lingüística por el español no es cosa nueva tampoco. El español, que al sur del Río Bravo ha sido sin duda una lengua del imperio, amparada por el Estado y protegida por su ejército, como dicen los lingüistas, se ha convertido en una herramienta de resistencia material y cultural al cruzar la frontera en los cuerpos y la memoria colectiva de tantos migrantes. Los poderosos quieren denigrarla, llamándola una lengua de trabajo o una lengua de segunda, pero para los casi 60 millones de hablantes que la practicamos a diario en las entrañas del imperio sabemos que, con orgullo, además de ser una lengua de trabajo, es la energía comunitaria con la que producimos e imaginamos otras ciudades, otros mundos, otras maneras de seguir aquí. Por eso es la lengua con la que cantamos.
Y también es la lengua con la que escribimos y publicamos. De entre las numerosas editoriales que han apoyado la producción literaria en español, rescato a la más longeva: Arte Público Press, que a través de proyectos de investigación no solo han rescatado autores de entre las páginas polvosas de los periódicos antiguos, sino que publican a autores que se mueven entre el inglés y el español para audiencias infantiles, juveniles y de adultos. La existencia de programas de escritura creativa en español ha sido fundamental en el pasado y lo será en el futuro. Desde Iowa hasta El Paso, pasando por la Universidad de Houston, estos programas nos recuerdan que el español es un idioma vivo, mutante, alerta, en el que se reta el límite de lo imaginable, que es también el límite de lo posible. Ahí se formaron escritores ahora reconocidos como Yuri Herrera, y autoras que apenas salen a dar la batalla, como Natalia Trigo, cuya primera novela, El fin del verano, aparecerá pronto en España con la editorial Almadía, o como Raquel Abend, cuya novela Bloat aparecerá primero en la traducción al inglés de Lizzie Davies, con Graywolf Press.
Sería muy difícil entender el origen de la crueldad de las políticas migratorias ahora en acción en los Estados Unidos sin el trabajo y la escritura de Jason de León, el antropólogo de origen mexicano-filipino que trabaja en UCLA y ha publicado libros audaces y conmovedores como Land of Open Graves: Living and Dying on the Migrant Trail (2015) y Soldiers and Kings: Survival and Hope in the Wolrd of Human Smuggling (2024), por los que se ha hecho acreedor a, entre otros, el National Book Award y la prestigiosa beca MacArthur. Con base en los modos de investigación de la etnografía, la arqueología y la ciencia forense, De León ha mostrado cómo el gobierno de los Estados Unidos convirtió al territorio en un arma militar capaz de hacer el trabajo sucio de la necropolítica a través de medidas como la Prevention Through Deterrance (Prevención por disuasión), que forzó a muchos migrantes a cruzar la frontera por el lado más peligroso del Desierto de Sonora en Arizona, donde tantos perdieron sus vidas. Con el mismo cuidado de investigación y una escritura similarmente poderosa, De León examinó después la vida cotidiana de los coyotes fronterizos, piezas fundamentales en el tráfico de personas que aqueja la migración de hoy.
La lista de los autores que trabajan desde y con el español en los Estados Unidos es ya larga y bien conocida. De Edmundo Paz Soldán y Liliana Colanzi en Cornell, hasta la legendaria autora y cantante dominicana Rita Indiana en Nueva York, pasando por Nadia Villafuerte en San Diego, Giovanna Rivero en Iowa, entre muchos otros. Menos conocidos, pero igualmente fundamentales son los escritores y activistas que, viniendo de orígenes bilingües entre el inglés y el español, publican en inglés primordialmente, sin olvidar, o entretejiendo, el español y su carga crítica en sus escritos y posturas públicas.
En la gran tradición del memoir personal, en la que se fincó mucho de la segunda gran ola de escritura latine en Estados Unidos, deben contarse a trabajos tan relevantes como Dreaming in Cuban de Cristina García o el estallido editorial que representó House on Mango Street, de la mexicoestadounidense Sandra Cisneros. De esa energía han brotado, después, libros tan populares como I’m not Your Perfect Mexican Daughter de Erick Sánchez o The Distance Between Us de Reina Grande, e incluso ese estremecedor libro que es Solito, de Javier Zamora, el poeta salvadoreño-estadounidense que cruzó la frontera solito para alcanzar a sus padres en suelo norteamericano.
Más recientemente, en #TheNewLatinoBoom: Cartografía de la narrativa en español en los Estados Unidos, la escritora y crítica Naida Saavedra ha dado cuenta de la profusa producción de escritura en español en ciudades como Chicago, Miami y New York (aunque fácilmente pudo también haber incluido a Los Ángeles o Houston) a lo largo del siglo XXI. Ahí no solo se muestra el trabajo creativo de autoras tan distintas como María Mínguez, Gisela Heffes, Keila Vall de la Ville o Ana Merino, por mencionar a algunas, sino también el compromiso infatigable de editoriales como Suburbano en Miami, o Sudaquia en Nueva York, o revistas como Nagari Magazine, que llevan a cabo el duro trabajo de distribuir y alcanzar al gran público.
El español ha sido sin duda lengua del imperio, pero se ha convertido en una herramienta de resistencia material y cultural
Hay autores que escriben en inglés pero desde o con el español. Cuento aquí a poetas y cronistas fundamentales, como Raquel Gutiérrez, una angelina de orígenes salvadoreños y mexicanos que publicó hace no mucho Brown Neon, una colección de ensayos personales que explora su desarrollo en comunidades LGTBQ de la ciudad mexicana más grande fuera de México. Vanessa Angélica Villarreal es del Valley, como se le llama a esa región transfronteriza que involucra al norte de Tamaulipas y al sur de Texas, y escribe poesía experimental (Beast Meridian) y ensayos imaginativos y provocadores (Magical Realism. Essays on Music, Memory, Fantasy and Borders) desde Los Ángeles. El trabajo del poeta y traductor Daniel Borzutzky es imprescindible y estremecedor. The Performance of Becoming Human, el libro de poesía con el que ganó el National Book Award en 2016, explora la violencia estatal y sus efectos tanto en la ciudadanía como en el lenguaje. Temas similares toman su lugar en The Murmuring Grief of the Americas, publicada en agosto de 2024, y que bien podría servir de guía para entender el presente aterrador hoy. Su traducción de Valdivia, del poeta chileno Galo Ghigliotto, le valió también el National Translation Award en 2017. Mis colegas en la Universidad de Houston, Roberto Tejada, poeta y ensayista sin par, así como la traductora y poeta Stalina Villarreal, entretejen su experiencia en Estados Unidos con una atención vasta y entrañable por el territorio de América Latina y los retos que provoca en la política y en la imaginación. Tejada publicó Carbonate of Copper en 2025, un libro que conjunta poesía y fotografía, y el lenguaje de los minerales de la región fronteriza entre México y Estados Unidos, para explorar procesos de migración, extracción, y vigilancia en la zona. En Watcha, publicado en 2024, Stalina Villarreal nos introduce a una larga saga de arte indígena, latinoamericano y latine a través de un lenguaje afilado y fotografías personales.
Así como hay un antes de Bad Bunny hay, también, un después. Y ambos son hondos y amplios. No todo se queda en el efecto mediático (sí, capitalista), que conmueve en su intensa brevedad. Sobre los hombros de tantos que nos preceden, se yergue el trabajo de activistas culturales de hoy. Un buen porcentaje de los escritores Latines llevan a cabo su labor escritural fuera de la torre de marfil de la tan manoseada inutilidad del arte, y en conjunto con distintas formas de conexión con la comunidad. Hay muchos profesores entre nosotros, insistiendo en transformar los programas de estudio para admitir las voces y energías de comunidades minorizadas de nuestro medio. Hay proyectos autónomos que florecen en contacto con universidades, como es el caso del Macondo Writers Workshop, la Fundación Macondo que estableció la escritora Sandra Cisneros en 1995. En formatos horizontales, nunca separados de la fiesta, los talleres de Macondo convocan a escritores comprometidos con la justicia social, especialmente aquellos que interrogan tanto a las fronteras geopolíticas como a las formales de nuestro quehacer. La reunión es cada año en San Antonio, y hay becas. Adriana Pacheco tiene años ya trabajando en lo que al inicio fue un podcast y ahora es un proyecto mucho más amplio que incluye apoyo a la traducción y distribución de libros en español en los Estados Unidos. En efecto, Hablemos escritoras se ha convertido en un lugar indispensable para conocer la producción literaria de mujeres en este país.
La lista es larga y podría seguir, pero sirvan estos ejemplos para confirmar lo que dijo Bad Bunny al hacer el recuento de cada país amparado bajo el nombre de América: “Seguimos aquí”. Hemos estado aquí antes de todo esto, antes del genocidio y antes de las guerras, antes de los desplazamientos forzados y la incarceración, antes de la amputación del territorio, antes, mucho antes, de la ocupación militar de ciudades enteras. Hemos estado aquí en la perseverancia también, en la liberadora alegría de la fiesta, en el hallazgo mutuo, y en el disenso, claro que sí.
Y, cuando esta noche capitalista haya concluido, no tengan la menor duda de que seguiremos aquí.
Cristina Rivera Garza (México, 1964) es escritora. Dirige el programa de Doctorado en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Houston.
Lecturas
La estación del pantano. Yuri Herrera. Periférica, 2022. 192 páginas. 17,90 euros.
El comienzo del paraíso. Edmundo Paz Soldán. Páginas de Espuma, 2025. 160 páginas. 17 euros.
Ustedes brillan en lo oscuro. Liliana Colanzi. Páginas de Espuma, 2022. 120 páginas. 16 euros.
Asmodeo. Rita Indiana. Periférica, 2024. 264 páginas. 20 euros.
Solito. Javier Zamora. Random House, 2024. 464 páginas. 23,90 euros.