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Colonialismo ‘aujourd’hui’

El ‘ethos’ colonialista no es un asunto de tiempos lejanos, de salacots, clubes de oficiales y hacendados con esmoquin. Es una realidad recurrente y con pocos visos de llegar a su fin

Están de moda los imperios y el colonialismo sigue abriéndose paso. Charles de Freycinet (1828-1923), que fue presidente del Consejo de Ministros de Francia en cuatro ocasiones, incluyó también entre sus funciones el ejercicio, a veces simultáneo, de ministro de Asuntos Exteriores y de la Guerra y tuvo, además, tiempo de escribir varios libros, entre ellos una obra titulada La questión d’Égypte (1905). Sin ningún tipo de recato, manifestaba en ella que la codicia británica por Egipto radicaba en el sueño de unir las ciudades de El Cairo con la del Cabo a través del ferrocarril, o que Ru...

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Están de moda los imperios y el colonialismo sigue abriéndose paso. Charles de Freycinet (1828-1923), que fue presidente del Consejo de Ministros de Francia en cuatro ocasiones, incluyó también entre sus funciones el ejercicio, a veces simultáneo, de ministro de Asuntos Exteriores y de la Guerra y tuvo, además, tiempo de escribir varios libros, entre ellos una obra titulada La questión d’Égypte (1905). Sin ningún tipo de recato, manifestaba en ella que la codicia británica por Egipto radicaba en el sueño de unir las ciudades de El Cairo con la del Cabo a través del ferrocarril, o que Rusia, con pretensiones más débiles en la región por estar ocupada en otros teatros geopolíticos, sobre todo en el otomano, no dejaba por eso de apartar su mirada del país del Nilo. Lo que más puede llamarnos la atención es cómo expresa con naturalidad que Francia, por su secular influencia en el Levante y su dominio colonial “aujourd’hui si étendu”, fuera otra de las potencias interesadas en su destino.

¿Todo Estado moderno abraza el colonialismo?, ¿las guerras, la ocupación o reclamación de territorios transfronterizos disfrazan, en definitiva, acciones colonialistas? A la luz del desolador panorama que hoy nos rodea podríamos afirmar que sí. El ethos colonialista no es un asunto de tiempos lejanos, de salacots, clubes de oficiales y hacendados con esmoquin. Es una realidad recurrente y con pocos visos de llegar a su fin. En el caso de América, los procesos de independencia desembocaron en la descolonización del territorio y de la administración tras librarse de la tutela de la metrópoli. ¿Y qué ocurrió con las formas coloniales de conocimiento y pensamiento? ¿Los nuevos Estados-nación, las élites criollas, dejaron de pensar colonialmente? ¿Por qué fueron capaces de practicar el mismo sometimiento sobre la tierra y la población que ya habían padecido bajo el dominio imperial? Esta circunstancia se debate por los americanistas hasta la contemporaneidad y es objeto de un análisis riguroso y continuado.

El afán colonial no consiste solo en ocupar territorios, también incluye el horror del abuso y asesinato de poblaciones

La necesidad de denunciar los casos de colonialismo o neocolonialismo persistente tiene ejemplos de extraordinaria valentía en América Latina. El afán colonial no consiste solo en ocupar territorios, también incluye el horror del abuso y asesinato de poblaciones enteras. Tan solo dos ejemplos: el primero que deberíamos recordar es el del periodista estadounidense John Kenneth Turner, que publicó una serie de reportajes —reunidos en el libro México Bárbaro (1909)— donde denunciaba el trato a los indígenas yaquis deportados a Yucatán durante el Gobierno de Porfirio Díaz. No podemos obliterar la Conquista del Desierto (1878-1885) que, liderada por Julio Argentino Roca, militar y presidente de Argentina, ocupó la Patagonia y parte de la región pampeana, la acción militar llevó al genocidio —concepto controvertido que tal vez podamos sustituir por etnocidio, no por eso menos grave— de miles de indígenas. Las matanzas fueron denunciadas en su día ante el Congreso de la Nación y desde la década de los ochenta del siglo pasado asociaciones mapuches y tehuelches reclaman el carácter exterminador de las campañas militares. Negar el genocidio forma parte de la práctica política, que a un Estado le tachen de genocida tiene consecuencias insoportables. Alemania es un buen ejemplo, las cadenas de memoria, de la culpa, funcionan a la perfección. Recordemos que en Turquía quien se pronuncia sobre el genocidio armenio puede ser encarcelado.

Las ansias por ocupar la tierra de los otros y recurrir a sentimientos patrióticos de hostigamiento o defensa de los espacios nacionales están en la cartera de prácticamente todos los países que apelan a sus derechos históricos y a un galimatías de laudos, resoluciones y tratados internacionales. El pasado agosto, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, reclamaba al Perú de Dina Boluarte la soberanía de la pequeña isla amazónica de Santa Rosa. Un enclave que comparte frontera también con Brasil. Las espadas están en alto y las acusaciones de colonialista a Petro no han cesado desde los medios de comunicación peruanos. En América Latina los conflictos de límites han estado y siguen ocupando las agendas de los gobiernos insatisfechos con las demarcaciones territoriales trazadas tras las independencias. En 1998 se firmó el Acta de Brasilia, que ponía fin, esperemos que definitivamente, a las disputas violentas durante más de un siglo entre Ecuador y Perú por los territorios entre la cuenca amazónica y los Andes, que incluye ciudades como Tumbes, Jaén y Maynas. Esta patriótica pelea, cuyos orígenes se remontan a la creación del virreinato de Nueva Granada por Felipe V, se resolvió con la firma de la paz por los presidentes Alberto Fujimori y Jamil Mahuad. La guerra de las Malvinas (1982) fue otro de los escenarios más dolorosos de confrontación del siglo XX entre el Reino Unido y Argentina, que todavía mantiene heridas internas sin cerrar y un litigio sin resolver. Recientemente Javier Milei reclamaba la soberanía de las islas ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Lo más preocupante es que el discurso fue leído ante Donald Trump, que expresa sin prudencia alguna sus veleidades coloniales. Recordemos su desmesurado interés por apropiarse no solo de Groenlandia, sino también de accidentes geográficos históricos como el golfo de México, renombrado Gulf of America por la Administración de Trump. El nuevo nombre se ha incorporado (entre paréntesis) en Google Maps. Resulta paradójico que esta aplicación tan popular fuera diseñada por los hermanos daneses Rasmussen, antes de ser vendida al gigante tecnológico. Esperemos que su criatura no sea la responsable de otra acotación geográfica. Las palabras, los conceptos, también pueden soportar una gran carga colonial. En el prólogo a Retrato del colonizado (1957), de Albert Memmi —intelectual franco-tunecino de origen sefardí—, Jean-Paul Sartre expresaba que “la opresión es antes que nada el odio del opresor contra el oprimido. Con un solo límite a ese impulso de exterminación: el mismo colonialismo”.

Izaskun Álvarez Cuartero es profesora de Historia de América de la Universidad de Salamanca.

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