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La americanización de EL PAÍS

El 13 de marzo de 2013 nacía en México la edición América. Y nada sería ya igual: un continente pasaba a ser visto como centro, y no como periferia

El papa Francisco se ajusta un sombrero charro en Ciudad de México el 13 de febrero de 2016.Christian Palma (AP / LaPresse)

El 13 de marzo de 2013 no parecía un día para grandes certezas. Sin embargo, en una mesa del edificio de Santillana en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México, hubo un gesto casi íntimo que acabaría cambiando la escala del periódico. Mis compañeros Paula Chouza, Bernardo Marín y Sonia Corona apretaron un botón. No fue un acto solemne, era un clic, uno más en la rutina digital si no fuera porque algo distinto nació ese día: la Edición América de EL PAÍS, una forma de mirar el cont...

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El 13 de marzo de 2013 no parecía un día para grandes certezas. Sin embargo, en una mesa del edificio de Santillana en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México, hubo un gesto casi íntimo que acabaría cambiando la escala del periódico. Mis compañeros Paula Chouza, Bernardo Marín y Sonia Corona apretaron un botón. No fue un acto solemne, era un clic, uno más en la rutina digital si no fuera porque algo distinto nació ese día: la Edición América de EL PAÍS, una forma de mirar el continente no como periferia, sino como centro.

Aquel día, el humo blanco anunciaba en Roma al primer papa latinoamericano, Francisco. Desde Buenos Aires al Vaticano, el eje simbólico del mundo se desplazaba hacia el sur.

EL PAÍS lleva 50 años mirando hacia este lado del Atlántico. Desde su fundación, América Latina es una conversación permanente. En 1994, cuando se lanzó una edición impresa en México, ya existía la intuición de que la lengua compartida no era solo un puente, sino un territorio. Pero durante mucho tiempo ese territorio se recorría con lógicas de ida y vuelta, con corresponsales que contaban lo que pasaba “allí” para lectores que estaban “aquí”.

Al principio el equipo fue pequeño: apenas 10 personas, horarios adaptados y una idea que parecía sencilla: si los lectores estaban en América, el periódico tenía que estar también. No solo llegar, sino estar. Eso implicaba algo más que publicar: jerarquizar distinto, decidir desde otra lógica, asumir que lo que ocurría en Ciudad de México, São Paulo, Bogotá o Santiago no era una derivada, sino una agenda propia.

Los primeros años fueron de un aprendizaje casi artesanal, aunque este sea ya continuo. Entender ritmos, audiencias, temas que cruzaban fronteras y otros que se quedaban pegados al terreno.

La primera hermana que tuvo EL PAÍS América fue EL PAÍS Brasil, que se convirtió en poco tiempo en un referente de la política y la actualidad del gigante latinoamericano, en portugués. Llegó 2020, y con él una sacudida global que obligó a repensarlo todo. El 1 de julio de ese año, en plena pandemia, con las redacciones vacías y cada periodista trabajando desde su casa, nació la edición de México. Hubo la sensación extraña de estar empezando algo grande en medio del encierro. Ya no había excusas para pensar el periódico desde un solo lugar. México no fue solo una nueva edición. Fue un cambio de escala. La apuesta por equipos locales, por periodistas que no solo contaban el país sino que lo habitaban, consolidó una idea que hasta entonces era más intuición que estructura.

En mayo de 2022 llegó Colombia y, en 2023, Chile. Cada lanzamiento tenía su propio contexto, sus urgencias, sus obsesiones. Colombia con su pulso político permanente; Chile en pleno proceso de redefinición social. El periódico empezaba a parecerse más a una red que a un centro. En junio de 2024, después de reforzar la edición en inglés en Estados Unidos, la edición en español terminó de completar el mapa. Era, en cierto modo, un regreso: la mirada hacia el norte, pero ahora desde una comunidad que no es extranjera ni homogénea, sino múltiple y en expansión. El español en EE UU no es una lengua de minoría silenciosa, sino un espacio de diálogo, identidad y poder.

Aquello que empezó con 10 personas y un grupo de corresponsales se ha convertido en un equipo de más de 80 periodistas en el continente. Con el tiempo, la etiqueta de “periódico español” ha empezado a quedarse corta. Se volvió más preciso decir que es un periódico en español. No se trataba de origen, sino de comunidad.

Aquel clic de 2013 cobra hoy más sentido si cabe. Resume bien lo que ha sido este recorrido: una mezcla de intuición y de riesgo. Apostar por algo que no estaba garantizado. Confiar en que había lectores al otro lado que no querían solo información, sino contexto y una forma de mirar.

Hoy, cuando la red se extiende por todo el continente, ese clic inicial parece lejano y cercano al mismo tiempo. Lejano porque el proyecto ha crecido, se ha complejizado, ha ganado músculo. Cercano porque la lógica sigue siendo la misma: contar América desde América.

No hay un momento exacto en que un periódico deja de ser una cosa para convertirse en otra. Es un proceso, una acumulación de decisiones, errores, aciertos. Pero si hubiera que elegir una imagen, quizá seguiría siendo aquella: tres personas frente a una pantalla, un miércoles, apretando un botón sin saber hasta dónde iba a llegar. A veces la historia empieza así. Sin ruido. Con un gesto mínimo que, con el tiempo, termina cambiando la forma de contar un continente.

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