Hacia nuevas formas de entender la maternidad
Durante décadas, la jurisprudencia construyó la maternidad en torno a una sola figura: blanca, heterosexual, biológica y económicamente estable. Un modelo que invisibilizó a millones de mujeres
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La maternidad ya no puede definirse por estructuras rígidas, y mucho menos por aquellas que dictan las leyes excluyentes. Reducirla a una visión binaria y tradicional de los roles de padre y madre implica ignorar las múltiples formas de ser madre que existen hoy: las maternidades autónomas, las homoparentales, las adoptivas, entre otras. Sin embargo, los sistemas jurídicos de varios países de América Latina siguen operando bajo ese mismo esquema en lugar de adaptarse a las diversas formas de familias.
Un reciente fallo de la Corte Constitucional de Colombia en marzo de este año, reconoció por primera vez dos licencias de maternidad para un mismo hijo en el caso de Paola y Andrea, una pareja interracial de mujeres lesbianas. Es un fallo que marca un punto de quiebre, porque obliga a replantear una pregunta más profunda y necesaria: ¿qué maternidades reconoce realmente el Estado y cuáles sigue dejando fuera?
El caso de Paola y Andrea lo evidencia con claridad. Cuando solicitaron sus licencias, el sistema decidió que solo una de ellas podía ser madre en términos legales. La licencia fue otorgada a Andrea por haber llevado el embarazo, bajo el argumento de que este tipo de licencia está destinada a la recuperación física y al cuidado del recién nacido. A Paola, en cambio, se le asignó una licencia de paternidad, a pesar de que asumió el cuidado del bebé debido a las complicaciones médicas de su pareja y de que estaba amamantándolo, gracias a que se sometió a un tratamiento para ello.
No fue un error técnico: fue la expresión de un modelo que sigue atando la maternidad al parto y a una idea limitada de familia. A raíz de su búsqueda de justicia, con la representación de ILEX Acción Jurídica y el apoyo de distintos amicus, como el de Women’s Link, la Corte Constitucional corrigió esa exclusión en su fallo. Pero lo que el caso revela es una falla estructural mucho más profunda.
Durante décadas, el derecho ha construido la maternidad en torno a una figura específica: blanca, heterosexual, biológica y económicamente estable. Ese modelo no solo ha invisibilizado a las familias diversas, sino también a millones de mujeres, especialmente afrodescendientes, cuyas experiencias han sido filtradas por estereotipos persistentes. A ellas rara vez se les ha reconocido como sujetas de cuidado; más bien, se les ha asignado el papel de quienes cuidan sin ser cuidadas, de quienes resisten sin necesidad de protección. No es casual que sus maternidades hayan sido sistemáticamente desatendidas por el Estado.
Ese trato desigual no ocurre en el vacío. Según datos del UNFPA (2023), las mujeres afrodescendientes en Colombia enfrentan discriminación sistemática en los servicios de salud, lo que se traduce en consecuencias concretas: la mortalidad materna es 1,6 veces mayor que la de mujeres no afrodescendientes. La exclusión tiene efectos concretos sobre quién vive, quién cuida y quién es cuidada.
A las mujeres negras tampoco se las ha reconocido plenamente como sujetas que eligen su maternidad. Sin embargo, en muchos contextos, maternar también ha sido una forma de ejercer la autonomía y de desafiar las normas impuestas. El hecho de que tanto Paola como Andrea puedan amamantar a su hijo cuestiona directamente las nociones tradicionales de maternidad. Su experiencia desarma la idea de que el vínculo materno depende exclusivamente del parto o de la genética y evidencia que también es una práctica colectiva de cuidado que trasciende las definiciones tradicionales.
En ese sentido, este caso evidencia cómo operan simultáneamente el racismo, el sexismo, la homofobia y la exclusión institucional. Cuando el sistema negó inicialmente la licencia de maternidad a Paola, desconoció una forma de familia y reprodujo una lógica más amplia: aquella que invisibiliza las maternidades que no encajan en el modelo dominante. Así, la discriminación se entrelaza e intensifica cuando confluyen múltiples factores de desigualdad.
El reconocimiento de dos licencias de maternidad amplía una categoría existente y la transforma. Desplaza el eje desde la biología hacia el cuidado y el vínculo parental, reconociendo que maternar no es solo gestar, sino sostener y cuidar la vida cotidiana. Y al hacerlo, cuestiona un sistema que ha ignorado históricamente las múltiples formas en que las mujeres, en particular las racializadas, han ejercido la maternidad, muchas veces en condiciones de precariedad y sin reconocimiento.
El alcance de esta decisión trasciende las fronteras de Colombia. Junto a Costa Rica, Argentina y México, este país se ha convertido en uno de los que cuentan con una de las legislaciones más progresivas de América Latina en materia de derechos de las personas de género diverso. Esto es, además, un hito importante para el cumplimiento del Compromiso de Buenos Aires firmado en 2022 por los Estados miembros de la CEPAL, que ya había advertido sobre la necesidad de ampliar las concepciones de las dinámicas de cuidado, en reconocimiento de las diversas formas de familia, como mecanismo de redistribución de cargas y de garantía de derechos.
En un contexto global donde distintos países debaten cómo adaptar sus sistemas de licencias parentales a realidades familiares más complejas, este fallo posiciona a Colombia como un referente emergente en toda la región y demuestra que el derecho al cuidado no puede seguir regulándose con categorías pensadas desde la exclusión.
Pero el desafío sigue siendo estructural. Las nociones tradicionales de maternidad, que privilegian una relación única, biológica y exclusiva, continúan excluyendo experiencias como las maternidades compartidas, las lesbomaternidades y, en este caso, una maternidad negra. Ignorar estas realidades reproduce desigualdades históricas y refuerza jerarquías sobre quién merece ser reconocida como madre.
Esta decisión plantea una exigencia: repensar, de una vez por todas, qué significa maternar hoy y quiénes tienen derecho a hacerlo en condiciones de dignidad. Porque mientras el derecho siga definiendo la maternidad desde la excepción seguirá fallando en reconocerla donde realmente ocurre: en el cuidado cotidiano, colectivo, de luchas, amor y alegrías, pero, todavía, profundamente desigual.
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