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Led Zeppelin merecía un documental a su altura. Ha preferido controlar el relato

‘Becoming Led Zeppelin’ aporta material inédito sobre los inicios de la banda, pero soslaya lo salvaje que había en ellos y fracasa en componer un retrato íntimo

Los miembros de Led Zeppelin, en su primera sesión de fotos para WEA Records, en Londres en diciembre de 1968. Desde la izquierda: John Paul Jones, Jimmy Page, Robert Plant y John Bonham.Dick Barnatt (Redferns)

“Imposible, pero son más grandes que los Beatles”. El titular del Daily Express encumbraba a Led Zeppelin en mayo de 1973 como los reyes del rock, y el debate fue ...

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“Imposible, pero son más grandes que los Beatles”. El titular del Daily Express encumbraba a Led Zeppelin en mayo de 1973 como los reyes del rock, y el debate fue seguido por The Observer y por People Magazine en los años siguientes, con similar encabezado. Ambas bandas eran fenómenos difíciles de comparar en sus propuestas artísticas, y apenas coincidieron, porque una surgía cuando la otra se estaba descomponiendo. El grupo rompedor que lideraba un genio de la guitarra llamado Jimmy Page, con Robert Plant como el frontman perfecto, abrió caminos nuevos al rock, en los años más prodigiosos del género, los últimos sesenta y primeros setenta, y esas vías todavía son transitadas.

A los veintipocos años, Page ya era un profesional: había sido músico de sesión (para Donovan, Lulu, los Who o los Kinks) y luego encabezó la banda de blues rock The Yardbirds (enorme cantera, de la que antes salieron Eric Clapton y Jeff Beck). Pero no se esperaba un ascenso tan meteórico nada más reunir al cuarteto que sería Led Zeppelin. Eso es lo que pretende contarse en Becoming Led Zeppelin, el primer documental autorizado sobre la banda, que se estrenó en cines hace un año y está disponible ahora en Movistar+.

El metraje no acaba de estar a la altura de la mítica banda por un pecado original: el afán de Page, que siempre fue el jefe, de controlar el relato al milímetro. La película, dirigida bajo su batuta por Bernard MacMahon (American Epic), resulta un producto correcto, aseado, incluso disfrutable. En algunas fases logra capturar la emoción y la energía que desprendían a borbotones la guitarra de Page, la garganta de Plant y esa apisonadora rítmica que formaban John Paul Jones (bajo) y John Bonham (batería).

El filme se centra en sus orígenes: empieza contando las infancias de posguerra de los cuatro miembros y las músicas que escuchaban, continúa con su primera gira por Escandinavia en 1968 cuando no tenían ni nombre (se presentaron como The Yardbirds o The New Yardbirds), celebra su rápida y masiva aceptación en EE UU antes que en su propia tierra, y termina cuando acaban de publicar su segundo álbum y dan su primer gran concierto en Londres, en el Royal Albert Hall, en enero de 1970. A diferencia de otros artistas manejados por la industria, ellos ejercieron un férreo control sobre su obra: se negaban a que se editaran singles porque sus discos había que escucharlos enteros; ni siquiera pusieron nombre a los cuatro primeros álbumes, que son conocidos como I a IV.

El final del documental, tras menos de un año y medio de carrera, resulta abrupto y deja la sensación de historia inacabada, de que faltan más capítulos de una serie. MacMahon se ha esmerado en recuperar material de los primeros meses de la banda. Suena música excelente —estaría bueno—, de la que no tanta era inédita, aunque el sonido se ha mejorado. En algunos temas solo disponen del audio, que encajan en imágenes que no corresponden a esa actuación (y se nota). El hilo de la narración son las entrevistas, por separado, con los tres miembros vivos de la banda, y una rescatada con Bonham (fallecido en 1980) que se hizo en 1971. Las palabras son medidas, calculadas, temerosas. Solo Plant, distanciado de Page en los últimos años, se muestra en algún momento un poco locuaz, más relajado ante la cámara.

Si el material no es tan extraordinario como la música de la que parte, al menos la película podría haber servido para conocer mejor a estos jóvenes artistas, para entender cómo vivieron el salto repentino a la fama planetaria en años frenéticos, las alegrías y las penas que compartieron en una relación tan intensa. Pero no hay nada del retrato íntimo que se promete. Solo hay una mención fugaz (Plant: “De repente aparecieron las drogas y un montón de chicas”) a sus legendarios excesos con el alcohol, las sustancias ilegales, las groupies y las habitaciones de hotel. El contexto sobre la era hippy se limita a un carrusel de recortes de prensa (por cierto: terrible práctica la de sobreimprimir en español un documento auténtico en inglés). Y se evitan las referencias a sus coetáneos, a la portentosa generación de músicos británicos que cambió la cultura de su tiempo.

¿Se puede retratar de forma cuidadosa a un grupo tan salvaje? En aquellos años, algunos de sus colegas se dejaron filmar para documentales más crudos y atrevidos como Don’t Look Back, sobre Dylan; Gimme Shelter, sobre los Rolling Stones, o Let it Be (y su versión muy expandida el concierto de Altamont; los Beatles se dejaron grabar en agrias disputas que anticipaban su ruptura. Eso sí que era cinéma vérité. Pero para transmitir esa honestidad había que desnudarse ante la cámara, justo lo que Page evitaba antes y evita ahora.

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