El debut de Demna en Gucci: provocar para cuestionar el buen gusto
El georgiano ha presentado en el marco de la semana de la moda de Milán su primera colección para la marca italiana
Vestir camisa y jersey azul marino combinado con mocasines y una falda negra es vestir muy Prada, el punto negro desgarrado mezclado con el gris es muy Comme des Garçons o la camiseta blanca y los vaqueros rectos son muy Calvin Klein (sobre todo ahora que gracias a la serie Love Story medio planeta se ha obsesionado con el armario de Carolyn Bessette). Los mejores diseñadores, pocos, son los que, más allá de hacer un buen producto o un diseño novedoso, son capaces de crear una especie de estructura del vestir, una forma de relacionarse con la ropa que trasciende a la propia marca. Se puede ir a lo Prada, a lo Calvin, a lo Comme o a lo Helmut Lang sin vestir sus productos, solo hace falta conocer su lenguaje y hablarlo. Curiosamente, esa rarísima cualidad también la poseen Tom Ford y Alessandro Michele, dos diseñadores en las antípodas a nivel estético pero que supieron obrar el milagro de convertir a Gucci en una marca superventas que batió récords de facturación y de influencia en el cambio de siglo y hace poco menos de una década, respectivamente. Y ese don excepcional de inventar un estilo también lo posee Demna, que convirtió Balenciaga en esa marca que la gente vestía sin saberlo. Gente que no ha comprado en la marca en su vida, gente normal que un día se vio con unas gafas estrechas, unas zapatillas sobredimensionadas en un abrigo oversize de hombros armados.
Estos diseñadores han sido capaces de ser una especie de gota de aceite que se extiende en el agua. No son visionarios porque no leen el futuro, sino el presente, y por eso son capaces de cambiar el vestir. Demna, por supuesto, no habla en esos términos de sí mismo, pero su trabajo le precede: lo suyo son los arquetipos sociales y cómo se visten. A fin de cuentas, es georgiano, y creció en un país ajeno al consumo de moda occidental. Sabe detectar y conceptualizar eso de que el hábito hace al monje desde fuera. En Balenciaga fueron oficinistas hastiados, jóvenes fans del techno o incluso personajes aparentemente anodinos, entre otros muchos roles. En Gucci esa idea de vestir a la persona para convertirla en personaje tiene además un sentido mucho más crucial porque, como el propio Demna adelantaba en una carta en primera persona, no es una maison parisina, con su fundador carismático y su legado, sino una megamarca que nació produciendo accesorios y que, con el tiempo, fue ocupada por diseñadores (Ford, Gianini, Michele..) con identidades muy diversas. Gucci es todo y nada a la vez, porque es para todo el mundo. Literalmente.
De hecho, la firma italiana es tan influyente que su caída de ventas en los últimos tres años hace tambalear las bases del Kering, el grupo al que pertenece y que también posee entre otros, Yves Saint Laurent, Balenciaga o Bottega Veneta. A Demna el pasado año se le encomendó nada menos que la remontada económica de un grupo entero, en definitiva, y tras dos aproximaciones en formato video y fotográfico lanzadas estos últimos meses, hoy ha llegado Primavera, su primer desfile, llamado así en referencia a Boticelli y enmarcado en un escenario que reproducía a escala real algunas de las esculturas de la Galeria de Gil Uffizi.
Sabemos qué era ser muy Balenciaga y ahora empezamos a vislumbrar qué es ser muy Gucci y, efectivamente, Gucci es de todos y para todos: es del hortera que vive en gimnasio, de la joven que hace cola en la discoteca de moda y del portero que le prohíbe la entrada; del llamado metrosexual que empezó a cuidarse hace veinte años, pero también de la burguesa milanesa que se viste de más para ir al supermercado o de la pija que tiene una especie de gusto natural y con una gabardina y una camisa ya va perfecta. Es de la mujer que ve en la ropa una herramienta de seducción y no olvida a Tom Ford y de la que la utiliza para expresar un complejo mundo interior y se sentía cómoda con Alessandro Michele. Todos compran Gucci, y todos tienen cabida en Gucci, los horteras, los maximalistas, los logomaniacos y los que van de serios y respetables.
Los que esperaban hombreras y siluetas holgadas se han visto decepcionados, los que esperaban chándales y estampados recurrentes también, Demna está en otro capítulo, pero del mismo relato: lo que antes desentonaba por extragrande y extralargo hoy lo hace por ser muy corto y muy ajustado. Lo que hace poco fueron modelos con rostros singulares caminando rápido y con cierta ira, hoy son rostros bellos según el canon pero excesivamente maquillados y cuerpos (quizá demasiado delgados) que se contonean demasiado o exhiben su musculatura con descaro. El legging negro se pone con tacones y se combina con un top blanco, el pantalón tiene la cintura demasiado baja y las camisetas masculinas son extremadamente ajustadas. La cima de lo que muchos consideran mal gusto y que mucha gente de a pie considera normal, hasta moderno. Ver convivir todo eso en una pasarela, es decir, cruzar ciertas lineas rojas en lo que respecta a lo hortera, lo extremo, lo excesivo o lo choni, no solo es refrescante, es necesario. Nada mejor en una industria cada vez más homogénea y tediosa que ver cómo tu público frunce el ceño. En cualquier caso, el único motivo para fruncirlo debería ser, la apología del culto al cuerpo que el desfile envía como mensaje implícito, promoviendo un arquetipo social del pasado que creíamos superado. Tratándose de Demna, tal sea mera provocación, o incluso una crítica a ciertos hábitos del sistema. Habrá que verlo en sucesivos desfiles.
Pero en el lenguaje de Demna no solo hay gramática, es decir, no solo hay una forma de combinar y relacionarse con la ropa, también hay una atención al producto y al tejido que no se percibe a primera vista. Hay prendas sin costuras que actúan como una segunda piel y piezas brillantes creadas de forma minuciosa y artesanal, tejidos que se adaptan al cuerpo o vuelan ligeros, lo interesante es que ni la técnica ni la materia prima está al servicio de lo establecido, de prendas bonitas o meramente bien hechas, sino de diseños que normalmente no son prodigios de la técnica ni tienen esas calidades.
Hay que digerir qué es la guccicidad, como llama Demna a su propuesta, refiriéndose a ese aura indefinible que ha convertido a la marca en algo tan atractivo para tanta gente desde hace tantos años (concretamente, un atractivo por valor de más de 20.000 millones de euros), pero lo que está claro es que, guste o no, desde hoy cada vez más gente verá ciertos estilos, ciertas prendas y, sobre todo, ciertos personajes; en la televisión y en la calle y empezará a decir “esto es muy Gucci”. La diferencia es que si antes la gente empezó a vestir de Balenciaga sin saberlo, ahora ya visten de Gucci, pero todavía no lo saben. Pocos diseñadores, como decíamos, pueden convertir el nombre de una marca en un adjetivo aplicable más allá de la propia marca. Demna es el que actualmente mejor sabe hacerlo. De hecho, si lo han elegido a él para reflotar el segundo mayor conglomerado de moda del mundo, es precisamente por esto.