Noémie Merlant: “No es cierto que en el cine las mujeres se muevan por envidia. Mi experiencia es la contraria: escucha y solidaridad”
A la actriz y directora francesa se le ha contagiado la rebeldía de las mujeres que interpreta. Conocida por sus papeles en ‘Retrato de una mujer en llamas’ y ‘Tár’, denuncia la violencia contra la mujer y reivindica las protagonistas poliédricas
Las mujeres que encarna y crea en sus guiones Noémie Merlant (Nantes, 1988) son rebeldes e iconoclastas. Desde Marie de Heredia, la poeta adúltera de la belle époque en Curiosa o la pintora de Retrato de una mujer en llamas, enamorada a finales del siglo XVIII de otra mujer, hasta las excesivas Las chicas del balcón, su segunda película como directora, donde denuncia la violencia doméstica a golpe de comedia, suspense y gore. “En el pasado, fui bastante dócil”, confiesa Merlant. Ya no tanto. Asertiva, locuaz y reflexiva, va urdiendo una carrera coherente y multifacética basada en personajes tridimensionales y combativos. Será Fantine en la superproducción y remake de Los miserables (prevista para diciembre de 2026) a cargo de Fred Cavayé; pero también la realizadora de una adaptación de Sporus, la novela de Cristina Rodríguez, de la que asegura haberse enamorado.
Creció cerca de Nantes. Su padre intuyó que se le daba bien actuar y la animó a mudarse a París. ¿Qué recuerda de esos comienzos?
Nunca había hecho teatro ni había actuado. No conocía a nadie en París ni tenía cultura cinematográfica ni teatral. Estaba asustada. Pero en cuanto me subí al escenario fue un flechazo: nunca me había sentido así de libre y entusiasmada. Fue fácil decidir que quería dedicarme a ello.
¿Cómo le marcaron esos años de formación y su paso por el Cours Florent [escuela de teatro fundada en 1967 por François Florent]?
Fueron maravillosos. Tuve profesores increíbles. Conocí a actores y actrices que siguen siendo amigos míos y con los que he trabajado en varios proyectos. Éramos jóvenes, teníamos grandes sueños y todo parecía posible.
También es directora y guionista, ¿qué la llevó a ponerse detrás de la cámara? ¿Una necesidad de control, de creación o de libertad?
La cultura cinematográfica que empecé a adquirir en el Cours Florent me despertó el interés. Además, en ese periodo, mi padre sufrió un accidente grave, y al salir del coma pasó varios años en el hospital. Lo visitaba todos los días mientras estudiaba interpretación. Empecé a escribir como catarsis y entendí que quería rodar. Tardé en atreverme. Primero, porque necesitaba concentrarme en la interpretación. Y más tarde, porque me costó legitimarme como directora. Las personas que he conocido me animaron.
En Las chicas del balcón dirige, escribe (con Céline Sciamma) y actúa. El filme mezcla comedia y terror para denunciar las violencias hacia las mujeres. ¿Cómo equilibró esos géneros para hacer oír su voz?
Para hablar de feminismo y de violencia hacia las mujeres me funcionaban muy bien el humor y el gore. Son catárticos y animan al diálogo y a la reflexión. A Céline le entusiasmó la idea y me ayudó a escribir el guion.
¿Por qué le parece que la mezcla de géneros resulta alegórica?
Adoro las películas de género y los cambios de tono. Me conmueve el cruce entre lo absurdo, lo sangriento, lo humorístico y lo trágico de Tarantino, Almodóvar y el cine coreano. Se acercan más a la vida que el cine ultrarrealista, más uniforme. La vida es caótica, divertida, bella y absurda, y las películas que mezclan géneros lo reflejan.
¿Cómo le ha inspirado el cine de Almodóvar?
Siempre me han atraído sus películas. Sus personajes femeninos son libres: gritan; son vulgares, ruidosas, humanas. Ese equilibrio entre lo absurdo y lo trágico me fascina. Sus películas están vivas, son entretenidas e inquietantes. Para Las chicas del balcón me inspiré en Mujeres al borde de un ataque de nervios y en Volver.
Ha hablado de su paso por Cannes y de los consejos que le dio Céline Sciamma. ¿Diría que existe una sororidad en el cine francés?
Sí, en mi vida hay mucha sororidad, no solo en el cine, también en mi día a día. Me rodeo de mujeres que son fundamentales en mi vida. En mi carrera, he conocido a mujeres que se ayudan, se aconsejan, se advierten cuando conviene tener cuidado. Existe una red de apoyo. No es cierto que en el cine las mujeres se muevan por envidia, celos o competencia. Mi experiencia es la contraria: escucha, empatía y solidaridad.
En España, existe la creencia de que Francia no vivió un verdadero MeToo en el cine. ¿Cómo ve el cine francés hoy? ¿Cuáles diría que son sus puntos fuertes y sus debilidades?
Es cierto: el proceso ha sido más lento. Quizá porque ciertas mentalidades y comportamientos estaban más arraigados. Pero está cambiando: cada vez hay más papeles protagonizados por mujeres, más directoras —aunque sigan quedando fuera de los grandes presupuestos— y más conciencia sobre la representación femenina en la trama. Estamos lejos de la igualdad, pero hay avances. Se han aprobado medidas importantes: antes de un rodaje, el equipo debe seguir una formación sobre sexismo y violencia contra las mujeres. Y después de que una comisión de investigación demostrara los problemas de protección de menores en los rodajes se han instaurado figuras de referencia que velan por espacios seguros y apoyan a las víctimas potenciales.
Emmanuelle es un mito erótico asociado al imaginario masculino. ¿Cómo se prepara una actriz para encarnar un personaje tan cargado de proyecciones y transformarlo desde dentro?
Este remake deconstruye Emmanuelle. Habla de una reapropiación, de una búsqueda, y funciona como contrapunto del mito. Con Audrey Diwan trabajamos desde la intimidad, el cuerpo y las emociones, para devolverle humanidad y vulnerabilidad al personaje. Me interesaba explorar cómo la mirada masculina ha distorsionado y simplificado el deseo femenino, y de qué manera podemos reclamar nuestra agencia en lo erótico. No tenía una historia personal con la Emmanuelle original, ni miedo ni apego; para mí, Emmanuelle es la de Audrey Diwan: una mujer que se busca, que trata de reconectarse con su cuerpo.
Antes de cumplir 18 años, trabajó como modelo. Aquella etapa, ha declarado en varias ocasiones, la “traumatizó”. ¿Cómo influyó esa experiencia en su relación con el cuerpo y la imagen?
Entonces imperaba una dictadura de la delgadez. Yo era delgada, pero nunca “lo suficiente”. Me empujaban a perder cada vez más peso, hasta que caí en la anorexia y la bulimia. Mi cuerpo dejó de pertenecerme: nos tocaban, hablaban de nosotras como si fuéramos objetos. Fue muy violento, sobre todo en una etapa en la que todavía te estás formando como mujer.
Ahora es embajadora de Louis Vuitton. ¿Cómo vive esa colaboración después del trauma?
Con el tiempo me he reconciliado con la moda a través de su dimensión artística. En Louis Vuitton me eligen por mi oficio, por mi labor. Colaborar con Nicolas Ghesquière es inspirador. Es un genio; sus colecciones combinan formas de expresión y referencias culturales, lo que me retroalimenta como creadora. Me siento alineada con su propuesta: una mujer poderosa, elegante y andrógina.
Subirse por primera vez a un escenario fue una revelación, un momento de libertad absoluta. ¿Ha encontrado una forma similar de expresión en la moda o el maquillaje?
Para mí lo más importante es la comodidad. Durante años tuve muchos problemas de salud y entendí que estaban relacionados con la ropa. Muchas prendas femeninas son demasiado ajustadas, y eso afecta a la digestión, a la circulación… Empecé a priorizar piezas cómodas con las que también pudiera divertirme. Me encantan los colores y los estampados. La moda y el maquillaje son un juego. A veces no me maquillo nada; otras, muchísimo. Puedo vestir muy masculino o andrógino, y al día siguiente, muy femenino y glamuroso. No tenemos por qué ser de una sola manera: somos mujeres con mil facetas que cambian según el día y la hora. El estilismo nos permite narrarnos, es lúdico, divertido y expresivo.
Suele interpretar a mujeres rebeldes y fuertes, que se niegan a obedecer las normas. ¿Tiene usted un carácter parecido?
No, siempre he sido más bien dócil, incapaz de decir “no”. Era la chica amable que no causaba problemas, que dejaba que las olas la arrastraran incluso cuando no quería. Me sigue costando poner límites, pero a través del arte y la creación estoy aprendiendo a hacerlo. Y poco a poco lo voy logrando también en la vida, donde cuesta más.
Para Le ciel attendra (Marie-Castille Mention-Schaar), donde encarna a una joven adoctrinada por el Daesh, trabajó con mujeres que habían pasado por esa experiencia. ¿Por qué la ayudaron y qué aprendió?
Estaban en proceso de “desadoctrinamiento”. Con el tiempo habían comprendido lo que les había ocurrido y querían evitar que otras sufrieran lo mismo. Las habían manipulado a menudo mediante vínculos amorosos o ideológicos. Eran adolescentes, en un momento de formación en el que una se pregunta por la vida, la muerte, el amor... Su ayuda me permitió entender cómo funcionan los mecanismos de adoctrinamiento y me ayudó a dotar al personaje de vulnerabilidad. Lo más impactante fue darme cuenta de que me podría haber pasado a mí.
Escoge papeles tridimensionales, alejados del estereotipo. ¿Busca eso por encima de todo?
Desde hace algunos años, tengo la posibilidad de elegir mis papeles. Para mí es fundamental encarnar mujeres complejas y contradictorias. Que no sean perfectas, ni siquiera necesariamente deseables. Por desgracia, se ha representado a la mujer de manera simplista durante mucho tiempo: la celosa, la furiosa, el objeto al servicio del protagonista masculino... Salvo en cines como el de Almodóvar. No es fácil encontrar papeles tridimensionales, porque la industria sigue mayoritariamente vinculada al patriarcado y reduce a las mujeres a un rol.
La música siempre ha formado parte de su vida.
Me encanta cantar. De niña soñaba con ser cantante. De adolescente tuve un grupo rock. Mi sueño sería actuar en una comedia musical, poder cantar en una película. Ese sería mi sueño. El EP que grabé surgió a raíz de una película: era el disco del filme.
En Retrato de una mujer en llamas la atracción entre las dos mujeres se alimenta de miradas, gestos, silencios… ¿Cómo trabajó esa interioridad, esa construcción del deseo?
La trabajé antes del rodaje y durante la interpretación, siempre desde el amor. No se trataba solo de la mirada, sino también de la respiración. Céline quería trabajar con precisión milimétrica el escaso diálogo y potenciar el silencio. El deseo debía crecer sin palabras. En la vida comunicamos mucho con el cuerpo: los gestos, la respiración, la mirada. Un actor no es solo voz; es cuerpo, ritmo, soplo. Pensé mucho en esos matices: cómo rozar un lienzo o una prenda, cómo respirar en un momento de tensión, cuándo bajar la mirada. Observé cómo nos comportamos cuando nos enamoramos e intenté traducirlo en escenas.
Dice que el cine es “una de terapia continua”. ¿Qué le sigue enseñando sobre sí misma?
Me enseña incluso más ahora que antes. Cuando era joven actuaba con amor, pero sin ser del todo consciente de lo que implicaba. Hoy lo hago con mucha más conciencia, y quizá por eso lo vivo con más profundidad. Ser actriz consiste en interpretar al otro. Y cuando empezamos a pensar cómo vive el otro, cómo siente o cómo reacciona, nuestra mirada se ensancha. Nos cuestionamos. Actuar es una búsqueda constante, un ejercicio de pensamiento y de empatía.