Los libros únicos
Era, por dos o tres motivos, un día tristísimo, y esas páginas hicieron que toda inermidad desapareciera engullida por su delicadeza
Lo leí a lo largo de un viernes en el que hubo lluvia y luego sol y temperatura alta y algodonosa. Lo leí a bordo de un taxi, en un portal donde me refugié de la lluvia, bajo la sombra de un árbol, en el palier de un edificio mientras esperaba que se hiciera la hora de entrevistar a una persona. Yo me movía, pero el libro se mantenía estable dentro de mí. Era, por dos o tres motivos, un día tristísimo, y esas páginas...
Lo leí a lo largo de un viernes en el que hubo lluvia y luego sol y temperatura alta y algodonosa. Lo leí a bordo de un taxi, en un portal donde me refugié de la lluvia, bajo la sombra de un árbol, en el palier de un edificio mientras esperaba que se hiciera la hora de entrevistar a una persona. Yo me movía, pero el libro se mantenía estable dentro de mí. Era, por dos o tres motivos, un día tristísimo, y esas páginas me ataron al mundo, o sea, hicieron que toda inermidad desapareciera engullida por su delicadeza. El libro era mucho más fuerte que yo y me ponía, a la vez, más triste y más feliz, como esas canciones melancólicas que escuchamos cuando nos sentimos mal, ensañándonos con el daño para que el dolor drene. Se titula Ahora bien, lo escribió el argentino Camilo Sánchez. Podría decirse que cuenta la relación entre el poeta y traductor François Cheng y el psicoanalista Jacques Lacan, la manera en que revisaron juntos los ideogramas chinos, ciertos escritos, pero no hay manera de definirlo. Es una obra que no hace pie en ninguna parte, crea vacíos repletos de significado, se desliza de un capítulo breve al siguiente con una arbitrariedad encantadora: de la ocupación nazi en París a las mujeres de Lacan a un encuentro con la poeta Olga Orozco a la disección de un poema chino. Es una criatura paciente, lenta, inhumana. Según el libro, cierto día Lacan le dijo a Marguerite Duras, a quien admiraba febrilmente: “No debe de saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería”. Ojalá Camilo Sánchez tampoco lo sepa. El libro no intenta encontrar respuesta a una pregunta que late por debajo —¿por qué a Lacan le interesaba la escritura china?— porque cualquier respuesta sería un griterío y rompería el hechizo. Terminé de leerlo mientras horneaba un pan y sentí que, por un rato, podía permitirme cierto alivio, cierta inexistencia. Los libros únicos nos dejan sin farsa, nos devuelven al vértigo de lo inocente. Nos dan la fertilidad del silencio.