La corte de Milei
La sucesión de escándalos de corrupción en solo dos años revienta el discurso de renovación antisistema del presidente argentino
El presidente de Argentina, Javier Milei, atraviesa una crisis de popularidad. Una serie de escándalos de corrupción, el más grave de ellos vinculado a su jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y la decisión de mantenerlo en el puesto como sea, golpean en la línea de flotación del líder ultraderechista. Los sondeos de opinión publicados esta semana dan cuenta del deterioro de su imagen, que ha pasado de una aprobación del 52% en diciembre de 2023, cuando asumió el cargo, al 34%. La desaprobación a su gestión ha llegado al 63% este mes. En todo este tiempo han cambiado también las preocupaciones de los argentinos. Si hace dos años solo pensaban en el flagelo de la inflación, por entonces por encima de los tres dígitos anuales, hoy sus prioridades son la corrupción, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y el temor a perder el empleo.
Milei abrió en marzo pasado el periodo de sesiones del Congreso proclamándose el padre de una nueva moral política y agitando la bandera de la “lucha contra la casta”, es decir todo aquel que no piense como él, ya sean políticos, empresarios o, sobre todo, periodistas. Disfrutaba todavía de la estela del triunfo en las elecciones legislativas de medio término y todo marchaba “según el plan”. Pero las cosas han cambiado rápidamente, como reflejan las encuestas. Las sospechas de enriquecimiento ilícito que envuelven a su ministro estrella quiebran la estrategia discursiva del libertario, resumida en lo que él mismo llama “la guerra cultural” contra la izquierda internacional y un alineamiento sin matices con EE UU e Israel.
Adorni pasó de la noche a la mañana de ser un periodista marginal a comprar en menos de dos años tres inmuebles, realizar 17 viajes privados al extranjero y pagar en efectivo gastos por más de 100.000 dólares. El ministro sostiene que usó ahorros acumulados cuyo origen aún no ha identificado y préstamos de privados que, según los documentos judiciales, suman 330.000 dólares a pagar antes del mes de noviembre. La justicia pretende ahora que Adorni explique de dónde sacará el dinero para cumplir con sus obligaciones cuando su salario como ministro es de unos 5.000 dólares antes de los descuentos.
El miércoles, Adorni presentó ante el Congreso el informe de gestión al que lo obliga su cargo y tuvo que responder decenas de preguntas sobre el acelerado crecimiento de su situación financiera. Repitió, como un mantra, que no había cometido delito alguno. No estuvo solo en su defensa, porque Milei había decidido redoblar la apuesta: se presentó en el Congreso arropado por todos sus ministros, denunció una operación política en su contra, tildó de “corruptos” a los periodistas que lo abordaron y desde los balcones del recinto coreó el nombre de su ministro como si estuviese en una grada de fútbol. La ruidosa puesta en escena estuvo acorde a la que nos tiene acostumbrados Milei, pero la burocracia judicial y parlamentaria, que pide papeles y no eslóganes, parece imponerse poco a poco al ruido.
El creciente descontento que evidencian los sondeos ya no se resuelve con gritos, insultos y enemigos más o menos imaginarios. Los argentinos esperan ahora soluciones reales a sus problemas y una clase política que cumpla con los cánones de honestidad y eficiencia que toda democracia saludable merece y que ellos mismos prometieron. La oposición también debe hacer su trabajo, que es presentar alternativas realistas y convincentes que eludan los discursos vacíos que son marca de la época en Argentina.