Boicoteos
¿Para quién es el castigo cuando alguien se niega a leer una obra? ¿Es para el arte o para él mismo?
Cuando boicotean uno de mis relatos, me ofendo por partida doble: primero por mí mismo, porque, como cualquier judío aficionado a quejarse, creo que no me merezco esa basura; y luego por la historia. Porque ¿...
Cuando boicotean uno de mis relatos, me ofendo por partida doble: primero por mí mismo, porque, como cualquier judío aficionado a quejarse, creo que no me merezco esa basura; y luego por la historia. Porque ¿qué significa en realidad un boicoteo literario, sea del tipo que sea? Significa que, cuando leemos una obra de literatura, le estamos haciendo un favor. Y que, si la persona que la ha escrito tiene la audacia de portarse mal, esa obra perderá de inmediato el privilegio de que la leamos y nos iremos a leer la de otro autor, alguien más moral y complaciente.
Esta actitud prescinde de la visión romántica del arte como una ventana que nos asoma a la experiencia única de un creador y, en su lugar, percibe la obra de arte como un producto genérico más entre todos los del supermercado de la vida. En la mentalidad del boicoteador, un artista no es sino un proveedor de bienes o servicios; y, tal como ocurre con el fontanero, el taxista o el vendedor de comida rápida, si un proveedor concreto no nos gusta, podemos obtener exactamente el mismo producto o servicio de otra persona.
Si yo hubiera vivido en el mundo purista y moralista de los boicoteos, seguramente nunca habría podido leer a T. S. Eliot, Louis-Ferdinand Céline o Ezra Pound, tres antisemitas confesos cuyas obras me enseñaron muchas más cosas sobre mí mismo y sobre el mundo que otros textos cuyos autores quizá fueran mejores personas, pero cuya forma de escribir nunca me ha conmovido tanto como la de ellos. Y, si hubiera rechazado esas obras tan enriquecedoras por los mismos motivos moralistas que impulsan los boicoteos culturales, ¿quién habría hecho daño a quién? ¿El castigo habría sido para el arte o solo para mí mismo?
Hace unos años, mi hijo y yo nos sumamos a un reto que proponía, a quien fuera suficientemente valiente y justiciero, dejar de leer durante todo un año obras de hombres blancos, heterosexuales y cisgénero. Yo fracasé enseguida; bastaron una noche oscura, un porro especialmente potente y las ganas irresistibles de releer un relato de Isaac Babel que había leído de adolescente. Pero mi hijo lo consiguió, porque no leyó ni un solo libro en todo el año. Recuerdo que me dijo entre risas que había sido la prueba más fácil que había hecho nunca.
Me reí con él, porque no quería parecer un padre rancio, pero no me hizo ninguna gracia. Hay algo que separa el mundo de cuando yo era joven, en el que el arte era una nube inalcanzable que sobrevolaba siempre en el cielo, y el mundo en el que vive mi hijo, en el que el arte es poco más que una pegatina de coche que cualquier vándalo aburrido puede despegar con facilidad.
Últimamente he vuelto a pensar en ese extraño reto. Si le hubiera propuesto a mi hijo, por ejemplo, estar todo un año sin utilizar las redes sociales propiedad de unos blancos imbéciles, él no lo habría aceptado. No leer a cierto tipo de autores es factible, pero ¿no usar Twitter o Instagram durante 12 meses? Prácticamente imposible. Pensémoslo: ¿seríamos capaces de pasar un año entero a oscuras, sin que nadie nos dijera qué artista o qué obra de arte se supone que debemos boicotear?