Lo que existe y lo que no
El universo tiene a primera vista pequeños descosidos que la supersimetría remendaría con un hilo invisible
A veces, uno sospecha que no está solo dentro de sí mismo, como si cada gesto que hacemos proyectara una sombra que no se limita a seguirnos, sino que toma decisiones por su cuenta en otro plano de la vida. La física, que con frecuencia tiene intuiciones novelescas, ha llamado a eso supersimetría. Imagina que cada partícula del universo posee una especie de doble oculto. No un reflejo exacto, como el del espejo del b...
A veces, uno sospecha que no está solo dentro de sí mismo, como si cada gesto que hacemos proyectara una sombra que no se limita a seguirnos, sino que toma decisiones por su cuenta en otro plano de la vida. La física, que con frecuencia tiene intuiciones novelescas, ha llamado a eso supersimetría. Imagina que cada partícula del universo posee una especie de doble oculto. No un reflejo exacto, como el del espejo del baño, sino una versión transformada: donde hay materia, habría una suerte de eco perteneciente al mundo de las fuerzas. Donde hay solidez, habría una vibración paralela. Donde hay algo que pesa, habría algo que roza la realidad como una pluma.
Esos dobles no aparecen, no se dejan fotografiar ni medir. Sabemos que están porque las cuentas no nos salen del todo sin ellos. El universo tiene a primera vista pequeños descosidos que la supersimetría remendaría con un hilo invisible. Recuerdo entonces algunas decisiones de mi vida. Las que tomé y las que no. Por cada elección, alguien (ese doble invisible) eligió la contraria. Mientras yo me quedaba, él se marchaba. Mientras yo callaba, él hablaba. No lo envidio, pero lo tengo en cuenta. Quizá gracias a él la suma de lo que soy resulta más equilibrada, aunque nunca llegue a conocerlo.
Los físicos buscan esas partículas ocultas con grandes máquinas subterráneas porque ellas explicarían el misterio de la materia oscura: esa parte de la realidad inaccesible al ojo, aunque necesaria para la mente. Pero también podría ocurrir que la supersimetría no fuera una propiedad del universo, sino una necesidad nuestra: la de creer que nada está del todo solo ni del todo acabado. Si fuera así, la realidad estaría sostenida no solo por lo que existe, sino también por lo que falta. Y tal vez por eso, cuando algo encaja demasiado bien, nos inquieta: intuimos que, en algún sitio, fuera de nuestro alcance, su doble imperfecto sigue intentando completar la historia.