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Bienvenidos a la Tierra

El éxito de la misión Artemis 2 recuerda el valor de la ciencia en tiempos de oscurantismo político y superstición

La tripulación de la Artemis 2, compuesta por (desde la izquierda) Jeremy Hansen, Christina Koch, Victor Glover y Reid Wiseman, el sábado en el Ellington Field de Houston tras su regreso a la Tierra.Associated Press/LaPresse (APN)

La primera misión tripulada a la Luna en más de medio siglo ha concluido con éxito, y con ella vuelven a la Tierra las grandes paradojas de siempre y algunas de nuevo cuño. La principal es el contraste chocante entre una ciencia luminosa capaz de llevar a la humanidad a explorar sus límites y la percepción lacerante de la guerra, el exterminio y la estupidez que nos acompañan desde que la especie se asomó al mundo hace más de 100.000 años. Pero así es la condición humana, y el avance del conocimiento debe seguir por más que parezca condenado a hacerlo en condiciones imperfectas y entornos políticos tenebrosos. Demos pues la bienvenida a Tierra a la deslumbrante tripulación de la Artemis 2.

Se dice a veces que la NASA no es una agencia espacial con un buen gabinete de comunicación, sino una agencia de comunicación que lanza cohetes. Es una maldad, porque la agencia espacial estadounidense ha sido siempre la mejor del mundo, y lo sigue siendo pese a haber caído ahora bajo un Donald Trump empeñado en infligir un hachazo histórico a sus presupuestos. Pero incluso un presidente tan anticientífico como este es sensible a la competencia que le puede hacer China en el espacio, y las misiones Artemis son en buena medida una consecuencia de ello. Las misiones Apollo que llevaron a la humanidad a la Luna también respondieron al deseo del presidente John F. Kennedy de no quedarse detrás de la Unión Soviética en la carrera espacial. La ciencia del espacio nunca ha sido independiente de la política, y nunca lo será.

La misión Artemis 2 que acaba de fascinar al mundo es solo un primer paso. Los cuatro astronautas no han pisado la Luna, sino que han dado una vuelta a su alrededor, obteniendo unas imágenes maravillosas de su cara oculta, y también de la Tierra poniéndose detrás del satélite. Pero eso es solo una preparación para la verdadera aventura que vendrá luego, porque los próximos vuelos Artemis no solo pondrán astronautas en la superficie del satélite, sino que empezarán a establecer una base lunar, el primer asentamiento humano estable fuera de nuestro planeta. También la agencia espacial china tiene esa intención, y es probable que esa competencia resulte un acicate para ambas partes. Si todo va bien, en unos años conoceremos a los primeros habitantes de la Luna, los primeros lunáticos en el sentido literal que nunca ha tenido esta palabra.

Los boomers más experimentados y las generaciones anteriores recordarán que medio planeta se paralizó en 1969 para contemplar en directo a Neil Armstrong pisando suelo lunar. Lo que ocurrió allí no era más que lo que habrían predicho Kepler, Galileo o Newton cuatro siglos antes —el origen de la ciencia moderna tiene mucho que ver con los movimientos de nuestro satélite por el cielo nocturno—, pero nadie podrá negar el valor inspirador que ejercieron aquellas primeras personas que caminaron por un objeto celeste distinto de la Tierra.

Ese es justo el valor que tendrán Artemis —la primera misión lunar con una mujer en sus filas— y sus sucesoras en las generaciones actuales: el de observarnos a nosotros mismos desde fuera de nuestro mundo, el de situarnos en la modesta perspectiva que nos corresponde en el gran marco de las cosas, también el de recordarnos el poder de la ciencia frente a la ignorancia y la superstición. Entre las niñas que contemplen la aventura espacial de hoy estarán las astronautas, las ingenieras y las científicas del futuro. Aunque solo fuera por eso, Artemis 2 ya habría merecido la pena.

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