Bienvenidos a la guerra de las lindes
Dos vecinas de Cambados se enfrentan en los tribunales por un conflicto en su calle, y la pugna se hace viral
Sucede en Galicia, pero podría suceder (incluso ahora mismo) en cualquier parte de España. Un vídeo no para de circular estos días por WhatsApp, Facebook e Instagram. Resulta que en Cambados —en la capital del albariño, poca broma— dos de sus casi 14.000 vecinos han mantenido una lucha por una linde durante 10 años. Una linde en España es la línea invisible que separa el cielo del infierno. El caso es que, al fin, la justicia ha dictado sentencia. Pero —siempre hay peros con las lindes y más cuando, en teoría, ya están delimitadas— se ha armado la marimorena entre estas dos mujeres de unos 80 años que viven pared con pared, comparten calle y, en definitiva, una aparcaba el coche en la puerta de la otra —ay, ay, ay— porque no había más remedio. Ya. La Tercera Guerra Mundial se queda corta.
El quiosco y las televisiones locales han reflejado así el conflicto estos días. La televisión autonómica gallega: “Meses de enfrontamentos entre dúas veciñas polo aparcadoiro resólvense coa prohibición de aparcar en 120 metros da vía”. Diario de Pontevedra: “Intercambio viral de ‘golpes’ entre dos vecinas de Cambados: ‘Hai xente que afoga en veleno”. El vídeo de A Galega, la televisión autonómica, es, en sí mismo, una obra cinematográfica de nuestra querida España, esa España nuestra. Primer plano. La cámara enfoca a las dos mujeres gritandose la una a la otra durante dos segundos en plena calle: “¡Eres basura!, ¡basura!”.
Y empiezan los testimonios. Pongamos que se llaman Josefa y Maricarmen (nadie ha precisado sus nombres). Habla primero Josefa al micrófono de la tele, que fue al lugar de los hechos tras conocerse la sentencia. “El conflicto empezó hace 10 años”, dice Josefa un tanto enfadada. “Esta señora [cómo será la guerra cuando ya ni citas a tu vecina por su nombre] tenía un portal en la vía pública y se lo cerraron tras una obra ilegal, que quede claro (....) y empezó a aparcar en la puerta y fui al juzgado. Entonces ya no puede aparcar en la vía pública”. Es decir, que el coche de Maricarmen impedía salir —o tocaba las narices— a Josefa, que responde así. “Me cerraron el paso con una columna. Ellos podían entrar en su casa, pero por capricho. Como son tan ruines (...) Me pincharon las ruedas y tuve que poner una nueva, después me pusieron dos clavos (...) Y ahora no podemos aparcar. Nunca ha habido accidentes, nunca, nunca. Ellos podían salir y entrar perfectamente”.
Josefa —igual por haber ganado el juicio—, eleva el tono de voz, mira a la cámara y asegura que Maricarmen tiene una movilidad reducida muy particular. “¡Tiene una movilidad reducida en la lengua!”. Maricarmen, qué iba a hacer, responde: “¡Hay gente que nada en veneno!”. España, vamos. La justicia, en fin, ha dicho que ahí no aparca ni Dios. Ha ordenado pintar una línea amarilla en 120 metros, y santaspascuas. O no.
Los comentarios a la noticia —se recomienda siempre leerlos con palomitas— cuestionan la decisión judicial. “No sé posicionarme. Suenan convincentes las dos”, dice uno. “Si vive en Pontevedra, hay que dejarle para aparcar la plaza de toros”, apunta otro. Y así. El gran Julio Camba dejó escrito que un conflicto vecinal en su pueblo se parecía mucho a una disputa de Estado. Y tanto. Según un estudio del Aula de Empresa de Geometrías Jurídicas, cada año llegan a los tribunales españoles unos 2.000 litigios por disputas de lindes.
“En algunos sitios, el deporte nacional es el movimiento del mojón sobre el fundo ajeno”, contaba la abogada de Laredo (Cantabria) Mónica San Román a este diario hace dos años. “En los pueblos siempre puede llegarte el típico asunto de la increíble finca creciente al lado de la extraordinaria finca menguante”. Hay una España que no se puede contar; hay que vivirla.