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Venezuela energética

Lo primero que el país necesita no es inversores, sino elecciones libres

MIKEL JASO

En 2017 publiqué Venezuela Energética, un libro que escribí en parte desde la cárcel militar de Ramo Verde, en servilletas y trozos de papel que salieron escondidos entre las ropas de mi esposa y mi madre durante las visitas. Lo escribí con Gustavo Baquero, un ingeniero petrolero venezolano que desarrolló su carrera en Europa porque en la PDVSA de Chávez no h...

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En 2017 publiqué Venezuela Energética, un libro que escribí en parte desde la cárcel militar de Ramo Verde, en servilletas y trozos de papel que salieron escondidos entre las ropas de mi esposa y mi madre durante las visitas. Lo escribí con Gustavo Baquero, un ingeniero petrolero venezolano que desarrolló su carrera en Europa porque en la PDVSA de Chávez no había espacio para profesionales como él. Moisés Naím escribió el prólogo.

La tesis era clara: Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, cerca del 20% del total global, y produce apenas una fracción de lo que podría. Eso no es un problema geológico. Es un problema político. Y resolverlo requiere cuatro cosas: maximizar la producción, diversificar la economía, democratizar el ingreso petrolero para que llegue directamente a cada venezolano, y construir una matriz energética sustentable.

Nueve años después, la tesis sigue vigente. Lo que ha cambiado es la urgencia y la oportunidad.

Todo lo que advertíamos en el libro se cumplió. La producción, que rondaba los 2 millones de barriles diarios cuando publicamos, se desplomó hasta 340.000 en 2020. PDVSA entró en default. Más de 7 millones de venezolanos emigraron, entre ellos una proporción enorme de ingenieros y técnicos petroleros.

La infraestructura se deterioró al punto de que campos completos requieren rehabilitación antes de siquiera pensar en expansión. El gas natural —5.578 millones de metros cúbicos en reservas— sigue sin desarrollarse. Y el gas asociado se quema sin generar un solo dólar de valor, visible desde el espacio en las imágenes satelitales nocturnas.

El pasado marzo, en CERAWeek en Houston —la conferencia de energía más importante del mundo— Venezuela fue uno de los temas centrales. María Corina Machado recibió una ovación de pie al presentar su visión para el futuro energético de Venezuela. Chevron, el único major estadounidense operando en Venezuela, pidió más reformas legales y mayor certeza jurídica. Repsol, la empresa española con más presencia en Venezuela, anunció que triplicará su producción a 150.000 barriles diarios. El interés es real. La confianza, todavía no.

En CERAWeek se habló de barriles, regalías y contratos. Es necesario. Pero insuficiente. Nadie preguntó lo más importante: ¿para quién se reconstruye la industria petrolera venezolana? Si la respuesta es solo para los inversores y para quien controle el Estado, habremos cambiado de élite sin cambiar de modelo. El petróleo de Venezuela seguirá siendo una maldición administrada por pocos, en lugar de una bendición que beneficie a todos.

En Venezuela Energética propusimos el Fondo Patrimonial de los Venezolanos: un mecanismo para que cada ciudadano reciba directamente una parte del ingreso petrolero en una cuenta personalizada, y que de esa cuenta se pague un tributo al Estado. Así, el ciudadano deja de ser un beneficiario pasivo del gasto público y se convierte en propietario y contribuyente.

La relación entre Estado y ciudadano se invierte: ya no es el gobierno quien da, sino el ciudadano quien financia al gobierno —y por tanto, quien exige.

Esa propuesta sigue siendo la pieza que falta. Sin democratización del ingreso, la reconstrucción energética será otra oportunidad desperdiciada. Pero la oportunidad de hoy va más allá de lo que imaginábamos en 2017.

En CERAWeek, la presidenta de Google advirtió que Estados Unidos no genera electricidad lo suficientemente rápido para alimentar la revolución de la inteligencia artificial. La demanda de energía para centros de datos crece a tasas del 40-60% anual. Las empresas tecnológicas más grandes del mundo están desesperadas por asegurar energía barata y confiable. Venezuela tiene lo que buscan. 15.700 megavatios de capacidad hidroeléctrica instalada en el sistema del Caroní —la mayor parte subutilizada. Miles de millones de metros cúbicos de gas natural que se queman cada día sin generar valor. Energía varada: producida o producible, pero sin mercado. Esa energía no tiene que esperar gasoductos de 10.000 millones de dólares ni refinerías que toman una década en construirse. Puede convertirse en valor hoy — a través de la minería de Bitcoin y de centros de datos modulares para inteligencia artificial. Contenedores que se instalan en meses, no en años. Inversión de 1 a 5 millones de dólares, no de 15.000 millones. Ingresos inmediatos.

No es teoría. En Texas, empresas como Crusoe Energy monetizan gas que se quema en los pozos petroleros. En Etiopía, la presa del Gran Renacimiento alimenta operaciones de minería a escala. En Bután, el fondo soberano opera minería con hidroeléctrica excedente.

El modelo funciona. Venezuela tiene los activos para replicarlo a una escala que pocos países pueden igualar. El cambio de paradigma es este: la energía ya no es solo un combustible que se extrae y se exporta en forma de moléculas. La energía es un sustrato que se convierte en computación. Y la computación es valor. De exportar petróleo a exportar computación. Eso es Venezuela Energética 2.0.

Pero nada de esto funciona sin instituciones. Ningún inversor serio —ya sea petrolero o tecnológico— compromete miles de millones en un país donde un decreto puede anularlo todo. Donde no hay arbitraje internacional. Donde los tribunales no son independientes. Donde la propiedad privada es una concesión revocable.

La historia de Venezuela es la de expropiaciones, contratos rotos y 300.000 millones de dólares desfalcados. Hay una gran expectativa que aún no se ha concretado.

El estado de derecho no es un lujo. Es la infraestructura que hace posible toda la demás infraestructura. Sin reglas claras, sin tribunales independientes, sin contratos que sobrevivan un cambio de gobierno, no hay producción petrolera seria,no hay minería de Bitcoin, no hay centros de datos, y no hay fondo patrimonial que funcione.

Escribí Venezuela Energética desde una celda porque creía que Venezuela podía hacer de su energía una bendición y no una maldición. Nueve años después, lo sigo creyendo. Las reservas están ahí. El potencial hidroeléctrico está ahí. El gas está ahí. Lo que falta es la arquitectura institucional para desbloquearlo —y la voluntad política para que los beneficios lleguen a cada venezolano, no solo a quienes negocian los contratos.

El primer paso no es un pozo de petróleo. Es una ley que se respete. El primer paso no es un contenedor de minería. Es un tribunal que funcione. Y el primer paso no es una promesa de inversión. Es una elección libre.

Venezuela tiene la energía. Los venezolanos merecen las llaves para desbloquearla.

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