Ir al contenido
suscríbete

Nada nos libra de la crueldad

‘Gigante’ nos obliga a reflexionar sobre dónde está la tenue línea entre criticar razonadamente las acciones de Israel y caer en el más oscuro antisemitismo

Desde la izquierda, Josep Maria Pou, como Roald Dahl; Pep Planas, como Tom Maschler, y Clàudia Benito, en el papel de Jessie Stone, en un momento de 'Gigante'.

Cuando los vigilantes morales de los cuentos ponen sus sucias manos sobre los mitos fundacionales de la narrativa oral, me pregunto por qué en vez de empeñarse en corregir lo viejo no se inventan personajes adecuados al presente. Es lo que hizo Roald Dahl con astucia: inventó nuevos héroes y heroínas, aunque jamás desdeñó la e...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Cuando los vigilantes morales de los cuentos ponen sus sucias manos sobre los mitos fundacionales de la narrativa oral, me pregunto por qué en vez de empeñarse en corregir lo viejo no se inventan personajes adecuados al presente. Es lo que hizo Roald Dahl con astucia: inventó nuevos héroes y heroínas, aunque jamás desdeñó la esencia de esas historias resistentes al tiempo como el pedernal. Los malvados de Dahl lo son sin redención posible; en cambio, los buenos brillan por su inteligencia y valentía. Esta tensa dualidad, sumada a la desbordante fantasía de sus novelas, convirtió a Dahl en el autor más querido de la infancia. Es, sin duda, una idea maniquea de la vida que tal vez procediera de la propia infancia del autor en un internado inglés donde maltrataban tanto maestros como estudiantes mayores, todos empeñados en destrozar la infancia de un niño que miraba cada noche por la ventana hacia el punto cardinal donde suponía que estaba el hogar materno.

Dahl fue un aliado entusiasta de la infancia, pero, ay, nada nos libra de la crueldad, ni tan siquiera a aquellos que la han padecido. He visto estos días Giant (Gigante), una obra que trata de un capítulo muy concreto de la vida de Dahl, escrita por Mark Rosenblatt, primera obra de un autor que, anticipándose por unos días al brutal atentado del 7 de octubre y sus despiadadas consecuencias, aborda sin haberlo previsto el asunto moral de nuestros días: la crueldad inmisericorde del Estado de Israel. La obra colgó el cartel de no hay entradas desde la primera semana, ha ganado todos los premios posibles, sobre todo a la maestría del gran actor, John Lithgow, y ahora triunfa en Broadway. A España nos la ha traído nuestro Josep Maria Pou, gigante en altura real e interpretativa.

Cuenta Giant el momento en que la editora americana manda a Inglaterra a una emisaria para tratar de convencer al autor de que pida disculpas por una reseña en la que acusaba al pueblo judío, en general, de los mortíferos bombardeos del ejército israelí contra víctimas civiles en Beirut, durante la guerra de Líbano de 1982. La editorial anima al autor a retractarse de sus palabras, porque a punto está de aparecer en el mercado su novela Las brujas (que gozó de gran éxito), y la confusión entre lo israelí y lo judío está siendo entendida como un inaceptable antisemitismo. Dahl se indigna y nosotros, los espectadores, aun observando a un tipo arrogante, entendemos esa coacción de la editorial como una consecuencia de la naciente corrección política que empuja a los autores a ser diplomáticos más allá de su obra. Como es lógico, la masacre actual nos sitúa del lado de Dahl en el primer acto, pero en el giro brillante del segundo vamos descubriendo que nuestro autor, además de la piedad hacia los inocentes, también está poseído por un antisemitismo despreciable muy de su época, de su país, de su clase social. Y se nos torna desagradable y oscuro.

Rosenblatt ha querido retratar al autor amado en su discutible complejidad, y sacude los principios del espectador, hasta el punto de que nos lleva a preguntarnos si la repulsión hacia las atrocidades del Estado de Israel no nos puede arrastrar a culpar a un pueblo entero. ¿Cómo mantener la cabeza fría cuando el corazón está que arde? Los asesinos envilecen a su pueblo, pero su pestilencia también acaba por atufarnos a nosotros. Cuánto se echan de menos voces como la de Primo Levi: “Lo que me preocupa es una evolución de Israel en el sentido militarista, una actitud fascistoide que subyace de manera larvada... Siento [a Israel] como mi segunda patria y lo querría diferente a todos los demás países. Precisamente por esto siento angustia y vergüenza por las acciones en los campamentos de refugiados. Desconfío de los éxitos obtenidos con el empleo dañino de las armas”. Lo mejor que puede provocar una obra es que los espectadores debatan a la salida del teatro protagonizando un tercer acto que aquí está servido.

Archivado En