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La igualdad de género debe ser universal, no de parte

El feminismo ha logrado demasiado para permitirse acabar siendo una facción

Mikel Jaso

Los jóvenes son cada vez menos feministas. En España, entre los menores de 30 años, más de la mitad de los hombres y casi cuatro de cada diez mujeres creen que el feminismo se utiliza como herramienta política de manipulación. La t...

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Los jóvenes son cada vez menos feministas. En España, entre los menores de 30 años, más de la mitad de los hombres y casi cuatro de cada diez mujeres creen que el feminismo se utiliza como herramienta política de manipulación. La tendencia es global: según una encuesta de Ipsos realizada en más de 30 países, la mayoría de los centennials cree que la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres ha ido demasiado lejos. Quizá sea la paradoja que afecta a las revoluciones eficaces: cuando sus demandas se institucionalizan, el conflicto que las impulsaba pierde fuelle. No se extinguen por fracaso, sino por victoria. Para muchos jóvenes, las batallas del feminismo pertenecen a un pasado difícil de concebir —que en España la violación dentro del matrimonio no empezara a perseguirse penalmente hasta 1989 les resulta algo tan moralmente remoto como el trabajo infantil— aunque apenas hayan pasado una o dos generaciones. Y lo mismo les pasa con sus textos clásicos. Leer a Betty Friedan defendiendo en The Feminine Mystique (1963) que el matrimonio debe ser una elección y no el destino inevitable de las mujeres, les produce una sensación de anacronismo similar a la que generan los textos abolicionistas del siglo XIX: necesarios en su momento, pero superados.

Pero así como los movimientos que mueren de éxito se diluyen poco a poco en rituales conmemorativos —aniversarios de rigor, placas y ramos de flores ante la estatua de turno—, con el feminismo ocurre algo distinto. No hay una extinción silenciosa de sus proclamas, sino el auge de un discurso estridente que lo combate abiertamente —y no es una metáfora: cualquiera que haya escuchado un reel de May Awake sabe que debe bajar antes el volumen—. En realidad, son varios discursos. Está el de las tradwives que reivindican la dicha doméstica de planchar las camisas del marido con un bizcocho humeante en el alféizar. Y está el de los chicos de la red pill, los incels y los gurús de la manosfera, que mezclan misoginia, ley de la selva y teoría conspirativa. La libertad de expresión tiene su peaje. Pero hay otro discurso crítico con el feminismo que, además de poder ser dicho, merece ser escuchado: el del malestar de chicos con dificultades educativas, hombres jóvenes con problemas de salud mental y trabajadores poco cualificados y rezagados, que constatan que la igualdad de género, lejos de ser un ideal universal, es un ideal de parte.

Su preocupación tiene apoyo empírico y aparece temprano. Según datos de la OCDE, en todos los países desarrollados los niños se quedan atrás en lectura desde la primaria, sin que se dé una movilización comparable a la que existe para cerrar la brecha en ciencia y matemáticas que perjudica a las niñas. Ni una campaña, ni un hashtag. El abandono escolar temprano es un fenómeno claramente masculino —les afecta a ellos el doble que a ellas— y los estudios superiores son cada vez más femeninos: en España, el 56% de las mujeres de entre 30 y 34 años tiene educación superior, frente al 46% de los hombres, una brecha que se repite y se amplía en toda Europa y Estados Unidos. Como explica Richard Reeves en Of Boys and Men, en los países ricos van reduciéndose buena parte de los empleos industriales que durante décadas ofrecieron a los hombres con pocos estudios un trabajo estable y una identidad. El resultado es un ejército de reserva creciente sin la economía que una vez lo necesitó, ni una alternativa clara.

Estos cambios no invierten la desigualdad de género. En las posiciones intermedias de la distribución, las mujeres siguen teniendo salarios más bajos, mayor presencia en el empleo a tiempo parcial, carreras más interrumpidas y una carga de cuidados desproporcionada. Y en la cima, como ha señalado Claudia Goldin, los hombres siguen dominando la esfera política y económica por razones que van más allá de la discriminación directa y que no siempre son fáciles de atajar institucionalmente. Pero la desigualdad de género va por barrios, y si miramos a los de abajo, el diagnóstico es más complejo: tres de cada cuatro suicidios en España corresponden a hombres; ellos son el 77% de las personas sin hogar y más del 90% de la población penitenciaria; también son quienes más sufren, con gran diferencia, las consecuencias de la adicción a las drogas y al juego. Si nos preocupa, y con razón, la escasez de mujeres en los consejos de administración, también debería preocuparnos la abundancia de hombres durmiendo en la calle. Muchos hombres están mejor que las mujeres, sin duda. Pero algunos de ellos están peor, y una política de igualdad de género que no los vea difícilmente merece ese nombre.

El feminismo ha logrado demasiado para permitirse acabar siendo una facción. Y por eso, ante las desigualdades de género que afectan a los hombres, hay tres respuestas tentadoras que debe evitar. La primera es la estratégica: toca elegir batallas y nosotras vamos primero. Los recursos son escasos, cierto, pero el planteamiento de suma cero es falaz. En muchos casos, lo que puede parecer una concesión es, en realidad, un avance en la misma dirección. Por ejemplo, reorientar laboralmente a hombres que han perdido sus empleos industriales hacia sectores feminizados como la educación o la salud no perjudica a las mujeres: al contrario, contribuye a desactivar la idea de que cuidar es cosa de ellas. La segunda es la histórica: después de siglos de patriarcado, algo de reequilibrio no viene mal. Pero la deuda histórica no se distribuye de forma uniforme. El hombre que duerme en la calle no ha acumulado los mismos privilegios que el que dirige una empresa del Ibex. Y el niño que se queda atrás en lectura no ha oprimido a nadie. La tercera es la culpabilizadora: interpretar el suicidio, la adicción o la cárcel como el reverso inevitable del mismo combo hormonal —testosterona, cortisol, adrenalina— que lleva a otros hombres a triunfar. Sin duda hay algo cierto en ello. Pero anclar el merecimiento en la biología es exactamente lo que el feminismo lleva décadas denunciando cuando se aplica a las mujeres.

El feminismo está perdiendo la autoridad moral entre los jóvenes. Y a ello no contribuyen tanto Roro y Andrew Tate como el hecho de que, ante un hombre joven sin trabajo, sin estudios y sin perspectivas, tiene poco más que decirle que deconstrúyete. Para recuperar esa autoridad hace falta algo más que pedagogía sobre el privilegio masculino: es necesario repensar la igualdad de género como un proyecto no de mujeres contra hombres, sino de todas las personas contra las estructuras de poder que las constriñen por razón de género. Esas estructuras han perjudicado abrumadoramente a las mujeres, y siguen haciéndolo. Pero también perjudican a algunos hombres, y reconocerlo no es una claudicación. Es, como bien vio bell hooks, la única estrategia ganadora.

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