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El viejo e indomable odio

El proyecto de destruir al otro marca las relaciones en Oriente Próximo desde hace décadas

Farea Hamayel, el día de su entierro en Abu Falah, en Cisjordania, el 8 de marzo.Majdi Mohammed (AP)

En esta guerra de Israel contra los palestinos, contra los árabes, contra Irán, hay algo que queda a ratos escondido o difuminado por las grandes consideraciones geopolíticas, militares e históricas. El mundo está asistiendo a una exhibición descarnada de ...

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En esta guerra de Israel contra los palestinos, contra los árabes, contra Irán, hay algo que queda a ratos escondido o difuminado por las grandes consideraciones geopolíticas, militares e históricas. El mundo está asistiendo a una exhibición descarnada de precisión tecnológica y de capacidad de destrucción que termina por darles a los muertos una condición abstracta, como si ya no fueran seres de carne y hueso sino solo la encarnación del mal. De vez en cuando, sin embargo, entre las toneladas de páginas que llevan tiempo recogiendo lo que sucede en Oriente Próximo, se abre una brecha y se cuela la letra pequeña. “Una bala entró por encima de la oreja de Farea Hamayel”, cuenta Trinidad Deiros Bronte en este periódico en una pieza sobre el terror que siembran los colonos israelíes en Cisjordania; “otra impactó entre las cejas de su primo Thaer Hamayel, de 24 años”. Se lo contó un pariente de ambos, Omar Hamayel, en una aldea de un territorio palestino, Khirbet Abu Falah; ahí, en el olivar donde sus primos fueron tiroteados.

Los muertos tienen nombres propios. Y un montón de familiares que van a recordarlos, y para los que va a seguir oliendo a pólvora décadas después, como si aquellos disparos acabaran de ocurrir. Es la lógica perversa del viejo odio que lleva instalado desde hace mucho en esa región. Hay un cuento de El llano en llamas, de Juan Rulfo, en el que se puede masticar lo que tiene la venganza de indomable. Se titula Un hombre, y arranca con la caminata de alguien que asciende por una colina pisando unas piedras mientras huye de su perseguidor.

Lo que hace Rulfo es meterse en las cabezas del que escapa y del que va detrás de él, y muestra cómo al final lo único que existe ya, y ha existido antes, es la obstinación por acabar con la tarea. “Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca”.

Primero mató uno de los dos, ahora le toca al otro. El perseguido se va acordando de lo que hizo: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales…”. No hay en el relato de Rulfo nada que explique por qué andan en esta greña, ya solo está la greña, la lógica del odio, el tener que matarse sí o sí.

En otro texto de los que se han publicado estos días, el corresponsal en Jerusalén de este diario, Antonio Pita, explica cómo han trabajado los servicios secretos israelíes para conseguir sus objetivos en Irán: cargarse a varias figuras relevantes del régimen de los ayatolás. Han sido años y años de subir por donde subieron y de bajar por donde bajaron para ir conociendo cada uno de sus movimientos, cada paso. Para luego ya, y cuando tocara, disparar el tiro en la nuca. En una entrevista donde explica el acuerdo que Jordania alcanzó con Israel en octubre de 1994, el rey Hussein dice: “La paz real no se hace entre gobiernos, sino entre individuos que descubren que tienen la mismas preocupaciones, las mismas inquietudes, que han padecido el mismo sufrimiento y que ambos pueden aportar algo para una relación que beneficiará a todos”. ¡Qué lejos queda ya todo eso! ¡Y qué extrañas esas palabras que todavía creían que existen puentes, que no todo es persecución y ajuste de cuentas!

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