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La imposible ‘superwoman’

Las plataformas digitales desprecian el feminismo mientras construyen una mujer irreal

Un momento de la manifestación del 8-M en Barcelona.Carles Ribas

En una comida de Navidad, en un cumpleaños, en una merienda, en una tarde tonta de domingo… Cualquier excusa ha valido a lo largo de la vida de cualquier milenial para que le repitan el mantra: “El trabajo es lo más importante”. En el caso de las mujeres, las sabias madres añadían: “Sé independiente; no dependas de ningún hombre”. Y así creció la generación de Yo fui a EGB, con la dedicación en cuerpo y alma a laborar grabada a fuego, y la ilusión de conseguir un empleo vocacional, para así “no trabajar ni un día en la vida”.

La autoexplotación perfecta. Apasionadas currantes, sin horarios claros, y total disponibilidad para responder a cualquier llamada o requerimiento a horas intempestivas. Vivir para trabajar, que no al revés. Antes, al menos, existían algunos límites físicos: sin móviles, durante un tiempo fue real el milagro de estar ilocalizable. Ahora manda el desenfreno. Gracias a (o por culpa de) WhatsApp y sus redes de mensajería hermanas uno está conectado de manera perpetua. Apagar el móvil por la noche da pavor: ¿y si ocurre algo mientras se duerme plácidamente?

Hasta que un día, todo salta por los aires. “Me había ido convirtiendo en una persona gris, que se quejaba mucho y reía poco, que criticaba en exceso el mundo a su alrededor. La típica persona que no querrías tener al lado porque está amargada”, escribe la periodista Mar Cabra en su libro Vivir a jornada completa (Temas de Hoy). Pasó de ganar un Pulitzer a dejarlo todo e irse a un retiro de desconexión para entender qué le ocurría y, sobre todo, para que el miedo no le ganase la partida y le impidiese llevar a cabo la decisión que había tomado: dejar su trabajo en el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. “Me quemó un exceso de pasión”, confiesa. Lo que viene siendo un burnout de manual.

El síndrome del trabajador quemado es un problema de salud mental, resultado del “estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito”, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero casi ni necesita presentación. Es fácil identificarlo a diario entre familia, amigos y compañeros. “¿Qué tal? ¿Bien o como siempre?”, solemos saludarnos (¿en broma?) con un amigo a primera hora de la mañana, casi cada día. Hasta el presentador Andreu Buenafuente ha necesitado parar una temporada.

El domingo se celebró el Día Internacional de la Mujer. A diferencia de otros años —y de otros momentos, como el del Me Too—, las redes no fueron la gran catapulta de un día simbólico para el feminismo. El algoritmo (al menos el mío) premió mensajes que parecían de otra época. “¿Soy yo o se está notando que el 8-M ha pinchado de manera estrepitosa?”, resumía una cuenta que lo atribuía al “postureo progre” de la izquierda actual. El desprecio al feminismo en lugares como X convive con vidas imposibles, instagrameables, de mujeres perfectas que supuestamente llegan a todo.

Por suerte, el 8-M también hubo quien recordó qué supone ser mujer hoy. “Madre, académica, pareja, amiga…”, resume la doctora en Ciencias Sociales Rachel Théodore. En un hilo en X explica que “la sociedad moderna es déspota con las mujeres”: exige ser excelente en todas las esferas posibles, ya sea personal, íntima o laboral. “¿Problema? La sociedad no permite hacerlo todo… ¡A menos que hagas un burnout!”, lamenta. Algo que solo solucionaría un “cambio estructural”.

Nuestras abuelas y nuestras madres batallaron por nuestra libertad para que fuésemos, en buena medida, lo que ellas no lograron ser. En algún momento, el sistema se apropió de su lucha y construyó la idea imposible de la superwoman: la mejor currante, la mejor amiga, la mejor madre, la mejor esposa… Mientras, en el tintero se quedaron la igualdad, la conciliación o el replanteamiento de roles. Las redes han dado la puntilla a ese ideal inalcanzable. La lucha feminista no ha hecho más que empezar.

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