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Solo queremos saber qué pasa

El Gobierno quiere dar la batalla en X, pero lo ético en una guerra es alejar a los civiles

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante la cena oficial de inauguración del Mobile World Congress (MWC) Barcelona 2026. Kike Rincón (Europa Press)

¿Qué es un tecnooligarca? Según el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, son “multimillonarios que se creen por encima de los gobiernos y que defienden que la verdadera libertad es la suya, y no la de las democracias”. Hace un par de semanas, Sánchez desató un frenesí al anunciar que impulsaría un plan para prohibir el uso de redes sociales a los menores de 16 años —un plan que, según los expertos, tiene sus fisuras— entre otras medidas para poner fin a lo que llamó “el salvaje Oeste digital”.

Pero el lunes, el presidente celebró en redes sociales un acuerdo con Amazon por valor de 18.000 millones de euros para construir más centros de datos en España. “En un mundo lleno de incertidumbres, nuestro país es un valor seguro”, comentó. Era el momento adecuado para decir algo así: esa misma tarde, un misilazo dejó inoperativo un centro de datos de la empresa en Emiratos Árabes.

Es cierto que Jeff Bezos, fundador y presidente ejecutivo de Amazon, no tiene una red social. Pero ha hecho otros méritos para ganarse el título de tecnooligarca, como producir una película en loor y gloria de la primera dama de EE UU o dejar en los huesos a ese templo de la prensa estadounidense que es (o, quizás, fue) el Washington Post. No solo contribuye a la desinformación quien esparce noticias falsas; más importante incluso es quien destruye herramientas para buscar noticias verdaderas. Es un ejemplo de las complejidades de defender con una mano la soberanía tecnológica europea contra la tecnooligarquía estadounidense y, por la otra, recibir inversiones millonarias de esta.

Por otro lado, la celebración por parte de Sánchez del acuerdo con Amazon se hizo en X. Casi todos los anuncios importantes del presidente siguen siendo en esa red social, como la desclasificación de los papeles del 23-F, la semana pasada. Solo unos días antes, un estudio publicado en la revista Nature con una muestra de más de 5.000 cuentas en la red social antes conocida como Twitter indicaba que su algoritmo (basado, según la empresa, en su propia IA generativa, Grok) da prioridad a contenido de ultraderecha (veraz o no) sobre información contrastada. Nada que no se supiese, pero este es un estudio científico.

Algunos ministros e instituciones ya han empezado a buscar alternativas, pero para Sánchez y la Secretaría de Estado de Comunicación (que es la que se encarga de las redes sociales del Gobierno y sus ministerios) no hay prisa: la solución al problema está en la futura regulación de las redes prometida por el Ejecutivo.

En una rueda de prensa el pasado día 18, en Nueva Delhi, Sánchez dijo que el Gobierno no se iba a ir de X porque había que seguir “al pie del cañón”, y es cierto que es necesaria una voz autorizada de las administraciones públicas para contrastar con la desinformación impulsada desde la propia plataforma. El Ministerio de Exteriores de Francia ha encontrado una solución a eso con su cuenta de X French Response, a través de la que contesta con humor a los vídeos virales de desinformación.

Pero para el común de los mortales, no debería ser necesario acudir a una plataforma privada, que el Ejecutivo sabe que es tóxica, para saber lo que está haciendo su presidente o recibir información importante como si hay cortes de carreteras o de trenes. Si el Gobierno quiere estar al pie del cañón, si Sánchez quiere ser el hombre que le dobló el brazo a Elon Musk, allá él. Pero lo ético en una batalla es quitar a los civiles de en medio. La mayoría de nosotros solo queremos saber qué pasa.

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