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El debate | ¿Los museos tienen que limitar el número de visitantes?

Pinacotecas y centros de arte son instituciones para la divulgación del patrimonio, pero también grandes atractivos turísticos. Algunos están encadenando récords de afluencia masiva, lo que compromete la calidad de la visita

Colas de visitantes para acceder al Prado en marzo de 2025.FERNANDO VILLAR (EFE)

Visitar la colección permanente de un gran museo en tiempos de turismo masivo puede resultar todo menos una experiencia satisfactoria. Grandes pinacotecas han restringido sus visitas o se están planteando hacerlo.

La profesora ...

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Visitar la colección permanente de un gran museo en tiempos de turismo masivo puede resultar todo menos una experiencia satisfactoria. Grandes pinacotecas han restringido sus visitas o se están planteando hacerlo.

La profesora Eloísa Pérez Santos incide en que se garanticen los derechos culturales de todos los ciudadanos. Para el consultor Antoni Laporte, un centro expositivo debe conocer a sus públicos para mejorar su experiencia.


Entre la rentabilidad y el servicio público

Eloísa Pérez Santos

Una de las imágenes actuales más icónicas en el ámbito museístico es la fotografía de la Gioconda rodeada por decenas de personas intentando captarla con sus móviles. Convertida en cliché mediático, se suele utilizar como prueba de la llamada “masificación de los museos”, aunque en realidad constituye solo una perspectiva muy parcial y distorsionada del fenómeno.

Los grandes museos se han transformado en polos de atracción para un turismo impulsado por las redes y, con frecuencia, orientado al exhibicionismo en los medios. La democratización del turismo les ha permitido aumentar sus cifras de visitantes y defender así su relevancia social y presupuestaria. Cada inicio de año, los rankings de los más visitados, generalmente el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía y, en ocasiones, el Guggenheim Bilbao, ocupan los titulares. Algunas exposiciones alcanzan cifras récord, lo que les garantiza un breve espacio público en un contexto en el que la información cultural suele tener poca visibilidad. Que muchas personas deseen visitar museos es positivo, pero las cifras elevadas no siempre reflejan calidad. La afluencia también depende de la ubicación en los circuitos turísticos, la estrategia comunicativa o el presupuesto, y no solo de la relevancia de las colecciones o de la experiencia ofrecida. De los más de 100.000 museos que hay en el mundo, menos del 1% afronta verdaderos problemas de saturación, normalmente concentrados en días concretos y en salas que albergan obras emblemáticas. Basta recorrer el Prado un martes de enero o ciertos espacios del Louvre para comprobar que la visita puede transcurrir en relativa soledad.

Los directores de varios grandes museos españoles han defendido priorizar la experiencia óptima frente a los récords de taquilla, pero la realidad muestra políticas sostenidas de incremento de públicos, especialmente desde el desplome de visitas en la pandemia. La mayoría de las veces estas políticas no se enfocan a una mayor asistencia de la comunidad local. El fuerte peso del turismo lo confirma: el 69% del público del Guggenheim, el 67,3% del Prado, el 65,9% del Reina Sofía y el 48,8% del Thyssen lo forman extranjeros. La brecha entre público local y foráneo crece y no parece explicarse por el aumento de residentes inmigrantes, aunque las estadísticas son escasas. Los museos se debaten hoy entre rentabilidad y servicio público, en un contexto en el que, a menudo, los medios privilegian las cifras para demostrar su rentabilidad social por encima de sus programas educativos o de inclusión.

La limitación de visitantes no se abordó en la 40ª Asamblea General del Consejo Internacional de Museos (Dubái, 2025), donde sí se destacó la necesidad de fortalecer los museos locales, apoyar a los profesionales, profundizar en la transformación digital, promover la inclusión social, proteger las colecciones en situaciones de emergencia y garantizar los derechos culturales, que reconocen que toda persona debe poder acceder, disfrutar, representarse y ser representado en la cultura y participar en la definición de sus políticas. Cualquier restricción de acceso debería ser fruto de consensos amplios y no de decisiones unilaterales. La visita al museo es una forma de trascender la exclusión social y contribuir a la identidad y la cohesión comunitaria. Al final, el debate es qué modelo de museo deseamos: instituciones elitistas y orientadas al turismo o espacios accesibles, sostenibles e inclusivos que actúen como agentes de transformación social.

Los sistemas de reserva previa, habituales al limitar el aforo, penalizan a quienes tienen menor competencia digital y exigen una planificación ausente en muchas visitas potenciales. Antes de implementar restricciones, los museos deberían desplegar estrategias alternativas: observación de visitantes para comprender flujos y patrones de visita; rediseño de espacios expositivos; creación de recorridos alternativos y propuestas interpretativas novedosas y participativas que diversifiquen el interés más allá de las principales obras. Solo en última instancia debería recurrirse a la regulación puntual de aforo, sin olvidar su reto principal: conectar con la comunidad, superar el halo de elitismo que aún tienen nuestros museos y hacerlos más cercanos, participativos y accesibles.


Las aglomeraciones son un problema de ricos

Antoni Laporte

Para amplias capas de la población, los servicios que reciben mucho público son los más deseados y, según en cuáles, ello resulta un buen indicador de calidad. Recuerdo a mi abuelo decir que prefería los restaurantes llenos que aquellos en los que no había nadie, pues ello significaba, en la mayoría de los casos, que allí se comía bien. Hace años que sabemos que para comer en un buen restaurante debemos pedir hora. ¿Deberemos hacerlo para poder visitar los museos?

Algunos museos europeos, como el Van Gogh o el Louvre, ya han empezado a limitar el flujo diario de público a sus exposiciones permanentes. El argumento es garantizar la calidad de la visita, pese a la disminución de los ingresos que supone. Visitar una exposición con mucho público resulta un engorro si no hay posibilidad de disfrutar de una obra sin tener que esperar a que se marchen quienes están en primera fila o sin soportar a quienes se cruzan por delante mientras estás saboreándola.

La alternativa es considerar que los grandes museos deben ser polos de atracción del desarrollo turístico o bien lugares para la iniciación, el aprendizaje, la socialización, la fascinación y el pensamiento. Resulta imposible conseguir estas finalidades en un entorno agobiante donde apenas se puede circular y mucho menos contemplar pausadamente una obra.

La pregunta sería qué deben hacer los museos cuando se colapsan por el éxito: ¿limitan el acceso u ofrecen barra libre a todo el mundo? Teniendo en cuenta que su misión democratizadora en relación con el aprendizaje y disfrute cultural implica que limitar el acceso resulta elitista, los grandes centros podrían aprovechar algunas oportunidades. Veamos algunas consideraciones.

No todos los visitantes somos iguales. John Falk, uno de los profesionales más reconocidos en el estudio del público de los museos, los divide en cinco categorías: exploradores (valoran el aprendizaje), facilitadores (cicerones que inician a los niños o a los amigos), buscadores de experiencias (interesados en las piezas más icónicas), profesionales o aficionados (iniciados en sus contenidos) y espirituales (inclinados a experiencias introspectivas). Una persona que va en busca de los iconos guardará la cola que sea precisa para hacerse un selfi ante el Guernica, mientras que un facilitador se sentirá a gusto allí donde los vigilantes de sala no le impongan silencio. Quien busca una experiencia espiritualmente sublime aprecia el templo donde la ausencia de ruido, la moqueta y la quietud le harán llegar al nirvana ante un rothko.

El museo deberá decidir a quién quiere servir, a quién atraer y, en función de ello, acomodar sus espacios, la disposición de las obras, la iluminación, los soportes para transmitir información sobre la colección, en definitiva, toda su atmósfera, a los tipos de público al que desea interesar.

Un museo puede servir a distintos públicos al mismo tiempo. Conocer sus necesidades permitirá adecuar la experiencia que les ofrecerá. Mientras los turistas se inclinan por los fines de semana y los festivos, el centro puede fomentar que el público local acuda el resto de los días. La menor afluencia supondrá una vivencia más tranquila y, por tanto, más satisfactoria.

En el caso del Prado y el Reina Sofía, que ofrecen entrada gratis por las tardes antes del cierre, se forman colas durante la hora anterior a la apertura gratuita, lo que se traduce en que durante las dos horas anteriores a dicha apertura las salas estén más vacías.

Los museos presentan un marcado principio de Pareto. En el caso de Cataluña, en 2024, el 7% de los centros recibieron más de 250.000 visitantes, un 75% de todos los asistentes a los museos catalanes. Las aglomeraciones son un problema de ricos, de aquellos centros con recursos y capacidad para gestionar sus problemas. Sería interesante que las administraciones dedicaran mayores esfuerzos a los museos locales, la inmensa mayoría de los existentes en España, para que puedan desarrollar programas atractivos para un espectro más amplio de la población que actualmente los visita.

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