Una frontera húmeda
Quizás la boca fuese una innovación excesiva, una apuesta evolutiva demasiado ambiciosa
¡Gran invento, la boca!, me digo mientras me meto en ella pedazos de un cruasán a la plancha con mantequilla y mermelada. Un gran invento, sí, pero quizá, no sé, demasiado grosero. La invención de la boca obligó a inventar también el aparato digestivo, que tantos sinsabores provoca (gases, ardores, reflujos, etc.), además del culo, cuya sola mención resulta inconveniente. La boca apareció hace unos 520 millones de años. Hasta entonces, la vida era más discreta: organismos blandos, sin grandes pretensiones, que absorbían nutrientes por cualquier parte del cuerpo, como quien oye, sin escuchar, l...
¡Gran invento, la boca!, me digo mientras me meto en ella pedazos de un cruasán a la plancha con mantequilla y mermelada. Un gran invento, sí, pero quizá, no sé, demasiado grosero. La invención de la boca obligó a inventar también el aparato digestivo, que tantos sinsabores provoca (gases, ardores, reflujos, etc.), además del culo, cuya sola mención resulta inconveniente. La boca apareció hace unos 520 millones de años. Hasta entonces, la vida era más discreta: organismos blandos, sin grandes pretensiones, que absorbían nutrientes por cualquier parte del cuerpo, como quien oye, sin escuchar, la radio. Pero llegó alguien —o algo— y abrió un agujero en sí mismo. Ese gesto fundacional cambió el destino del planeta. Desde entonces, la vida consistió en introducirse el mundo dentro. La boca inauguró la ansiedad. Antes de ella no había hambre propiamente dicha, ni deseo, ni gula, ni conversación. La boca no solo sirvió para comer: exigió dientes, lengua, saliva, garganta, estómago, intestinos y, finalmente, ese sistema de salida cuya existencia aceptamos con resignación administrativa. Cada avance evolutivo añadió una complicación. Comer dejó de ser un acto químico para convertirse en una necesidad apremiante.
La boca permanece abierta buena parte del día, como si todavía no hubiera decidido si pertenece al interior o al exterior del cuerpo. He ahí una frontera húmeda, una aduana blanda por la que pasan alimentos, virus, declaraciones de amor y opiniones que luego lamentamos. Ningún otro órgano participa tan activamente en la confusión entre lo íntimo y lo público.
Termino el cruasán, en fin, y me limpio los labios con una servilleta, gesto cultural destinado a disimular el origen animal del invento. Pienso entonces que quizá la boca fue una innovación excesiva, una apuesta evolutiva demasiado ambiciosa. Porque desde que existe vivimos pendientes de llenarnos y preocupados por el modo de vaciarnos.