El sastre
Hay cosas que se miran pero no se ven, preguntas que no se hacen y se pierden para siempre
Vivían a media cuadra de la casa en la que me crie. La de ellos era antigua, un poco venida abajo. No sé si no recuerdo el apellido o si nunca lo supe, pero para el barrio, y para mí, eran “don Víctor, el sastre”, “doña Emilia, la catalana”, y su hija Francina, una mujer joven que parecía un hilo de oro. El pelo rubio con ondas cremosas, el rostro afilado, tenía un gusto extraordinario para vestirse: maxifaldas con botas altas, vestidos de lana con el cuello volcado, suéteres del color de la tierra que remarcaban esa belleza invernal y abrigada. Francina no estaba casi nunca. Jamás vi a doña E...
Vivían a media cuadra de la casa en la que me crie. La de ellos era antigua, un poco venida abajo. No sé si no recuerdo el apellido o si nunca lo supe, pero para el barrio, y para mí, eran “don Víctor, el sastre”, “doña Emilia, la catalana”, y su hija Francina, una mujer joven que parecía un hilo de oro. El pelo rubio con ondas cremosas, el rostro afilado, tenía un gusto extraordinario para vestirse: maxifaldas con botas altas, vestidos de lana con el cuello volcado, suéteres del color de la tierra que remarcaban esa belleza invernal y abrigada. Francina no estaba casi nunca. Jamás vi a doña Emilia fuera de la casa. Don Víctor trabajaba horas encerrado en su taller, una habitación enorme y sobrecalefaccionada. Mi madre le encargaba pantalones, trajes para mi padre. Recuerdo un tablero con moldes, un maniquí. Don Víctor era un hombre corpulento que respiraba de manera dificultosa. Llevaba un centímetro al cuello, usaba una tiza rectangular que deslizaba con soltura sobre las telas. Tenía una pierna más corta y llevaba una bota con plataforma para compensar. En la pared había un retrato enorme del rey de España. Era 1976, 1977. Yo tenía nueve, diez años. No sabía qué era el exilio, no sabía qué era la polio, no sabía quién era Franco, no se me ocurría pensar que una mujer no saliera de su casa por pena o amargura. Tampoco me consta nada de lo que digo: no sé por qué llegó esa familia a la Argentina, no tengo certeza de que la cojera fuera consecuencia de una enfermedad, no sé si era una casa sumida en la tristeza. Sólo pienso que hay cosas que se miran pero no se ven, preguntas que no se hacen y se pierden para siempre. El barrio estaba lleno de casas así, con historias cerradas de las que, hacia afuera, sólo salían versiones mínimas. Vivíamos rodeados de vidas que no sabíamos leer. Algo de toda esa agitación muda, de ese silencio brutal, quedó en mí. Quizás se escribe para mirar de nuevo lo que no se pudo ver, para cubrir la falta.