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Los hombres, ante el acoso sexual

Como somos casi la mitad de la población, que un amplio sector milite por la igualdad de género, o se oponga, decanta el peso de la presión social: para erradicar los abusos, o para que se eternicen

El alcalde de Móstoles, Manuel Bautista, en una rueda de prensa para negar el supuesto caso de acoso laboral y sexual contra una exconcejala, en Móstoles, el pasado 7 de febrero. A. Pérez Meca - Europa Press (Europa Press)

¿Qué papel jugamos los hombres ante el delito sexual? Me refiero, claro, a quienes no tenemos querencia por ningún exceso, ni siquiera por los nuestros. Como somos casi la mitad de la población, que un amplio sector milite por la dignidad y los derechos de la mujer, la igualdad de género y de oportunidades (o se oponga, o se inhiba), decanta el peso de la presión social: para erradicar los abusos. O para que se eternicen.

Nuestro desempeño global como varones no es glorioso. Las generaciones muy adultas llegamos tarde al combate del feminismo, pero acabamos ...

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¿Qué papel jugamos los hombres ante el delito sexual? Me refiero, claro, a quienes no tenemos querencia por ningún exceso, ni siquiera por los nuestros. Como somos casi la mitad de la población, que un amplio sector milite por la dignidad y los derechos de la mujer, la igualdad de género y de oportunidades (o se oponga, o se inhiba), decanta el peso de la presión social: para erradicar los abusos. O para que se eternicen.

Nuestro desempeño global como varones no es glorioso. Las generaciones muy adultas llegamos tarde al combate del feminismo, pero acabamos contribuyendo a su causa. A las emergentes algunos pugnan por reconducirlas al modo cangrejo: así crece la intolerancia machista entre los jóvenes.

Puede explicarse por la sensación de pérdida de preeminencia ante el fulgurante ascenso de las mujeres, pero resulta execrable: la esclavitud nunca se justifica ―tampoco la psicológica―, digan lo que digan los enemigos de lo woke. Al contrario: viva lo woke, si ese concepto describe la defensa de los débiles, los vulnerables, los marginados, los desposeídos. Mejor ir contra la opresión que contra las oprimidas.

Tan repugnante como la resistencia a los derechos de la mujer ―y en especial, a su intimidad― es la indiferencia. Cínica, la que se vehicula con astucia, a través de la equidistancia. Si hubo caso, es que ella lo propició. Si confusión, es que ella no aclaró su negativa. Si él se excitó, es que ella incitaba: la “minifalda provocadora”, ¿recuerdan la despreciable sentencia del juez leridano Rodrigo Pita en 1989? Inversión de roles: quien acosa es quien se defendía.

No hay equidistancia legítima entre lo correcto y lo incorrecto. No es imperativo que en un litigio todos sean igual de responsables, culpables, delincuentes. El agresor es el agresor. Y la víctima es la víctima.

Pero antes de que eso se consagre judicialmente, el presunto agresor tiene derecho a la presunción de inocencia hasta una condena en sentencia firme (artículo 24 de la Constitución). Pero eso no es pasaporte al abuso de poder del poderoso. La presunta víctima de delitos sexuales tiene derecho a que su declaración se considere prueba de cargo suficiente si resulta creíble, verosímil y persistente (sentencia TC 119/2019). Sea el macho alfa prepotente rojo o azul, artista o político, biólogo o veterinario. Ocurra el hecho incriminable en Móstoles o en la República Dominicana. Bravo, bravos colegas.

Los periodistas también solemos cojear de ecualización. Es muy cómodo situarse por encima de los protagonistas noticiosos. Nos regala pátina arbitral, independiente. Trastocamos la indispensable ecuanimidad (escuchar y tener en cuenta a todos) en imposible equidistancia (todos son malos/todos eran buenos). Es un óptimo truco para no tener que averiguar qué pasó, ni aquilatar quién hizo qué. Un buen recurso para la vagancia.

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