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La calle que usted no puede pisar

Tristemente, las palabras andan alimentando la furia de estos tiempos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control al Gobierno, el pasado 11 de febrero en el Congreso. Claudio Álvarez

Sanchista, en el lenguaje ordinario que maneja hoy con desparpajo la derecha, es toda aquella persona que no desprecia a Pedro Sánchez. Sanchista es todo aquel que no le insulta, Sanchista es quien no utiliza la palabra criminal o corrupto o mentiroso para describirlo, Sanchista es aquel ser humano que no encuentra paralelismo posible entre Sánchez y Trump, porque para el Antisanchista de pata negra, si Trump es un canalla, ...

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Sanchista, en el lenguaje ordinario que maneja hoy con desparpajo la derecha, es toda aquella persona que no desprecia a Pedro Sánchez. Sanchista es todo aquel que no le insulta, Sanchista es quien no utiliza la palabra criminal o corrupto o mentiroso para describirlo, Sanchista es aquel ser humano que no encuentra paralelismo posible entre Sánchez y Trump, porque para el Antisanchista de pata negra, si Trump es un canalla, no lo es porque ande deteniendo y expulsando a los hispanos, no lo es por su constante amenaza con invadir países soberanos, no lo es por su narcisismo autoritario, no por sus venganzas arancelarias ni por su demolición de la política climática, si Trump es un canalla es porque se parece a Sánchez. Putos amos los dos. Si usted desea obedecer el manual del perfecto Antisanchista debe asumir que el actual presidente encarna el Mal Absoluto, y siendo esto así no son suficientes las críticas a su gestión o el reproche a su falta de autocrítica, ni tan siquiera basta con no votarle, llegados a este punto si usted quiere demostrarle a la galería que no es un despreciable Sanchista ha de rubricar los consabidos hijo de puta con un anhelo innegociable: Sánchez ha de acabar en el banquillo.

Aquellos que profieren los insultos están tan convencidos de que esta es una estrategia legítima para alcanzar el poder que son capaces de afirmar encaramados a la tribuna en el Congreso, como Feijóo hizo esta semana: “Yo a la calle salgo, mientras que este señor (Sánchez) no puede”. Por si no quedaba claro o por si aún no había sido reflejado en los cortes de X el orador volvió a ello pasado un rato: “La calle que usted no puede pisar, señor Sánchez”. Me extrañó que esta frase no se destacara como la más turbia de todo el debate. Fue pronunciada en un tono de requiebro desafiante y, por tanto, como una especie de celebración. Vino a decir el jefe de la oposición que si existe una razón poderosa por la que el presidente ha de largarse es porque el pueblo podría tomarse la justicia por su mano; en ningún caso pareció preocuparle a Feijóo que en un país democrático un representante político haya de temer por su integridad. Al contrario, quiso hacerse eco de las bravuconadas que escucha en los círculos que frecuenta, cada vez más desatados y siempre proclives a extorsionar.

Imaginemos que esta misma mañana un Sánchez, el mismo que ocupa la presidencia o alguien similar de su cuerda, decide salir a la calle, darse un garbeo con las manos en los bolsillos y regresar a algún lugar que frecuentaba antes de ser el Sánchez de hoy. Es lógico temer, dado el clima político que respiramos, que sería insultado, pero no sabemos hasta dónde se atreverían sus atacantes si vieran desprotegido a aquel contra el que alimentan su odio a diario. En cualquier caso, ¿hay algún motivo de satisfacción en imaginar que alguien le arroje un palo a la espalda? Feijóo el desmemoriado no recuerda que un expresidente de su propio partido, Mariano Rajoy, fue agredido en 2015 durante un paseo electoral en Pontevedra. Un joven le propinó un tremendo puñetazo en la cara que le rompió las gafas y le produjo una hinchazón inmediata en la mejilla. Hay un largo historial de políticos agredidos en esta y otras democracias, también de periodistas, de personajes públicos para los que la calle se convierte en un lugar hostil. Qué decir de las épocas negras que España ha padecido: unos podían ir por la calle, otros no. Pero no es solo responsable quien asesta el golpe sino quien señala o sugiere quién se merece un castigo. Tristemente, las palabras andan alimentando la furia de estos tiempos. Como Feijóo, yo también creo que Sánchez no puede ir tranquilo por la calle, y me parece mezquino que dicha realidad le haga sentir más cerca de su victoria. Es un síntoma de falta de argumentos para derrotar al adversario y tal vez un triste signo de este presente encanallado.

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