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América es Bad Bunny

La memorable actuación del cantante en la Super Bowl golpea al corazón de la xenofobia trumpista

Bad Bunny, durante su actuación en la Super Bowl en Santa Clara (California).- (EFE)

La memorable actuación de Bad Bunny en la Super Bowl no fue un gesto simbólico. Fue una intervención política en el centro mismo del relato estadounidense. Cantó en español en el escenario más visto de Estados Unidos y, al hacerlo, desplazó el centro de gravedad cultural de un país que lleva años debatiéndose, a veces con violencia, sobre quién pertenece a él y en qué lengua se expresa esa pertenencia. Millones de personas en EE UU viven, trabajan y sueñan en español. El show no se lo explicó; lo dio por hecho. Bad Bunny puso en escena una verdad que incomoda a Washington desde hace décadas: Estados Unidos no se entiende ya sin América Latina, aunque una parte de su clase dirigente se empeñe en negarlo.

La Super Bowl, el Super Bowl, como se conoce en algunos lugares de América porque es la traducción de “tazón”, es, quizás, el último ritual verdaderamente compartido de la cultura estadounidense. Un espacio diseñado para la unanimidad, la épica nacional, la identidad sin fisuras. Por eso importa tanto lo que ocurrió el domingo. No fue un triunfo individual, ni siquiera solo generacional, sino la cristalización de una relación asimétrica. Durante décadas, Estados Unidos ha mirado a Puerto Rico y al Sur como frontera, como problema, como espacio a contener. La migración ha sido narrada en clave de amenaza, crisis o excepcionalidad. Bad Bunny hizo algo radicalmente distinto: la convirtió en normalidad. Ahí reside el verdadero contenido político del espectáculo. El español no apareció como lengua de resistencia, sino de presente. No como memoria, sino como realidad viva. En un momento de criminalización del extranjero y de nostalgia por una América homogénea que nunca existió, el mensaje fue brutalmente sencillo: esta es la América que está y sigue aquí.

La reacción de Donald Trump resultó previsible y, precisamente por eso, reveladora. Al calificar el espectáculo de “terrible” y “de los peores de la historia”, no estaba haciendo una crítica estética. Estaba marcando una frontera. El trumpismo no discute la calidad de la actuación: discute su legitimidad. Lo que le molesta no es la música, sino el mensaje implícito de que EE UU ya no es, si es que alguna vez lo fue, monolingüe, monocultural, homogéneo.

El show del Conejo Malo mostró cómo lo latino es indispensable para el presente cultural de Estados Unidos, pero sigue siendo incómodo en su proyecto político. Se baila al ritmo del Sur, pero se legisla contra él. Se consume su cultura, pero se cuestiona su derecho a existir en igualdad. Bad Bunny no resolvió esa paradoja, pero la volvió imposible de ignorar. La actuación funcionó como un espejo brutal: mostró un país que una parte de su clase política se niega a reconocer. Un país atravesado y moldeado por lo latino, transformado por una generación que no pide integración, sino reconocimiento. Bad Bunny no reclamó espacio: lo ocupó.

El espectáculo fue épico no por el despliegue técnico ni por la audiencia, sino porque condensó en apenas 15 minutos una mutación histórica: el paso de la minoría que pide permiso a la mayoría que ya no necesita pedirlo. El español dejó de ser un gesto identitario para convertirse en un hecho cultural central, imposible de ignorar incluso en el corazón del espectáculo más estadounidense que existe.

La Super Bowl pasó. El ruido se apagará. Pero la imagen queda: el evento más estadounidense ya no puede fingir que habla una sola lengua ni que se dirige a un solo país. América, de Chile a Puerto Rico, no estuvo representada esa noche. Estuvo presente. Y esa diferencia lo cambia todo.

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