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Tribuna

Esta inacabable charlatanería

Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exal...

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Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.

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